La revista Living los denominó Bang Bang Paparazzi. Cuatro fotógrafos afincados en Sudáfrica, arrogantes, elitistas y despiadadamente competitivos, como ellos mismos se definieron. De ahí que cambiaran enseguida el multitudinario Paparazzi por el más exclusivo Club. El club del Bang Bang. Cada amanecer, Greg Marinovich, Ken Oosterbroek, Kevin Carter y Joao Silva recorrían los albergues de Soweto, Thokoza y Johannesburgo antes de que la policía levantara los cadáveres. Aunque su amistad venía de antes, su sociedad duró estrictamente cuatro años.
Greg Marinovich, hijo de inmigrantes croatas, tenía 28 años cuando se adentró por primera vez en Soweto. Esto es lo que se veía a través de su cámara: “Levanté la cámara mientras la antorcha humana detenía su marcha y se derrumbaba. Cuando hacía foco noté que el sol estaba justo detrás de él. El medidor de luz de la cámara no funcionó, así que abrí totalmente el diafragma. Apreté el obturador y después alejé la cámara de mi rostro por un segundo para encuadrar. Un hombre semidesnudo y descalzo entró en cuadro y descargó un machetazo sobre la cabeza incendiada del hombre…”. “Antorcha humana” ganó el Pulitzer en 1991.
Ken Oosterbroek tenía 31 años cuando una bala perdida le alcanzó en Thokoza mientras el club cubría un enfrentamiento entre el Congreso Nacional Africano de Mandela y los separatistas zulúes. Había sido jefe de fotografía de The Star y dos veces elegido Fotógrafo Sudafricano del Año. Joao Silva, de 27 años, lo fotografió mientras otro fotógrafo y un miembro de la Fuerza Nacional de Pacificación lo sostenían en brazos. Marinovich lo contó después en su libro: “A Ken le hubiera gustado ver las fotos al día siguiente. De hecho, Joao pensó que Ken, siempre tan preocupado por su imagen, hubiera preferido fotos donde el pelo no le tapara la cara. A fin de cuentas, Ken era el profesional consumado, el que le había enseñado que primero se sacaban las fotos y después se lidiaba con los demás”.
La fotografía que más pesó sobre el grupo, sin embargo, no pertenece a la guerra civil sudafricana, sino a la hambruna sudanesa: la niña esquelética con un buitre al fondo que tomó Kevin Carter en 1993. Carter, jefe de fotografía del Weekly Mail, disc-jockey y consumidor habitual de mandrax, esperó veinte minutos a que el buitre desplegara las alas para lograr un mayor efecto. No lo consiguió. La fotografía apareció en el New York Times el 26 de marzo de 1993 y un año después ganó el Pulitzer. La dimensión simbólica de la imagen terminó sepultando algunos matices: que la madre había dejado a la niña unos instantes para recoger la ayuda humanitaria lanzada desde un avión y, por lo tanto, no debía andar lejos; o que, según se ha señalado, el buitre no ataca lo que late. “Es la foto más importante después de diez años de carrera, pero no quiero colgarla en la pared. La odio”, declaró Carter a la revista American Photo. El 27 de julio de 1994 se suicidó con una manguera de jardín y el humo del motor de su coche. Tenía 33 años.
Joao Silva siguió cubriendo conflictos hasta que perdió las dos piernas al pisar una mina de plástico al sur de Afganistán en octubre de 2010. Greg Marinovich, tras ejercer como director de fotografía del Sunday Times en Sudáfrica, volvió al trabajo freelance. El éxito es a veces un material menos manejable que el fracaso.
Recuerdo un pecio de Ferlosio: “Siempre hay un hijo de la gran puta capaz de esperar horas al suicida indeciso en la cornisa del rascacielos para poder fotografiarlo en el aire un instante antes de estrellarse contra el suelo”. Y tenía razón. Cuatro hijos de puta, en efecto. Capaces de fotografiar su propio bang.




