El hombre disperso en la playa verde, 28

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RELATOS SIN MIEDO

EL SUCESO

El mar estaba en paz en la bahía de San Pantaleón cuando Alfonso arrancó el motor de su gamela y puso rumbo al lejano azul. Sacó los aparejos de pescar al curricán en la Puerta de las Estrellas, un grupo de pequeños peñascos poblados de ratas y gaviotas en la entrada de la bahía que zancadilleaban su paso.

El tiempo emocionado pasaba rodeado de “patiamarillas” que se lanzaban al agua a la misma velocidad con la que Alfonso limpiaba los pescados.

A media tarde el mar se volvió esmeralda al acercarse a las Islas Cambiantes, que ese día habían tomado la forma del lomo de tres cetáceos. Mientras, una familia de arroaces mostraban sus cuerpos fuera del agua tan cerca de la barca que el marinero sonrió. Bajo la protección de la isla enganchó una robaliza de tres kilos y al sacarla con sus reflejos de agua fue consciente de llevarse un instante de mar. Con las horas de la tarde se alejó hasta el océano ondulante pescando marrajos. Lupe, su mujer, los secaría al sol en el tendal y los domingos le haría su famoso guiso de zapata.

Estaba en esos pensamientos cuando observó que en la distancia surgía una muralla que expandía su sombra en el agua. En un acto reflejo sacó la boina con la mano curtida y el viento del noroeste rozó su cráneo pálido, un estruendo sordo resonaba en el aire acompañado de los chillidos agudos de los pájaros. ¿Cómo podía ser? Hoy no se esperaba galerna.

Las aves se distanciaron rumbo a las Islas Cambiantes, que en ese momento le recordaron el Monte Fuji. Una gaviota adulta aterrizó en la proa, a veces se desestabilizaba, extendía sus alas y posicionaba sus patas para mantener el equilibrio con el movimiento agitado del barco. Comenzó apurado a recoger los aparejos y algo impensable rondó su cabeza. Miró al cielo, ya no había tiempo, nervioso desistió y arrojó los aparejos por la borda dirigiendo su barca hacia la protección de las Islas en un mar con crestas de espuma blanca como aletas de peces considerables.

Pronto la oscuridad cubrió su visión, encendió una lámpara, giró la cabeza y vio la sombra mucho más cerca que se estiraba hacia un cielo ahora encapotado mientras, en la proa, seguía la gaviota con problemas de equilibrio.

No tuvo tiempo de nada, ni de repasar su vida, ni de despedirse de sus seres queridos, la terrible muralla continuó su viaje traspasando las islas ahora inexistentes y engulléndolo a él.

La noche azulada llegó a San Pantaleón, las luces de los pueblos de las otras bahías tintineaban formando un trasatlántico estático sobre el mar, pero desaparecieron, pues la oscuridad insondable y ensordecedora cubrió la orilla y la arena mullida, cubrió el puerto y la lonja, cubrió las calles y el cine, cubrió los tejados de las casas, arrastró las palmeras y los árboles que quedaban, a las gentes y a los animales, hasta que su furia se templó a la altura de la espadaña de la iglesia cuya campana gimió con un ronco tañido antes de quedar sumergida.

TRES DIAS DESPUÉS DEL SUCESO

Una gaviota volaba por encima de las Islas Cambiantes, en el punto más alto de la isla sur, una araña negra esperaba sobre el velo tupido de la tela que lo envolvía todo. Atravesó el mar del color del mercurio, hasta llegar donde había estado el faro del Monte, contempló los tocones desgarrados y los cortafuegos de tierra despojados de su función. El mar golpeaba con tristeza las grandes rocas lisas como lomos de poderosos mamíferos de la falda de la montaña, acariciándolas suavemente con su espuma blanca y espesa.

El ave se dirigió a San Pantaleón. La Puerta de las Estrellas era ahora un muro de rocas que se secaban al sol, se posó en una de ellas y observó la ruina del pueblo y la costa desconocida que lo rodeaba. Se elevó buscando sus recuerdos, planeando por donde antes había casas desordenadas, bajó hasta la Playa de Areas Brancas. Pasó rozando las rocas y la orilla que ahora estaba, en el lugar que antes ocupaban las bateas.

La gaviota llegó a la Playa Verde, el muro de contención que daba a la carretera se había derrumbado y desde el aire parecía un enorme mordisco. Ya no existían las casas, la de Ernesto Farallones, la de Marosa la viuda, la del guarda bosques, la de Munda de Gondomar, la de Brais Hermida el carpintero, ni la casa que crecía con la lluvia, ni la de los franceses, ni la de las dos hermanas que sachaban el campo y llevaban a la hoguera los balones de los niños.

Se adentró en el pueblo volando por extensiones de lodo y algas, había libros semienterrados, y en alguno distinguió las grandes letras de las portadas de Stephen King.

Cuando llegó a los restos de su casa y del pequeño campo de verduras donde su mujer tendía la ropa, un foso enorme lo ocupaba todo. Lo recorrió despacio con sus patas de dedos palmeados, extendiendo sus alas para no perder el equilibrio y caer en la sima. En algunas zonas había restos de sus cosas, trozos de la radio dónde oía las noticias de primera hora, platos blancos con florecillas azules que su mujer ponía cuando había invitados…, mezclados con imágenes de peces formados por pequeñas téseras que brillaban al sol dejando ver sus colores vivos, rojos, azules, naranjas y amarillos, había también, imágenes de personas con túnicas y abalorios, con los cabellos rizados, perfiles de narices rectas y ojos almendrados.

Gentes distintas en un mismo lugar, el paso del tiempo lo había mezclado todo, tal vez para recordarnos, una vez más, que algún día seremos solo un recuerdo, y otro día seremos solo algo que se olvidó.

La gaviota levantó el vuelo.

IMÁGENES MENTALES

 

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