Capítulo 22. Mensaje en la lechuga

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Las lechugas y repollos solían tener sorpresas, al cortarlos encontraba mensajes en el interior, entre las hojas, dentro del duro cogollo. Eran frases cortas como las que se encuentran dentro de las galletas de la suerte en los restaurantes chinos, con una tipografía extraña, llena de curvas y picos que se iban del papel.

 

Los mensajes decían cosas como: “tú y yo lo sabemos”, “trabaja con discreción”,  “es peligroso”, “pueden descubrirlos”. Una vez encontré en el interior del corazón de una lechuga un número de teléfono. Llamé varias veces; alguien descolgaba y escuchaba en silencio. Sabía que era Gang.

 

Los días pasaban y cada vez recibía más y más mensajes dentro de los cogollos de las lechugas. “Cuidado” -decían- “que nadie descubra que los tienes” o  “guarda bien los líquidos”.

 

 

Lechuga

 

 

Fui al mercado, como cada mañana, un día rebosante de gente y mercancías. Pasé por los grises y húmedos pasillos del pescado. Las pescaderas me seguían con la mirada mientras con sus machetes de acero llenos de escamas cortaban los peces en rodajas. Una mezcla de olores flotaba bajo mi nariz, las frases de la gente se caían al suelo: ¿A como están esas, Maruja…? Y se amontonaban en mi recorrido: Mira qué frescas, hace un momento saltaban de la caja. ¡Mari, pásame unos mejillones! ¿Mari, me descamarías estas acedías que tengo prisa? ¡Ay, qué caro está el pescado hoy!, Qué va, chula, mira que bueno es, ¿cuánto te pongo?

 

Salí de allí y entré en la zona de las verduras, me acerqué al puesto donde las compraba siempre y le dije a la jefa: ¿Qué pasa con las verduras que no dejo de encontrarme notas en su interior? Ella me contestó que no sabía nada y preguntó a voz en grito a su ayudanta mientras ésta despachaba: ¿Tú sabes algo, Marina? No, Mari Carmen, las cajas nos las entrega el distribuidor de siempre. ¿Por qué Gang no vendría directamente a contármelo? Supuse que no se atrevía por lo que había sucedido entre nosotros.

 

Cerré por unos días el restaurante para buscarlo por toda la ciudad, fui primero a la facultad de Químicas, donde hacía tiempo había colocado el anuncio,  pregunté por él en los pasillos con olor a  tortilla, también cuando llegó mi turno en secretaría, pero nadie sabía de la existencia de ese chino, allí nunca había cursado estudios. ¿Entonces en qué ocupaba su tiempo cuando no estaba en el piso?

 

Por un momento recordé la chapa y las batas que había encontrado en la lavadora; quizá, pensé, me pasaría por las instalaciones de CONSERCOLSA, un día de estos. También fui a la panadería y me contaron que la chica hacía tiempo que no aparecía por el trabajo. Averigüé  dónde vivían sus padres y, cuando fui a visitarlos, ellos me cerraron la puerta en las narices. Hacía tiempo que ella se había ido de casa.

 

Pateé la ciudad olfateando los olores de cada vivienda, de cada chimenea, estaba seguro de reconocer los humos de las comidas que salían de los pucheros de Gang. Entré en los salones rojos, negros y dorados de los restaurantes chinos, pero nadie lo conocía. Sonriendo con amabilidad decían: No, no, no, no trabaja aquí, lo siento, no trabaja….

 

En el interior de los portales me asomaba al hueco de las escaleras, subía a los pisos y, pegado a las puertas, olía lo que se cocinaba dentro. Era un sabueso que obsesivamente olfateaba. Estiraba el cuello y absorbía los olores, pero todos me parecían vulgares. Llegué  hasta los últimos pisos de los edificios para localizar la puerta que conduce a los tejados y terrazas, para  estar cerca de las chimeneas, pero tampoco obtuve pistas.

 

Ya estaba cansado de tantos mensajes y volví al mercado para averiguar, de una vez por todas, el misterio. En el puesto deverduras esperaban su turno un corrillo de mujeres con bolsas y carros de la compra. Cuando la última clienta preguntó cuánto debía, la ayudanta de la frutera dulcificó su voz como si el precio fuese una menudencia. Al quedarse libre, yo me acerqué.

 

Con cara de desesperado le dije: Ya no aguanto más, si no me dices quién mete las notas dentro de las verduras te denuncio a la policía. Ella entonces le pidió permiso a la dueña del puesto para salir y en un apartado del mercado, cerca de un garito donde se hacían copias de llaves, cantó.

 

Eva y ella eran viejas conocidas. Aparecían las dos en el mercado, de noche, cuando los escaparates de las tiendas, si cabe, son más silenciosos. Los que vendían esperaban en grupos a lo largo de la calle debajo del toldo de la noche, conversando delante de la mercancía. Otros, solitarios, escuchaban la radio dentro del coche. La gran puerta todavía permanecía cerrada, hasta que oían acercarse el ruido de una moto que dejaba a su paso humo blanco. Un motorista con casco bajaba del vehículo y abría el recinto, liberando la puerta de un grueso candado. Seguidamente se encendían las luces progresivamente.

 

Con un cilindro delgado las dos chicas abrían un túnel hasta el cogollo de alguna de las ensaladas o repollos e introducía uno a uno aquellos mensajes. Luego ella escondía la verdura entre su ropa, debajo del mostrador para que no la viese su jefa. Cuando me veía venir la colocaba con las demás y me las vendía a mí.

 

Por precaución comencé a llevar siempre conmigo el maletín con los frascos de Gang. Lo hacía antes y después de trabajar. Aquellas notas me habían alertado. Siempre que llegaba a casa lo escondía debajo de la cama. Empecé a dormir mal y continuaban en mi mente aquellos sueños inquietantes relacionados con la comida. Despertaba a menudo y oía ruidos por el apartamento, el crujir de cada tablón del suelo. O me sobresaltaban los murmullos que hacía la comida  dentro de la nevera.

 

Por aquella época comencé a ganar dinero y pude hacer reformas en el piso. Lo pinté, me deshice del viejo cuarto de baño y del agujero, compré muebles nuevos, un sofá azul suplió al viejo, plagado de finos brotes de plumas que cada día nacían en los cojines. Cambié una que otra lámpara, puse alfombras y compré un televisor. También me hice con una Termomix, un lavavajillas y algunos muebles de cocina.

 

 

 

 

Próxima entrega:

 

 

Capítulo 23. Una llamada inesperada