Capítulo 11. Pestilencia y sombras: un difícil rescate

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siluetas

 

Ahora podía ver que en la calle alguien desdibujado por la oscuridad recogía bolsas llenas de basura y las metía con cuidado en un saco. Cuando lo tuvo completamente lleno se lo cargó al hombro y se adentró sigilosamente en un portal idéntico al de mi casa. Subió las escaleras en silencio, sin luz, llenas de colores agazapados en la oscuridad. Sus pies se hundían en cada peldaño de mantequilla, su sombra subía y se alargaba por la orografía de la pared. La figura llegó al descansillo del segundo y, dejando el bulto en el suelo, acertó con la llave a la primera. Luego cerró la puerta, cruzó el pasillo de colores de garganta, un pasadizo de bolsas hinchadas, y llegó a la habitación del fondo.

 

No entendía nada de lo que veía. Ahora Gang estaba allí, inconsciente, sumergido en la oscuridad de un caldo de plásticos del que emanaban olores rancios de comidas pasadas. La sombra lo cubrió, posó el saco en el suelo y comenzó a sacar una a una las bolsas. Hubo un momento en que se detuvo y giró su rostro hacia mi mirada, como si hubiese olido algo diferente en medio de aquel fétido laberinto… 

 

Cuando conseguí abrir los párpados, y mis ojos vieron por fin la realidad de mi dormitorio, la mañana y el medio día habían pasado. Un rayo de luz cálida entraba por los cristales de la ventana. La ciudad estaba demasiado despierta y sus bocinas no dejaban de irritar. Me encontré desnudo, tumbado encima de la cama. Tenía frío y la boca seca. Hice un gran esfuerzo para levantar el cuello. Al fondo estaban mis pies y las monjas de los dedos.

 

De inmediato pasaron por mi mente las imágenes de la cena, la cocina, el recipiente con el líquido que me abrasaba, los azulejos… ¡El horno! La cabeza me estallaba. Asustado, palpé rápido mi cuerpo y busqué alguna señal, quemaduras, marcas. Mis lunares… que seguían en su sitio. Estaba totalmente limpio. Me toqué la cara y noté que rascaba. Era increíble, mi barba había crecido anormalmente de un día para otro. Me incorporé sobresaltado y pensé en Gang. Fui corriendo a la cocina.

 

Olia muy bien, los fogones estaban relucientes y la puerta del horno cerrada. Me incliné para abrirla. Dentro todo estaba como si nunca se hubiese utilizado. Las tarteras y sartenes bien colocadas. Los platos, los cubiertos ordenados en los cajones. El suelo brillaba. Abrí la puerta bajo el fregadero. Los restos de la cena ya no estaban, dentro del cubo había una bolsa nueva. El bote del lavavajillas estaba boca abajo sin su líquido verdoso en una esquina. Necesitaba desayunar, mi estomago se deshacía. Abrí la nevera. Dentro todo se iluminó, y los alimentos se veían radiantes. De uno de los estantes cogí un cartón de leche, luego la puse a calentar en un cazo y me senté cansado en una silla a esperar. Al poco rato la leche se salió. El fogón quedó aislado como si fuera una isla rodeada de espuma de mar. Con lo que quedó de leche llené la mitad de una taza. Al levantarla de la encimera quedó una huella blanca. Tenía la forma de la boca abierta de Gang. Un grito de socorro. 

 

Fui corriendo hasta su habitación, llamé varias veces a la puerta y giré el pomo lentamente. La cama estaba hecha y la ventana abierta de par en par. Me asomé a la calle saturada de coches. Mi cabeza iba a estallar. Cerré la ventana y por un momento sentí alivio. Sentado en su cama, tocaba con las plantas de los pies el tejido cálido de una alfombra de dibujos diminutos. En silencio, intenté recordar lo que nos había pasado la noche anterior.

 

Fui al cuarto de baño. La bañera estaba llena de agua, el suelo encharcado y, eso era lo más extraño, el agujero del suelo se encontraba al descubierto. Seguramente Gang había tenido un accidente. Quizás había resbalado en el suelo mojado y había caído al piso de abajo. Me asomé al agujero, parecía la entrada de una caverna. Todo estaba oscuro. Llamé a Gang una y otra vez. Solamente contestaba un ruido sordo y constante, llegado desde alguna de las habitaciones del piso de abajo, algo así como un altavoz encendido.

 

Bajé hasta el segundo piso corriendo. La luz que había en las escaleras iluminaba las paredes creando las tonalidades que hay dentro de los quesos. Pulsé el timbre de la puerta esperando a que el misterioso habitante me abriese. Luego llamé con los nudillos, también con patadas. Ningún vecino salió al pasillo para ver qué pasaba, tampoco Soledad. Subí los escalones de dos en dos. En el rellano todo seguía como siempre, oliendo a pollo con patatas. Entré en mi casa y cerré la puerta de golpe.

