Capítulo 13. Habitación 329

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El suelo, brillante y resbaladizo, se asemejaba a los mostradores de las pescaderías. El hospital no estaba demasiado lejos y decidí ir andando.

 

Al pasar por delante de unos multicines vi al hombre que vendía habitualmente las entradas. Estaba en la calle, fuera de la taquilla, y daba de comer a unas palomas. En sus manos sujetaba un puñado de palomitas de maíz, los pájaros agitaban las alas y volaban hasta sus palmas. Lo flanqueaban seis carteles de películas diferentes, casi todas americanas; una de ellas se titulaba Temblores.

 

También vi al hombre que habitualmente estaba detrás del cristal en el local de Loterías y Apuestas del Estado cruzando la calle sonriente. Desde que yo vivía en aquel barrio nunca lo había visto así. Su boca siempre había sido una línea recta trazada con regla, un horizonte de mar aplastado por el aburrimiento y la melancolía. Se le había ido hundiendo el cuerpo, desparramándosele por los lados igual que si fuese masa para cocinar.

 

Al llegar al hospital me acerqué a la puerta principal. La gente imitaba al tráfico subiendo y bajando apresurados unas escaleras que habían tomado el cariz del fiambre caducado en la nevera. Un vendedor del cupón le entraba a todo el mundo como un semáforo en rojo incomprendido. Incansable decía: Tengo el cheque en mis manos, aquí están los millones para hoy, ¿alguien probará suerte? ¿Quién la quiere aprovechar…?

 

Aprovechando que la gente abría sin cesar la puerta de cristal, me hice un hueco y llegué al interior del hall, acoplándome en una de las colas para conseguir un pase. Había mucha gente esperando sentada en una alineación de sillas de un color que recordaba al del puré de lentejas. Mientras, los médicos, celadores y enfermeras caminaban de un lado a otro con un halo de luz eléctrica.

 

 

Cuando me dieron licencia para visitar al enfermo subí las escaleras pasando de largo carteles de metacrilato de fondos naranjas con letras mayúsculas negras. En ellos se leía: Recogida de muestras de orinas, esputos y heces, entregas antes de las ocho de la mañana. Donaciones y análisis de sangre. Una silueta blanca de perfil, con nariz respingona y un dedo en los labios, indicaba que se guardase Silencio.

 

Llegué a la tercera planta. El ala del pasillo de la habitación 329 estaba cerrada y tuve que esperar. En las paredes había carteles de prohibido fumar, pero allí todos fumaban. La mayoría eran mujeres que habían dado a luz y colocaban las cajetillas de tabaco sobre la bata en la zona donde se les ven las rodillas, o la guardaban en algún neceser. El humo que salía de sus bocas serpenteaba de azul los grandes ventanales.

 

La conversación que imperaba era el hacer o no hacer de vientre. Una de aquellas pacientes dijo que lo había hecho aquella misma mañana y había sido maravilloso, un verdadero placer. Otra se había levantado por la mañana tan ilusionada por poder hacerlo, creyéndose que sería capaz…, pero al final le fue imposible. Aquel día tampoco podría irse a casa. Una mujer que vestía una bata rosa habló a la concurrencia muy alto: Lo mejor es ir a esa cafetería que está en la calle de enfrente y traer un café cargado, ya veréis como lo hacéis todas.

 

Cerca de donde estaba yo, un médico abrió una puerta y salió apurado hasta perderse por unas escaleras. Durante un rato, la puerta permaneció abierta. Sin inmutarme lo más mínimo, vi que una corriente de aire la iba desplazando lentamente hasta que por fin, la cerró con un portazo que pareció un trueno. Todos los que estaban a mi alrededor miraron hacia el mismo lado. 

 

Ese día todo el personal del hospital se había retrasado en sus quehaceres y aquella espera para ver a Gang se alargaba. Al fin una paciente se asomó para ver si estaba su marido y abrió tímidamente desde dentro la puerta que daba a la sala de espera. Todos aprovechamos y entramos en tropel.

 

La habitación de Gang era la del final. Llamé con los nudillos y abrí la puerta. Una vez dentro mi mano derecha rozó el gotelé antipático de la pared y me hice una pequeña herida. Vi que el techo también lo tenía. Detrás entraba la mujer de la limpieza, vestida de azul celeste y de silencio, arrastrando la fregona, dejando caminos de caracol. Sentí calor. Había más enfermos allí, Gang estaba tumbado al fondo, detrás de una cortina y su aspecto no era muy bueno. Una cercha le levantaba una pierna y, a través de su mano, una aguja tapada con gasa le alimentaba con suero. Me quité la cazadora y la dejé en una silla de un material plástico, pero resbaló quedando como un sin techo tirada en el suelo. Me acerqué a Gang preguntándole: ¿Qué tal estás?

 

Llovía en la ventana de aquella habitación. Un edificio cercano se distorsionaba por las pequeñas gotas que resbalaban en el cristal. En su interior, una luz cálida contorneaba una planta de hojas redondeadas.

 

 

 

Próxima entrega:

 

Capítulo 14. Bolsas. Historias de la habitación 329