Capítulo 15. Impaciencia y soledad

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Cuando Gang llegó a casa comencé a cocinar para él. Comidas sencillas que le llevaba a la cama. Le pregunté si quería que fuese a donde él realizaba su máster para avisarles del accidente, o que llamara por teléfono, que quizás eran demasiados días sin asistir. Me contestó que no hacía falta. Yo insistí en que no era ningún trabajo para mí. Al final cambió la cara y me soltó un ¡NO! tan rotundo que, desconcertado, salí de la habitación.

 

Mientras duró su convalecencia el dormitorio permanecía a oscuras y extendía por toda la casa cierta tristeza, melancolía y cajas de medicinas. No aguantó ni un sólo momento la claridad de la ventana y desde el pasillo se podían oír soplidos y suspiros. Tenía una radio sobre la mesilla de noche, a veces la encendía y al momento la apagaba como si se tratase del interruptor de la luz. Cuando la dejaba encendida sólo oía música clásica, ya que la radio no decía más que bobadas. Escuchaba programas como Los colores de la tarde.

 

Un día de tantos, al cambiarle el agua, moví la radio de sitio. Cuando volví al entrar en su dormitorio me dijo: Te lo digo como anécdota, tú crees que lo estás haciendo bien pero me has cambiado la radio de lugar y al ir a coger el vaso arrastré el cable y el vaso se me cayó. Después tuve que recoger desde la cama todos los cristales del suelo.

 

Desde mi habitación, por las noches, le oía roncar. Su respiración escalaba montañas y, por momentos, descansaba en silencio para ver el paisaje, remaba en canoa atravesando el océano, luego se sumergía por un tiempo en las profundidades para después salir rápido a la superficie y respirar con ansia aire marino.

 

Él necesitaba limpiar su cuerpo y solamente hablaba de comida, haciendo comentarios impertinentes al cocinero que era yo, (así se debía de purgar él). Empezaba con: ¿Qué hay de comida?, la verdad es que no tengo apetito…, porque me pones la comida delante, que si no… no comería. Toma este dinero y mañana me vas a comprar un rapante que no sea muy grande, pero como huela un poco ya no lo quiero. Y seguía: Tengo que comer aunque no me apetece, el doctor me dijo que estaba esquelético y que debería hacerlo. Es que se me ha ido el ansia.

 

Esta merluza es de mala calidad, mañana me vas hacer un arroz con un poco de pollo y lo adornas con verduras ¿Los garbanzos los has cocido? Hoy ibas a hacer leche frita y te salieron natillas.

 

Con estas monedas tráeme, por favor, para esta noche unas chuletas de cordero, pero que sean buenas, si no ya nos las quiero. ¡Ya sabes que no me gusta que me pongas restos de comida de otros días! ¡Yo necesito siempre comida nueva!

 

¿Qué te apetece?, le preguntaba. Nada. ¿Unos champiñones?, y él respondía: Tampoco quiero los pimientos.

 

Menudos cuchillos me traes…, este de aquí no quiero ni verlo (me dijo un día). ¿Hay carne en este plato?, porque hoy no era partidario de comer carne. Es cabrito y está duro, y no tiene por qué…, en enero el carnero y la faneca.

 

Sácame esa carioca del plato.

 

Este postre, para ti.

 

Uno de aquellos días, para variar, traje del mercado pez raya e hice un guiso exquisito. Su olor alimentaba los muebles y demás territorios de la casa. Lo primero que dijo fue: ¿es macho o hembra? No lo sé. Pues yo diría que es macho. Para quien le guste, está excepcional. Que contestación más inquietante, le dije.

 

Un día le hablé de que había un huevo frito frío en la cocina. ¿Cuándo lo cocinaste? No le respondí, y fui a por él. Al echarlo en el plato, me disculpé.

 

Déjalo aquí, a mi  lado, dijo con melancolía.

 

Solamente salió de su boca algo positivo el día que le ofrecí de primer plato unas lentejas: ¿sabes que están graciosas? De segundo había pollo con ensalada y él lo valoró: ¡cómo se nota que es pollo de andar!

 

Bajaba a la farmacia, que permanecía abierta las veinticuatro horas del día cuando necesitaba alguna medicina. De la rebotica curiosamente siempre parecía que salían olores de puchero, unas veces a callos, otras a potajes.

 

Atendían dos hombres con gafas colgadas al cuello. A uno le resaltaban sobre el fondo de la bata blanca y al otro se le metían en la desahogada abertura de la camisa, ya que se la abotonaba nada más que en la barriga como un saco repleto. Aquel farmacéutico tenía aspecto desaliñado, su pelo era un nido recubierto de escarcha que rodeaba a un gran huevo de avestruz.

 

Siempre que entraba en la farmacia, uno de los dos estaba en la rebotica hablando por un teléfono que yo no veía. Para que se enterasen de mi presencia tosía un par de veces, o simulaba que entraba alguien diligente, con zapatos firmes. Entonces él asomaba la cabeza con el auricular pegado a la oreja, seguido por un cordón negro, tirante, como un cable de la luz. Como él no podía atender, avisaba al otro, que estaba a su lado, y le decía: ¡que alguien atienda a este señor! Inmediatamente venía su compañero a despachar.

