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En el obituario que The Economist le dedicó a George Plimpton se lee lo siguiente: «Como Hemingway, habían estado en una guerra. No estaban especialmente hambrientos. Algunos eran ricos. Todos tenían dólares en los bolsillos (…). En verano, conducían hasta Pamplona para correr delante de los toros, como Hemingway. En invierno, como él, esquiaban en los Alpes».

The Paris Review fue fundada en 1953 por ese grupo de jóvenes norteamericanos empeñados en vivir como Hemingway y que escribían en la capital francesa sus primeras novelas y poesías: George Plimpton, graduado en Harvard, deportista todoterreno, trapecista y percusionista; Harold L. Humes, su primer gestor comercial; y Peter Matthiessen, que abandonó la CIA para dedicarse a ello. El primer editor artístico fue William Pène du Bois, que diseñó el águila americana con pluma y gorro frigio, uno de sus emblemas.

La revista destacó pronto por sus entrevistas a escritores —Truman Capote, John Cheever, Georges Simenon, Alberto Moravia, Mary McCarthy, etc.—, pese a que ninguno de los entrevistadores tenía experiencia en el género. Antes de las grabadoras, cada pareja de entrevistadores copiaba las respuestas por separado para después confrontarlas. El primer entrevistado fue E. M. Forster y su metodología acabó fijando el modelo.

Entre las preguntas que se repiten en casi todas las entrevistas están estas dos: «¿Tiene usted un sistema especial para transformar a una persona real en imaginaria?» «¿Cómo le pone usted nombre a sus personajes?» Pero lo mejor, como siempre que la entrevista es buena, está en las respuestas. Esta apreciación tan fina de Aldous Huxley sobre el malditismo: «No creo por un solo momento que la capacidad creadora sea un síntoma neurótico. Por el contrario, el neurótico que logra triunfar como artista ha tenido que vencer una tremenda desventaja. Crea a pesar de su neurosis, no gracias a ella». O esta de Alberto Moravia sobre el yo como cortafuegos de la omnisciencia: «La gran desventaja de la primera persona consiste en las tremendas limitaciones que le impone a lo que el autor puede decir».

Plimpton, director de la revista hasta su muerte en 2003, contó que la única persona a la que vio comprando la revista en toda su vida fue justamente Hemingway, en el quiosco del Hotel Ritz de París, y lógicamente le preguntó si le gustaría salir en la revista. Aceptó. Aunque durante la entrevista se mostrase por momentos incómodo.

Plimpton le pregunta si aprendió algo de los escritores sobre el oficio. Responde: «Joyce era un escritor muy grande y sólo les explicaba lo que estaba haciendo a los necios. Suponía que otros escritores a los que respetaba eran capaces de saber lo que él estaba haciendo cuando lo leían». Es también su punto de vista. Un punto de vista novelesco. También tipográfico. Para él, el método de un escritor se revelaba en cómo estaba compuesta la página, no en lo que él pudiera contar sobre ella.

Pero esas entrevistas, tan alejadas de los divinos suplementos literarios, hacían lo contrario: descorrían las cortinas y mostraban un trozo de despacho.

Yo también prefiero mostrarlo. Escribo entre libros y revistas, en un escritorio atestado. Siempre vestido. Rara vez después de las seis de la tarde. Y nunca más de folio y medio. Para que la fatiga, cuando sobrevenga, no alcance al lector.

Mi tipografía favorita es la Courier New. Por si así, imitando la vieja mecanografía, se afilaran más las frases. El modus operandi no es espectacular, pero es importante decirlo: en lo que un periodista calla sobre sí mismo están, a menudo, las claves de lo que cuenta.

A principios de los setenta, The Paris Review trasladó sus oficinas a Nueva York, y en el 2000, se convirtió en una institución sin ánimo de lucro. En algunos países, sobrevivir sin ánimo de lucro ya es una hazaña literaria.

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