 

Asomado a la oscuridad del agujero, pensé sobre la posibilidad de atar una a cuerda al inodoro o al lavabo podría bajar. Al final decidí que no, que era mejor sujetarla a la puerta del baño, y así lo hice. Después busqué una linterna en uno de los cajones de la cocina, la encontré al fondo, entre trapos, hojas  con recetas, corchos de botellas y un par de velas retorcidas. Por último, me metí por el agujero y salté. Aterricé de espaldas y la linterna enfocó una montaña de bultos que, amontonados contra la pared, formaban una ladera. El suelo era mullido, con un tacto de caja de huevos. Al iluminarlo supe que lo formaban montículos de bolsas de basura, todas pulcramente cerradas con un doble nudo. Olía muy mal, y aquél olor me asfixiaba. Rasgué una bolsa y de allí salió un fuerte hedor. El suelo mullido que pisaba eran restos de comida. Estábamos en medio de un basurero. Me dieron arcadas y vomité. Mientras, dirigí la luz azulada hacia el suelo para ver si Gang estaba en algún lugar de aquel mar paralizado. Cerca de donde me encontraba había un cuerpo tendido y su piel brillaba con la luz de mi linterna. Era él.

 

Estaba inconsciente, con la cabeza inclinada hacia un lado, un brazo inerte sobre una de las bolsas y el otro hundido bajo ellas. Lo zarandeé: ¡Gang, Gang, despierta, te sacaré de aquí ahora mismo!

 

Sentía ruidos a mi alrededor. Y me parecía que algunas bolsas se movían. Las  enfoqué. Y por un instante vi una mancha blanca que se desplazaba, y se ocultaba haciendo ruido entre los bultos.    

 

Gang abrió los ojos y se levantó desorientado. Al intentar caminar descubrió que no le respondía una pierna. Lo sujeté con los brazos y lo ayudé a llegar bajo el agujero. La cuerda, iluminada, caía  hasta el suelo como en un número de circo. Decidí que yo treparía primero y, desde arriba, lo ayudaría a subir. Me costó hacerlo porque la cuerda no dejaba de balancearse. Además, aquél olor se estaba espesando dentro de mi nariz y me costaba respirar. Al llegar arriba entrecortadamente le dije a Gang que atase la cuerda alrededor de la cintura, que yo tiraría, pero él estaba como ido. Lo llamé con dificultad no sé cuántas veces hasta que  por fin lo hizo. Entonces tiré con todas mis fuerzas. La cuerda me hacía daño en las palmas de las manos y por momentos surgían ampollas. Recuerdo que durante varias semanas estuve dolorido. Cuando casi había alcanzado el borde del baño, la cuerda se escurrió de mis manos y Gang retrocedió zarandeándose hasta casi llegar abajo. Volví a intentarlo y apoyé la espalda en una de las paredes, hice sujeción con los pies en el bidé y empujé con todas mis fuerzas. Por fin vi sus dedos y las diminutas lunas de sus uñas saliendo del agujero. Me acerqué sin dejar de tirar y lo fui tendiendo en el suelo a medida que salía. Luego con cuidado lo ayudé a incorporarse y fuimos poco a poco hasta su dormitorio. Nada más acostarlo en la cama se quedó profundamente dormido. Había estado largo tiempo en el fondo de aquel mar de bolsas, ahogándose.

 

Balbuceante llamé a urgencias para que viniesen a buscarlo y también a la policía para denunciar al vecino del segundo.

 

Apareció la ambulancia y dos enfermeros bajaron a Gang en una camilla. Soledad había salido a la escalera gritando: ¡Mi niño, qué le han hecho! Y se agarraba con una mano al lateral de la camilla.

 

Desde el primer día, Soledad había convertido a Gang en un miembro de aquella familia a la que ella añoraba, y lo vio alejarse en la ambulancia, murmurando para sí misma: gracias a Dios que vamos remendándonos, porque los cementerios están todos repletos.

 

Media hora después un par de agentes llamaron a mi puerta. Cuando les abrí, era más que evidente, sus tripas no paraban de hacer ruido por el olor a pollo instalado en las escaleras.

 

Bajé con ellos hasta el segundo, yo me tapaba la nariz y la boca con una servilleta. Cansados de llamar al timbre sin recibir respuesta decidieron echar la puerta abajo. Cuando cayó, hacia nosotros volaron unas cuantas gaviotas que intentaban salir al rellano. Algunas lo lograron haciéndose hueco apresuradas, batiendo las alas, bajando con saltos atolondrados hacia el portal.

 

Otra, en el pasamanos, guardaba el equilibrio con sus patas de chicle de fresa y se quedó mirándome. Tenía el pico naranja con una diminuta mancha de carmín.

 

Uno de los policías exclamó: ¡Pero, qué coño era esto! ¿Una casa de putas? .

 

 

Próxima entrega:

 

Capítulo 12. Diógenes no es un nombre de gato