Brasil ya fue

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Dejo de escribir por turbulencias. Muy suaves. Duran solo un instante. Lo justo para que se me atragante el alma. Noto un tapón en cada oído y no dejo de agitar las dos rodillas, el comandante anuncia el descenso hacia Salvador y se me hace un nudo bien jodido en el estómago.

 

“It´s only life

But I like it

Let´s go

Baby

Let´s go

This is life

It is not

Rock and roll”.

 

Paulo Leminski.

 

 

Todo el avión está a oscuras y no puedo dormir. Dentro de una hora aterrizaremos en Salvador de Bahía. Las butacas tintinean con ternura y por la ventanilla vi fundirse la última luz de Brasilia hace un buen rato. Nueve de la noche a diez mil metros de altura. Y desde aquí se ve todo más claro. Brasil ya fue, o eso parece.

 

Después del sándwich de mozzarella y la Pepsi que me ha dado la azafata de ojos verdes y pechos apretados he leído un rato Dinero, de Martin Amis, y John Self tampoco puede dormir. He parado porque mi cabeza no dejaba de dar vueltas a un asunto, pensaba en los domingos, por poner uno en el del 22 de Marzo. También pensaba en el accidente de avión en los Alpes franceses, en el copiloto, en la muerte, en las muertes. En la frase de George Orwell en Cómo matar a un elefante: “Por cierto, que nadie me diga jamás que los muertos tienen una expresión apacible”. Pensaba en si esto se estrellase. Pensaba en lo que me contó un amigo de un vuelo que cogió a Ginebra hace dos años. Compró en el Duty Free de Barajas una botella de 1 litro de vodka y tres horas más tarde, en Suiza, lo sacaban inconsciente del avión en ambulancia rumbo al hospital con un coma etílico de campeonato. Pensaba en que nunca he follado en un avión. En que una querida compi de clase me contó una vez que en un vuelo hacia España descubrió sentado a solo un par de filas de ella a un chico de su barrio por el que alguna vez había sentido algo. Y entonces le miraba fijamente llevando el gesto de su cara hacia la puerta de los baños, esperando a que el muchacho se enterase del mensaje y fuesen juntos a follarse en el lavabo.  Pensaba en que algún día coincida yo en un avión con ella, y así descubrir cómo me mira señalando el final del pasillo mientras se muerde con delicadeza el labio.

 

Pienso en Madrid, en Brasil, en un Brasil aterrizando bruscamente hace ya tiempo viendo cómo se le sueltan los gemelos que vistió unos años. En el Brasil que veo a oscuras desde el cielo con la señal de prohibido fumar encendida y la del cinturón de seguridad parpadeando. Pienso en Río de Janeiro, en volver, en que me fui de allí diciendo adiós a la ciudad desde el avión, con la cara puesta en el cristal, murmurando la frase con la que Salvador Panicker despachaba a sus amantes: “Vete con mi comprensión y mi desprecio”. Llegas, te seduce, y entonces te vas, aturdido, para que la ciudad siga allí arropada por la selva y el mar con la sonrisa torcida dispuesta a seducir a otros tantos.

 

Dejo de escribir por turbulencias. Muy suaves. Duran solo un instante. Lo justo para que se me atragante el alma. Noto un tapón en cada oído y no dejo de agitar las dos rodillas, el comandante anuncia el descenso hacia Salvador y se me hace un nudo bien jodido en el estómago. Me asusta el aterrizaje o está poniéndose guerrero el sándwich de mozzarella.  

 

Tres días después. Escribo ahora desde el avión de vuelta sobre una servilleta desdoblada. Salvador ha sido Pelourinho, Rio Vermelho, y Barra. La que fue la primera capital de Brasil a pleno sol consumiéndose a golpe de nitratos con una delicadeza pasmosa. Comemos un plato al peso de arroz, frijoles, pollo y plátano frito, caminamos bajo un leve chispeo y hasta la última nube se esfuma en un suspiro. Un muchacho pasa de largo a nuestro lado y le arranca de un tirón dos colgantes a una amiga sin que los demás si quiera nos demos cuenta. Un tipo de piel oscura y ojos claros se mueve con muletas para mantener el equilibrio que le roba media pierna amputada desde la rodilla, se acerca y habla rápido. No me entero de nada, él me pide dinero y yo le contesto: “No, gracias”. Me voy perplejo por lo mucho que se enfada.

