Buenos Aires. 168 horas

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Podría ser un Madrid curtido, pulido en otro mundo. Una ciudad atractiva replegándose el vestido que crece mirándose en el espejo cóncavo de las capitales del viejo continente. Alejada a golpe de carácter y hormigón del más mínimo complejo de pueblo, cubierta por una alfombra encantadora que tapa con cuidado sus manías y enseña con orgullo las encías y sus calles empedradas. De haber destino en algún lado también aquí lo habría. 

 

“Solo en las grandes ciudades de Europa reside el destino”.

Juventud, J. M. Coetzee.

 

Lunes

Llego el lunes 1 de junio a las 9 de la mañana después de 18 horas de autobús desde Foz do Iguaçu. Mi amigo Francesco me espera en la estación de Retiro, me recoge y vamos a desayunar facturas, cuatro bollos bañados en dulce de leche y crema. El señor de detrás en la fila de la panadería me mira como si estorbase y le respondo alzando los hombros con sonrisa forzada dejando claro ser turista. Francesco trabaja por el día, yo camino la ciudad y nos encontramos a la noche. Avenida Santa Fe hacia arriba, mercado de libros de Plaza Italia, santa Fe más arriba, una milanesa napolitana, atarme los botines y seguir caminando. La librería del teatro ateneo, Avenida 9 de julio, fotos en el obelisco con una cámara que me he comprado con ambiciones discutiblemente artísticas, el perfil de Evita Perón en la fachada de un edificio, Plaza de Mayo. Vuelta en metro y atardecer en los lagos de Palermo, tres cervezas y reencuentro con mi amigo para ir a cenar una parrillada a la zona de Cañitas.

 

Martes

Camino por Libertador, como un choripán y una pepsi, entro al Museo Nacional de Bellas Artes, miro seis minutos un boceto de Degas de una joven bailarina de ballet y luego cuatro a una señora que a mi lado tira fotos a los cuadros como si intentase sacarles la pintura a pantallazos. Camino hasta Recoleta, entro al centro cultural donde veo el tráiler de un corto de Nicola Constantino del que no entiendo un carajo. Me tomo un café en el Starbucks, entro al cementerio de Recoleta sorbiendo el café y me salgo atragantado. No tengo cuerpo para echar la hora de la siesta viendo tumbas. En el cruce de Larrea con Santa Fe encuentro dos librerías de segunda mano donde me compro por tres chelines Bohemios de Dan Franck, Perito en lunas de Miguel Hernández y Los europeos de Henry James. Vuelvo caminando a casa. Acompaño a mi amigo a su entrenamiento de rugby y hago como que les tiro fotos con mi cámara nueva usando el modo manual para darle personalidad al asunto, y efectivamente luego no se ven más que manchas de colores sobre un fondo oscuro. Cenamos en Kentucky pasada con creces la medianoche, una cadena de pizzerías de masa muy gorda a la que me veré obligado a volver, el camarero nos sirve una cerveza bien fría y Francesco y yo hablamos de fidelidad o infidelidad, de amor en definitiva, como en cualquier pizzería del mundo un martes a las 2 de la mañana.

 

Miércoles

Vuelvo a lanzarme a la Avenida Libertador, con los botines abrochados y espíritu aventurero caminando mientras como un bocadillo de bondiola que me sonroja las mejillas. Entro al Malba donde obras de Antonio Berni y Emilio Pettoruti reinan junto a las simpáticas gordas de Botero, y en el segundo piso me asomo a una expo de la fotógrafa Annemarie Heinrich, que me hacer salir de ahí configurando mi cámara al blanco y negro, buscándole una revancha al rugby. Camino en perpendicular a Libertador cruzando Santa Fe y sigo hasta Corrientes, donde la marcha bajo el lema Ni una menos, que empieza en Callao, me arrastra sin que apenas tenga que llevar los pies al suelo casi hasta la Nueve de julio, donde cae la noche y las farolas parpadean. Tiro un par de fotos a las farolas y a los coches por ver qué pasa. Bus de vuelta a casa, donde me encuentro con mi amigo que me lleva a su cena de empresa en el restaurante La Escondida, donde combinamos las anchuras, la morcilla y el vacío con botellas de vino tinto hasta tambalearnos y así termino haciendo comentarios laborales sin ton ni son mientras me acaricio el bigote con encanto.

