El hombre disperso en la playa verde, 25

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MIS LIBROS ILUSTRADOS

La simplicidad del relato.

 

RELATOS SIN MIEDO

Voces

La lluvia eran pinceladas de Cézanne en el paisaje. La furia del viento hacía volar las bolsas de plástico y a las ancianas diminutas por encima de los árboles sin hojas.

Al mismo tiempo, le murmuraba desde la ventana  a un artista que pintaba un lienzo de dos por dos. Ese lugar del viento insistía en que abriese la ventana para no tener que subir por la pared del edificio y luego deslizarse desde el tejado. Cruzaría el espacio entre bastidores y botes de pintura, se llevaría un par de papeles de pinceladas interrumpidas y a cambio, le dejaría unos billetes de cincuenta euros que había encontrado. Al viento le gustaba el arte, tuvo esa debilidad desde la época gloriosa en que los pintores salieron al campo con sus  caballetes, acuarelas y tubos de óleo. Después se iría por la amplia rejilla de ventilación de la puerta de entrada.

Mientras el pintor lo oía susurrar tras la ventana, sentía un dolor incómodo en su muñeca al hacer ciertos movimientos de la brocha.

La brocha también le hablaba, le repetía una y otra vez frases concisas que surgían de cada movimiento de su brazo sobre el proceso de creación: “Está bien así”. O afirmaciones tajantes como: “Déjalo ya”, “Así no”. O preguntas:  “¿Para qué?, ¿A dónde quieres llegar?”.

Pero, desde hacía unos días también oía un eco lejano con otro tipo de frases más radicales. Además, le había desaparecido material del estudio y para colmo hoy, al llegar, no reconoció uno de sus cuadros, parecía como si hubiesen intervenido en la obra.

La voz del viento permanecía en la ventana con su cantinela cuando el pintor se sentó en la butaca. Desde allí tuvo la sensación de que algo se movía en el espejo oscuro del taller que utilizaba para retratarse o, para ver si llevaba alguna salpicadura de pintura en la frente despejada antes de salir a la calle.

Se acercó y vio su rostro reflejado en la penumbra velada por el tiempo, pero no reconoció su mirada, ni la forma deL cabello que tapaba su frente. La imagen que estaba viendo era imposible. Cerró los ojos y sintió de nuevo el viento y la lluvia que atizaban el cristal de la ventana como si quisiese lapidar el mundo, pero se volvieron una letanía cuando escuchó el sonido de una brocha peinando la pintura en un lienzo. Extrañado fue al cuadro pero la brocha seguía en silencio dónde él la había dejado. Volvió al espejo y esta vez encontró su rostro  tal como era, alargó el brazo despacio para tocar el cristal con sus dedos que apartaron el polvo de la superficie al dibujar pequeños grafismos negros. Al oír otra vez el sonido de la brocha supo que venía del interior del espejo. Alguien pintaba tras su imagen reflejada. Cambió de postura pero no consiguió ver lo que le intrigaba. Así que asomó la mirada desde una esquina del espejo como en un acto de espionaje, y fue cuando vio al pintor entre sombras construyendo con vehemencia un cuadro.

—¡Eh tú! -le llamó.

El artista del espejo se dio la vuelta y lo miró desde la distancia reprochándole:

—¿No ves que estoy en un momento crucial? A ti te molesta que te interrumpan cuando suena ese pequeño aparato que guardas en el bolsillo.

—¿Por casualidad no serás el que te llevas materiales de mi taller?

El pintor se acercó desde la oscuridad del tiempo hasta rozar el espejo y le dijo.

—Tienes que perdonar, pero a este lado los materiales escasean.

—Te pareces a mi… No has envejecido.

—¿Te acuerdas hace años cuando te hiciste aquél autorretrato de verdes y negros? Aquello que fuiste se quedó aquí.

—¿Te puedo decir algo? -dijo el pintor del espejo y sin esperar respuesta continuó-. Has perdido inmediatez en tu obra. Antes tomabas decisiones valientes a la hora de pintar, había más materia, gestos y  furiosas pinceladas, espirales, líneas negras que bailaban en los cuadros y masas de color. Mira tus cuadros ahora, son más sencillos, creo que  piensas demasiado. Echo  de menos lo físico. Ahora pintas la nada.

Mientras hablaban se oyó un golpe seco, un trozo de toldo de una terraza cercana chocaba contra las rejas de la ventana.

—¿Y ese ruido?, dijo extrañado el pintor del espejo.

—Es el viento, hoy sopla con fuerza.

—¡Ah! me lo imaginaba, porque aquí no se ve nada. -Y continuó hablando-. Cuando te vas, suelo ver tus cuadros desde el límite del espejo, pero a veces, cuando la luz del crepúsculo se expande por tú taller y llega hasta aquí, no me preguntes por qué, puedo salir por el camino de la luz, entonces contemplo tu obra. Además me llevo algo de tu mundo físico, por ejemplo un tubo de esas pinturas tan intensas que no existen en este otro lado.

—Y de paso, pintas un poco -le dijo con sarcasmo.

El hombre del espejo hizo cómo que no oía este comentario y siguió:

—Ya no pones música, ni enciendes la luz de las lámparas del techo, antes me ayudaban a pintar, porque en este lugar vivo en la penumbra. ¡Cómo me gustaría tener alguna vela y aprovechar para pintar como los clásicos!. Ahora que sabemos el uno del otro, ¿podías traerme una caja de velas…? O encender las luces del techo.

—Sólo pinto con luz natural. La simplicidad necesita mucho tiempo.

En ese momento el viento cumplía su deseo. Los dibujos que había por el suelo se movieron como si el gran coleccionista tuviese dudas de cuales se llevaría. Dos ascendieron y volaron hasta desaparecer a través de la rejilla de la puerta. El viento los reunió por encima de los cables de la luz mientras empujaba la masa de nubes grises que se movía por el aire como pintura que arrastra la brocha en el lienzo y dice: “Sigue, sigue, así vas bien”.

 

IMÁGENES MENTALES

 

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