Capítulo 24. Un extraño apetito

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Día tras día creció mi locura. Para complicarlo todavía más tenía ese extraño apetito. Seguí con las batallas dentro de la cocina y mis clientes salían del restaurante alucinados y satisfechos.

 

En el trabajo no podía mirar de frente a Esperanza, me entraban ganas de morderla. No paraba de agachar la cabeza cada vez que me la cruzaba y sólo miraba sus zapatos. Ella me preguntaba si me pasaba algo. No, sólo es este dolor de cabeza, que me está matando.

 

Después de una semana volvieron a entrar en el local. Preparaba los platos para mis clientes cuando vinieron de la calle los ruidos huecos y metálicos que hacen las bombonas de butano al ser descargadas del camión. No había nada de particular en ello, pero ese día todo fue diferente para mí.

 

Llamaron al timbre. ¿Quién es? –pregunté a través del telefonillo-. El butano. Le abro. Fui apurado hacia la puerta, él ya estaba dentro del restaurante. Su silueta agarraba con fuerza las dos bombonas. Me alarmé y le dije que se quedase quieto, que no avanzase ni un paso más. Al acercarme vi que era nuevo en la plaza. El anterior repartidor sabía que nunca debía entrar con ellas. Siempre me las dejaba en el recibidor, pegadas a la puerta de la calle. Ese día no iba a ser diferente. Déjelas aquí, por favor –le ordené-. Él insistió en llevármelas hasta la cocina, de paso echaría un vistazo a la instalación del gas. Le contesté que todo estaba en perfectas condiciones, pero él repetía una y otra vez que simplemente cumplía órdenes de la empresa de revisar la instalación de todo  el barrio.

 

¡Imposible! Estoy haciendo limpieza y no puede entrar. Será un momento, tan sólo un par de minutos. Apurado y nervioso cogió de un impulso las dos bombonas y, con un movimiento brusco, hizo que me apartase. Entró hasta el fondo del local vestido con un impecable mono reglamentario, mirando hacia todos lados.

 

La cocina era un caos, había tenido que luchar como cada día con la comida. Yo seguía gritándole: Oiga, ¿a dónde va? ¿Qué hace? ¡Salga de mi local! Lo agarré por un pliegue del mono y lo conduje forcejeando hasta la entrada. Pero él se resistía. Me empujó y caí sobre el felpudo tapando con mi cuerpo la palabra Bienvenido. Su mono dejó dentro de mi nariz un rastro a loneta de algodón nueva y desde el suelo lo vi alejarse pisando al mismo tiempo los bajos del pantalón.

 

Me quité rápidamente la ropa de faena y, dejando atrás el sonido del portazo, fui a por él. Quizás ya era demasiado tarde, me llevaba bastante ventaja.

 

El aire caliente de la mañana traía entrecortada la melodía lejana del Ángelus desde el reloj del edificio principal de una Caja de Ahorros. Pasé de largo varias manzanas y por fin lo vi a lo lejos entrando en un estanco. En ese espacio de tiempo pude acortar la distancia y esperé oculto a que saliese.

 

Salió a la calle encendiendo un cigarrillo y giró la cabeza. Yo me ocultaba detrás de las espaldas de la gente. Una mujer cargada con bolsas de la compra me observó de arriba abajo, quizás pensando que le iba a robar una pieza de fruta o que pretendía birlarle el monedero, aprisionado entre las asas de las bolsas y los dedos.  Apareció un autobús a gran velocidad y, en una perfecta diagonal, se pegó a la acera tapando como si fuera un muro el otro lado de la calle. Él tiró el cigarro al suelo y subió. Inmediatamente se cerraron las puertas. Cuando arrancó, el monstruo agitó su rabo trenzado de humo gris y dio unos cuantos coletazos por el asfalto.

 

Vi un taxi que pasaba de largo por el medio de la calzada y le hice una señal, pero el conductor ni se inmutó y siguió su marcha. Salí corriendo detrás de él hasta alcanzarlo con mis palmas, le di un par de golpes en el capó y el coche se paró. Ya en el interior, sentado en una atmósfera de limones, oí el cierre centralizado con un eco. Siga a ese autobús, dije.

 

La calle soportaba el tráfico con resignación. Los coches avanzaban con dificultad, igual que una miga atragantada en la garganta.

 

¡Adelante central, cambio! La emisora le devolvía respuestas entrecortadas y ruidos de fondo al conductor. Le recibo bastante mal -dijo él-. No soy la central, soy yo. Llamaba por si estás terminando la ruta, es por si frío ya el pescado. (Ruido). Una voz de mujer hablaba con otra diciendo: Sí, les pones un huevo a cada uno, o mejor dos, porque estos comen… (Más ruido). Déjalo, porque no te oigo nada. (Ruido). Aquí central, ¿decía usted algo?

 

Mientras, a la gente de la calle se le abría la boca. En un extremo del asiento, pegado a la puerta, incliné mi cara sobre la fría ventanilla del taxi, y en ese instante alguien llamó mi atención entre todos los que se movían en la calle. De nuevo él, aquel personaje siniestro que transportaba en su boca las tres islas. Estaba agachado en la acera recogiendo algo del suelo. Cuando pasamos a su lado, se incorporó como una exhalación, lo que escondía dentro de las manos resultó ser una paloma de plumas oscuras. Y sus ojos me encontraron nuevamente, decía algo pero yo no le entendí. A continuación estiró sus brazos muy arriba, sujetando el ave como si de un sacrificio de sangre a un Dios antiguo se tratase. Rápidamente se llevó el ave a la cara y, desplegando las alas del pobre animal, se ocultó, con un movimiento caprichoso la retiró y de nuevo pude ver una sonrisa torcida, una sección de ola rompiendo lentamente. Supe enseguida que aquel animal sería su almuerzo.

 

El autobús se alejaba y el taxi aceleró la marcha. Cuando llegó a la zona portuaria de la ciudad, una niebla entraba desde el mar. La gran medusa blanca iba flotando ceremoniosa por las calles, la gente y los coches se volvían transparentes, sin volumen, sin peso. Daba la impresión de que si colisionasen entre ellos no pasaría nada, simplemente se traspasarían unos a otros como fantasmas. El autobús paró otra vez inclinándose muy cerca de la acera, como desinflándose. Había bastante gente esperando en la parada. Se abrieron las puertas y él bajó.

 

Pagué el taxi. Mientras, el del butano, a medida que andaba, se iba quitando el mono. Se acercó a un contenedor de basura, abrió la tapa con el pie y lo arrojó  dentro. Una manga naranja quedó colgando hacia fuera sobre el amplio verde de fondo. Después siguió caminando, impecablemente vestido con un traje de chaqueta gris.

 

Cruzó la calle esquivando los coches que le pitaban y corrió hacia un gran edificio rodeado por la niebla. En lo alto, un letrero luminoso que se veía por momentos: CONSERCOLSA.

 

Consercolsa, repetí, recordando la identificación metálica que había encontrado entre las ropas de Gang. En ese momento una gaviota borrada en el cielo se desprendió de un desecho que fue a parar a mi hombro. A partir de ese momento olí a pescado.

 

 

 

Próxima entrega:

 

Capítulo 25. CONSERCOLSA