 

Jueves

Me levanto tarde y bajo a comer a la pizzería Kentucky. Voy despistado, no llevo efectivo y no aceptan tarjeta, así que no tengo más remedio que dejarle al camarero mi móvil (el aparato en sí, no el número) para que confíe en que vaya a sacar dinero y vuelva mientras su jefe me mira con dureza. Qué bochorno. Para colmo los dos cajeros más próximos no funcionan y en el tercero el tema de los pesos argentinos me sobrepasa. Café con leche y tres sobres de azúcar para llevar que tomo sentado en el banco de una pequeña plazoleta. Entro a La Rural, donde se organiza estos días la expo ArteBa. Un par de azafatas de sonrisa preciosa reparten paquetes de cigarrillos Parliament y en la barra un muchacho sirve tragos de gustos a juego. Todo gratis por promoción del evento. Miro como el tipo me sirve un Martini blanco con jugo de pomelo y albahaca y me siento en los sillones de la terraza a beber y fumar mientras escucho por unos altavoces como desde la radio define la palabra arte Dolores Cáceres, una artista de Córdoba, Argentina, y me imagino al periodista preparándose la entrevista mientras sonríe arqueando las cejas cuando se le ocurre esa pregunta. Defina arte. Qué tío. Voy en autobús hasta La Plaza de Mayo, desde donde camino hasta Puerto Madero y pruebo a tirar fotos a unas muchachas que patinan a ver si le saco juego al blanco y negro hasta que poco a poco se van alejando (si no huyendo).

 

No le encuentro a Buenos Aires tantos parecidos con Madrid (me habían advertido que eran muchos); uno en las calles que atraviesan los parques donde al anochecer enseñan muslo los travestis buscando romanticismo. Y que Corrientes me recuerda a la Gran Vía. Pero es Buenos Aires, acogedor a su manera. Podría ser un Madrid curtido, pulido en otro mundo. Una ciudad atractiva replegándose el vestido que crece mirándose en el espejo cóncavo de las capitales del viejo continente. Alejada a golpe de carácter y hormigón del más mínimo complejo de pueblo, cubierta por una alfombra encantadora que tapa con cuidado sus manías y enseña con orgullo las encías y sus calles empedradas. De haber destino en algún lado también aquí lo habría. Y no sé por qué calles camino ni en qué horario, pero aquí se cruza uno a cada ochenta metros con la mujer más hermosa del mundo. En Madrid solo me pasa cuando en Alberto Aguilera doblo hacia Guzmán el Bueno, pero allí ya cada cual tendrá sus calles y sus gustos.

 

Recoleta. Entro al Palais de Glace donde hay una exposición de fotografía, vídeo e instalaciones artísticas, donde me gusta una pieza de tubos de neón y un montaje de una pantalla digital con un tablero donde tiras unos dados, en la pantalla se revuelven unas letras y a modo de oráculo te anuncia tu destino. Lo primero que aparece en la pantalla es que no creo en esas cosas y por lo tanto he de volver a tirar los dados. Las letras se reordenan en la pantalla y me anuncia problemas económicos, así que salgo corriendo a gastar chelines como un loco en lo primero que pillo, por si acaso. Repito entrenamiento de rugby pero dejo de lado las fotos. Ni con el blanco y negro, vaya. Al terminar pasamos con el coche por la cancha del River y llegamos al Rojo y negro, un restaurante donde cenamos milanesas espectaculares con los colegas de mi amigo y después vamos todos a una calle cortada donde nos quedamos charlando hasta las 5 de la mañana.

 

Viernes

Despertarme a las 14. Comer pasta en la casa a solas con la hermana de mi amigo. Un poco de queso rallado. Autobús. Voy al cine y me meto al azar en la primera sesión que hay. Abzurdah, una película argentina basada en un best seller autobiográfico de una muchacha con problemas de amor que termina anoréxica. Me recuerda para qué sirven las sinopsis. La protagoniza Eugenia Suárez y los 10 primeros minutos un poco confundido por el atractivo de ella hasta casi disfruto, pero a la media hora, y hasta el final, me revuelvo en la butaca entre angustiado y aburrido, suspirando, haciendo gestos con el codo a la señora de mi lado para ver si ella siente lo mismo, que me responde con gesto extraño y poniendo su bolso en el reposabrazos separándonos. Esa noche nos juntamos con antiguos compañeros de mi amigo a beber Campari con zumo de naranja y hablar de algo.

