Mientras tantoServicios funerarios

Servicios funerarios


Los periódicos, los buenos periódicos, son el lugar de los muertos. No hay noticia como esa. Lo compruebo revisando viejas portadas del New York Times. Desde Theodore Roosevelt hasta Juan Pablo II, pasando por Dallas, el Challenger o el World Trade Center. Jacques Fauvet, antiguo director de Le Monde, sostenía que las buenas noticias en su periódico no tenían éxito porque «es más fácil hacer literatura con la desgracia».

Hay una desgracia que durante décadas recibió un tratamiento distinto: el suicidio. En los diarios españoles se ha pasado del silencio absoluto a la prevención y las estadísticas. En buena parte del mundo anglosajón rigen estrictas guías de estilo: no informar en portada, no mencionar el método, no publicar cartas de suicidio. El tratamiento español, en cambio, dependió de la distancia entre la redacción y el muerto. Fue una particular aplicación del kilómetro sentimental: si un muerto era menos muerto en Bagdad que en Madrid, un suicida, por el contrario, era más suicida en Seattle. Kurt Cobain o Hunter S. Thompson se suicidaron. Érika Ortiz o Andrés Montes fueron hallados muertos. Los titulares concentraban toda la hipocresía de entonces.

En febrero de 2005 The Economist enterró a Hunter S. Thompson en su última página: «Había siempre demasiadas armas en la granja de Hunter S. Thompson en Woody Creek», comenzaba la necrológica, «Magnums del .44, escopetas del calibre .12, revólveres Colt Python negros con cilindros biselados, ametralladoras montadas del calibre .22. También guardaba explosivos, para volarles las patas a las mesas de billar o meterlos en un barril para hacer prácticas de tiro. Sus tranquilos vecinos burgueses de Aspen (Colorado) se quejaban de que hacía temblar los cimientos de sus casas». Después venían el estilo gonzo, Miedo y asco en Las Vegas, las drogas y su viaje en 1964 a la tumba de Hemingway, uno de sus héroes. Allí el joven Thompson dejó escrito: «No es solo la crisis de un escritor. Los escritores son las víctimas más visibles porque la función del arte es poner orden en el caos […] Así que finalmente, por lo que debió considerar las mejores razones, puso fin a todo con una escopeta».

La palabra «suicidio» no aparecía en la necrológica hasta el antepenúltimo párrafo. No porque The Economist pretendiera ocultarla, sino porque la forma de morir nunca debería pesar más que la vida que se ha ido.

Más del autor