 

Después de saber lo que yo quería, el que me atendía buscaba la medicina en la multitud de estantes de cajas rectangulares que forraban la pared, luego, sobre el mostrador la envolvía con el papel fino de las farmacias y se daba media vuelta diciendo: ¡Que alguien cobre en la caja, por favor!, y le entregaba el dinero a su compañero, que abría la caja registradora apretando una tecla y alborotaba las monedas. Así sucedía siempre, indistintamente.

 

Cuando Soledad se enteró de que Gang ya estaba en casa, comenzó a hacerle innumerables visitas y un día apareció con algo de comer, después ya lo hizo todos los días. De ese modo yo dejé de hacerle la comida y me liberé de sus caprichos.

 

Ella se quedaba sentada a los pies de la cama, de tertulia, viéndolo masticar lentamente, y le hablaba del uso del limón en distintas enfermedades. Sí, le decía Soledad, es muy bueno para las infecciones intestinales, también el ajo para empezar el día. Ella lo tomaba siempre, todas las mañanas, en una cucharilla, muy picadito, y lo tragaba después con rapidez con un zumo de naranja.

 

Resulta que las cerezas eran buenas para la gota y el corazón y las zanahorias tenían muchas más vitaminas cocidas que crudas.

 

Le contaba historias que le pasaban en la cocina, la de un ratón que vino de la tienda dentro de una caja de huevos y durante quince días le estuvo comiendo el queso y royendo el jamón que guardaba en el frigorífico, ¡hasta tenía agua para beber! –exclamaba-, las pequeñas gotas que permanecían en las paredes de la nevera. Ella la limpió no sé cuántas veces eliminando las diminutas heces que iba dejando, pero el roedor no aparecía. Un día quiso hacer un bizcocho para regalárselo a una vecina y lo descubrió escondido dentro de un huevo. Cuando lo vio se le cayeron todos al suelo y el ratón salió disparado resbalando por el pringue de huevos y cáscaras. Luego escapó, doblando el pasillo.

 

Soledad estaba necesitada de afecto. Al pasear por la calle miraba a los ojos de la gente, iba saludando a todo el mundo y, como un espejismo, creía que todos le devolvían el saludo. En décimas de segundo giraban la cabeza y le decían: Hola, buenas tardes, Soledad. Al instante se giraban de nuevo y seguían a lo suyo.

 

Con las vecinas del edificio no podía mantener una mínima conversación, ya que siempre le decían: Soledad, hoy no me puedo parar.

 

Cuando coincidía en el portal con el cartero, ella se quedaba escuchando, y él la miraba desde el blanco de tonalidades de remolacha de sus ojos. Se quejaba, y las palabras le salían de una barba espesa, apoyando una mano en la pared, justo donde acaba la fila de buzones. Ya no le ocurría como antes cuando la gente cruzaba la calle o lo esperaba expectante para ver si traía aquella carta que anhelaban. Ahora lo veían con mala cara, como portador de malas noticias. En estos tiempos de internet y televisión, no traía en su saca nada más que sobres alargados conteniendo facturas, extractos del banco que se acumulaban, igual que una plaga silenciosa, por los rincones de la casa, ahora era difícil disponer de tiempo para escribir una carta… Soledad asentía, una y otra vez.

 

Sabía que la conocía toda la gente del barrio. En el mercado hablaba con las mujeres de siempre, con el carnicero, el pollero y el pescadero o con la frutera a quien a veces le pedía fruta ya pasada sabiendo que no se la cobraría, para, así, darle de comer a una gaviota que los domingos y festivos se posaba en una de las ventanas que daban a la calle. Y la alimentaba de plátanos negros, zanahorias flácidas, repollos empequeñecidos, y ella se lo comía todo, menos la coliflor, que no había manera con ella.

 

Soledad se sentía muy sola. Había pensado tener de nuevo un perro para que le hiciese compañía, hacía años que había tenido uno y le había cogido demasiado cariño. Recordaba aún el sonido punzante de sus pisadas, en los azulejos del suelo del pasillo. Todavía quedaban los arañazos en la puerta de la calle, un campo impreso de altas hierbas estilizadas. Cuando salían a pasear era el perro el que la llevaba, siempre iba delante, porque más bien la arrastraba con la correa. Continuamente giraba la cabeza y le ladraba para que no se retrasase. Algunas veces, a Soledad le daba el pálpito que con el paso de los días esa cabeza se iba pareciendo a ella. Un día como todos, repleto de tráfico, después de una frase desafortunada que le dijo sin pensar: “calla, que te pego cochino, no me importa que seas viejo, ya no te aguanto más”, el perro la miró y como desafiándola se soltó y cruzó la calle, se lo llevó por delante una furgoneta de ultramarinos.

 

Soledad se tapó la boca durante un tiempo, paralizada, como un árbol.

 

Un año después, el mismo día, paseando por una avenida de la ciudad, miró al cielo, y lo vio en la forma de una nube.

                                                             

Próxima entrega:

Capítulo 16. Un regalo de Gang: fantasmas en el arroz amarillo