¿Cómo se narra el fin del mundo? En 1906, el semanario Collier’s Weekly envió a Jack London a cubrir el terremoto de San Francisco. Letras Libres tradujo aquel reportaje en un número estival dedicado a los grandes textos del periodismo americano.
London llega a la ciudad pocas horas después del seísmo: «El terremoto derribó en San Francisco centenares de miles de dólares en muros y chimeneas. Pero la conflagración que siguió quemó inmuebles por el valor de cientos de millones de dólares». Vaga por las calles entre escombros, fuego y caravanas de hombres que transportan baúles. Los sigue hasta las colinas y luego regresa al centro, envuelto por las llamas y el humo. Se acaba la dinamita. Se acaba el agua. Solo quedan dos soldados de caballería sentados sobre sus caballos, mirando.
London comprende enseguida que cualquier cifra sería, en esas condiciones, una falsa precisión. Y se dedica a lo único que de verdad puede hacer: mirar, palpar, mantenerse cerca. «Una enumeración de los edificios destruidos parecería una guía de San Francisco […] Una enumeración de los muertos nunca será hecha». Se calcula que murieron unas 3.000 personas, pero su reportaje, a diferencia de tantos otros, no quedó sepultado bajo las cifras. La gran condena del periodismo es narrar la historia en el preciso instante en que sucede. Para London, aquella vez, fue también su absolución.
Ha pasado más de un siglo. Hoy ocurre todo lo contrario. Lo primero que se exige son cifras, aunque no existan. Once días después del terremoto de Haití, en 2010, el Ministerio del Interior haitiano daba un balance oficial de 111.499 muertos. Las estimaciones posteriores fueron muy superiores: un estudio de la Universidad de Michigan calculó unos 160.000 muertos y, meses después, el primer ministro Bellerive habló de 300.000. Desde el primer momento llovían las críticas contra los cámaras que cargaban niños ensangrentados y contra los médicos que operaban ante las televisiones. Durante esos primeros días, el directo, los comunicados, las cifras y la ayuda impusieron su ley.
Después, los medios levantaron el campamento. Solo el New York Times mantuvo a Haití en portada más allá de la segunda semana, cuando la situación seguía siendo desesperada. Hemos invertido el orden: London miraba primero y contaba después; nosotros contamos primero y, si queda tiempo, miramos.
El autor de Martin Eden, en cambio, atraviesa las ruinas vírgenes sin que ningún periodista acampe cerca. Solo así puede describir lo que ve: sombras, reses calcinadas, muros que revientan, explosiones. Todo ardiendo y sin índices de audiencia. Trabaja en primer plano, pero lejos del foco.
Cientos de millones. El mundo en llamas no admite mayor concreción.