 

34 grados. Nos bañamos en la playa de Barra que va del cristo hasta el faro. La arena abrasa los pies y las olas no dan tregua. Rio Vermelho es el lugar donde dejarse caer cuando anochece, con sed y unos chelines a mano. Pienso en la Niza vieja pero dista mucho. La zona de Pelourinho me resulta mucho más bonita. Las dos tienen encanto, una belleza sexy y sucia; sucia como piropo. Sucia como la piel sudada después de un gran polvo, sucia como el sex-appeal que solo da el despertarse después de una noche de alcohol y sexo con el ligero temblor de la resaca. No se ve una colilla en el suelo. Cenamos en una terraza un acarajé, una especie de bollo frito servido con camarones y un puré bañado en pimienta y otras especias que me deja un gusto extraño. Bebemos cerveza, tequila, más tequila y algún cubata. Otro tequila. Pum. Entramos a un garito enano y oscuro, y pagamos en la puerta la entrada y tres copas para cada uno. No me quedo con qué música suena. Sí con que bailamos con un grupo de chicas hasta que nos piden que les tiremos una foto y el flash de la cámara nos presenta una radiografía espantosa. En una hamburguesería flirteamos con la cajera que rondará los 50 y pedimos doble de carne y patatas fritas. A la mañana siguiente en el recibo leemos que nos timó por todos lados, supongo que cobrándose el flirteo. En un pequeño apartamento en el primer piso de un edificio a cien metros de la orilla del mar dormimos los nueve; cada uno se acuesta en una cama y amanece torcido en la de al lado.

 

Vemos atardecer desde el faro y al final del paseo marítimo empieza un concierto de jazz. Es el día de la ciudad y hay movimiento. A nosotros se nos tropiezan las rodillas y bebemos Tanqueray con agua de tónica y cortezas de piel de naranja mientras hablamos de amor y otras rarezas en una terraza con vistas al mar. El paseo se vacía, la luna se refugia en la única nube del cielo y caminamos hacia el apartamento charlando a golpe tartamudo por culpa de acabar en plan románticos. Dormimos intercalando pies y cabezas en la misma cama, con el susurro del goteo del baño y la cocina medio inundados y el aire acondicionado funcionando a todo trapo (así día y noche, por si acaso). Al llegar a Brasilia nos escribe la casera reclamándonos chelines por el gasto de la luz. “¡Hija de puta!, si no hemos encendido una bombilla”.

 

El avión se inclina con un movimiento brusco sobre su ala izquierda poco antes de aterrizar y un amigo sentado a mi lado me mira alzando las cejas. Ha decidido hacer algo para reconquistar a su ex novia.

 

Como esto se estrelle ahora a ver qué pollas hago. 

Antonio Mérida Ordás nació en Madrid en 1992, y veinte años después se fue de Erasmus al sur de Alemania en busca de sol y playa. Estudia comunicación audiovisual en la Universidad Complutense y ha colaborado desde Alemania con El Viajero, y a su vuelta a Madrid con Koult.es, y Achtung Magazine. Hasta hace no mucho, ha sido becario de redacción en Canal Plus. También ha trabajado sirviendo champán con una mano, de pinche de cocina, y eligiendo corbatas en Massimo Dutti entre otras cosas. Ahora escribe de cuando en cuando. Le gustan las películas. Twitter: @antoniomerida92 Aquí se viene a desnudarse, a tomar seis tragos, a bailar un boogie-woogie aunque no bailes, a enfundarse los guantes y saltar al ring agitando las caderas, para terminar brindando por un buen polvo o mejor combate.