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Nueve libros


Con los libros que no se olvidan pasa como con las grandes noticias: uno recuerda dónde estaba y qué estaba haciendo cuando los leyó. Aquí van mis nueve, con su porqué.

Mis rincones oscuros, James Ellroy

Hace 20 años pasé una semana de vacaciones en la casa de mi novia de entonces echándole salchichas a los perros y leyendo libros sobre un columpio. Uno de ellos fue este. La investigación que Ellroy abrió en 1994 sobre el asesinato de su madre, hallada muerta en 1958 entre la hiedra, es una de las experiencias lectoras de mi vida. Ellroy demuestra que la literatura, la de verdad, se alimenta de los peores conflictos de intereses.

Raval, Arcadi Espada

Este fue otro de los libros que leí durante aquella semana en el columpio. Raval es una cima. Cima quiere decir que 27 años después de su aparición no ha sido superado. Un libro ideal para aplicarle aquella operación que el propio autor reclamaba para ciertos episodios memorables: recopilar con paciencia las rutinas que acompañaron su desarrollo. Así: ¿Qué comió Espada? ¿Qué temperatura hacía en Barcelona? ¿Cómo se llamaba la piscina donde nadaba? ¿Cuántos días con sus noches duró aquello?

Lo mejor de Rolling Stone, David Black et al.

Lo mejor de la revista Rolling Stone es también lo mejor del Nuevo Periodismo. A algunas de sus figuras —Thompson, Wolfe, Talese— se les fue la mano con eso que dieron en llamar «las nuevas formas de decir la verdad», pero la revolución existió. Basta leer a Howard Kohn sobre el asesinato de Karen Silkwood o a Richard Ben Cramer sobre la muerte de Shawn, la quinta esposa de Jerry Lee Lewis, para comprobar que aquella revista no solo apuntaba a lo interesante, sino también a lo importante. 

La comunicación no verbal, Flora Davis

Solo he leído este libro de la autora, pero bastó para embriagarme. Davis sostiene que las palabras son una parte pequeña del mensaje y que el cuerpo cuenta mucho más. Empecé a interesarme por el asunto al ver vídeos de todos los testigos de un crimen. Luego vendrían muchos más libros sobre el tema, pero ninguno como el de Davis para renovar mi confianza en la intuición.

Homicidio, David Simon

En 1988, David Simon, futuro creador de The Wire, pasó un año integrado en el Departamento de Homicidios de la policía de Baltimore, y de ahí salió este reportaje bíblico. A veces cuenta lo que piensa un investigador mientras mea, y eso despierta la sospecha del lector: ¿cómo puede saberlo? Pero la respuesta aparece en la nota final: «en todos los casos las acciones subsiguientes de ese personaje han hecho que esos pensamientos fueran evidentes o yo he hablado de la cuestión con esa persona posteriormente para cerciorarme de qué pasaba por su cabeza. Y al revisar el material con los inspectores me he esforzado en asegurarme de que sus pensamientos estuvieran reflejados lo más fielmente posible». Esa nota —como si el autor dijera: «te estaba esperando»— cumple con la obligación de todo buen reportaje: explicar cómo sabe lo que cuenta.

El proyecto Williamson, John Grisham

Uno de los mejores escritores de ficción es John Grisham. El mejor escritor de no ficción sería también John Grisham, si se prodigara algo más. Que yo sepa solo ha escrito dos: Inocentes, a cuatro manos con el fundador de Centurion —dedicada a investigar condenas injustas—, Jim McCloskey. Y este, tremendo, sobre la historia de Ron Williamson, salvado a cinco días de su ejecución programada, tras pasar más de una década en prisión siendo inocente. 

El periodista y el asesino, Janet Malcolm

Cada día que pasa estoy más de acuerdo con McGinniss: MacDonald, condenado por matar a su mujer y a sus dos hijas, fue un hombre despreciable, y estuvo bien engañarlo para ganarse su confianza y escribir sobre él. Aun así, lo que hace grande este ensayo de Malcolm es su originalidad y su inteligencia. Ni siquiera creo que sea su mejor libro, pero sí el que ha provocado una conversación más excitante, que es, a fin de cuentas, lo que mide la importancia de cualquier noticia.

Verdad y mentiras en la literatura, Stephen Vizinczey

Un libro que sería delito resumir. Cada página es una lección de escritura y carácter. Vizinczey nunca distingue entre una cosa y otra.

Contra la imaginación, Christophe Donner

Donner abre este panfleto con una pregunta de Nietzsche: «¿Y por qué no habría de ir yo hasta el final?». Después de 120 páginas, el demonio de la imaginación yace apuñalado a los pies de los lectores, que ya no mirarán igual a su principal criatura: la novela. Su diagnóstico de la naturaleza humana es demoledor: la gran masa, de niños y de adultos, está más inclinada «a la evasión, a la distracción y a la pasividad que a la aventura, a la verdad, y al valor». Fue el libro que me desenganchó de la droga literaria de mi juventud, y me convenció de que para decir la verdad hay que empezar por decir yo.

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