 

Sábado

Despertarme. Pedir milanesas a domicilio. Una napolitana y otra cuatro quesos. Me salen las milanesas por las orejas y podría seguir con ese ritmo. Final de la Champions. Siesta. Cenamos comida china que llevamos a casa. Compro un ron barato para la noche. Vamos a Larc, una discoteca donde bailamos y susurramos oídos con discreción y bebemos cada uno tres copas a 90 pesos cada una. Antes de dormirme el perro de mi amigo me salta encima de la tripa tan contento y le pido con cortesía que guardemos las distancias, pero bueno, le explico que mientras no me moleste dejo que duerma conmigo.

 

Domingo

Amanezco a las 15, comemos pasta en casa, bajo a comprarme tres alfajores, leo Bohemios en el sofá y me río con una anécdota de Picasso. Después de 90 sesiones con Gertrude Stein para pintar un retrato de la americana, se rinde y deja los pinceles lamentándose: “Ya no consigo verla cuando la miro”. Supongo que, aún sin pintar, nos ocurre a todos lo mismo. Subo al piso 26 a tirar unas fotos. Ya no sé ni si a color, en sepia o su puta madre. Vienen a buscarnos unos amigos y vamos a cenar un asado magnífico con patatas fritas, antes una empanada de carne con cebolla y una provoleta. Cervezas y un poco de charla en el salón, después sigo leyendo un rato hasta que me vence el sueño.

 

Lunes

Para el lunes me había reservado el barrio de La Boca y San Telmo pero me quedo dormido y cuando despierto ya no tengo tiempo, así que como por la zona una cazuela de lomo con puré de patatas y queso gratinado y una cerveza importada. De postre un helado en Freddo de dulce de leche y bañado en chocolate. La Boca y San Telmo para cuando vuelva, como cuando fui a Río por primera vez y no fui al Cristo, eso es, poco a poco. Subo a hacerme la maleta y despertar a mi amigo para que me lleve a la estación de Retiro. Son las 17:45 y el autobús a Foz do Iguaçu sale a las 18:30, como haya el más mínimo atisbo de atasco lo he perdido. Mi amigo conduce a toda velocidad por Libertador, dejamos atrás Recoleta, saltan un par de radares con ternura y 2 km antes de llegar a Puerto Madero doblamos a la izquierda. Los carteles ya anuncian la terminal de autobuses, son las 18:09 y mi amigo me tranquiliza diciéndome que lo peligroso era el tráfico en Libertador, que ya no hay problema. Dársena 72. Llego 7 minutos antes de que arranque el autobús. Subo, recuesto la butaca número 37 hacia atrás y me tumbo descalzo y con el botón de los vaqueros desabrochado, satisfecho, mirando por la ventanilla como cae la noche en Buenos Aires, y así, kilómetro a kilómetro, alejándome del susurro de la ciudad donde algún día intentaré quedarme un tiempo, se me vence muy despacio cada párpado, el autobús avanza tembloroso,  
el cielo azul se apaga, y yo, tarareando una canción en mi cabeza pensando en que igual lo de las fotos no es lo mío, me quedo dormido.

 

Antonio Mérida Ordás nació en Madrid en 1992, y veinte años después se fue de Erasmus al sur de Alemania en busca de sol y playa. Estudia comunicación audiovisual en la Universidad Complutense y ha colaborado desde Alemania con El Viajero, y a su vuelta a Madrid con Koult.es, y Achtung Magazine. Hasta hace no mucho, ha sido becario de redacción en Canal Plus. También ha trabajado sirviendo champán con una mano, de pinche de cocina, y eligiendo corbatas en Massimo Dutti entre otras cosas. Ahora escribe de cuando en cuando. Le gustan las películas. Twitter: @antoniomerida92 Aquí se viene a desnudarse, a tomar seis tragos, a bailar un boogie-woogie aunque no bailes, a enfundarse los guantes y saltar al ring agitando las caderas, para terminar brindando por un buen polvo o mejor combate.