Casados con el periodismo

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Mi nombre es Iara Mantiñán Búa, y siempre he creído en el periodismo, de hecho es lo único en lo que creo. Como redactó Fernando Franco en su artículo, nunca tan desperdiciados, nunca tan vampirizados, con 25 años escribí mi libro Conociendo al Cape Coloured, en el cual documenté mi investigación en los guetos de Sudáfrica, y presenté por toda Galicia. Fernando fue mi padrino cuando hice la presentación en La Casa del Libro de Vigo. 

 

Aún recuerdo ese día, era un jueves de septiembre con el cielo nublado, bien gallego, y yo me enfrentaba a un auditorio compuesto por 12 personas: Mi padre (el cual trabajaba como mi ayudante, pasando las fotografías mientras hablaba), tres senegaleses de la asociación AIDA que llamé por teléfono esa misma mañana pidiéndoles por favor que acudieran a mi presentación ya que no hay nada peor para una escritora novel que enfrentarse a una sala vacía, una pareja que llegó por casualidad y tres jóvenes mujeres que el bueno de Fernando reclutó de la magia del azar mientras se encaminaba a la calle Velázquez Moreno para bautizar a mi primer libro. Un mes después mi nombre estaba en todos los periódicos locales, había salido en la televisión y me habían entrevistado las radios de las cuatro comunidades gallegas: Una joven escritora de 25 años. Toda una promesa.

 

-Ya casi te estás haciendo famosa,  me decían mis amigas de Coruña.

-Llegarás alto Iara, ya lo verás, no paraban de repetirme mis allegados que veían mi foto en el periódico.

 

Lo que nadie supo es que después de mi presentación en la Casa del Libro mi padre tuvo que llevarme corriendo al bar Grietax en Coruña, donde trabajaba de camarera de lunes a sábado de 23:00h a 4:00 a.m, y que mientras de día hacía todo tipo de eventos culturales gratuitos a los que acudían alcaldes y concejales de noche tenía que hacer de mesera para poder obtener algún tipo de ingreso a fin de mes. Nada tiene de indigno reconocer de una de vez por todas que he trabajado de camarera para poder publicar e investigar el periodismo en el que creo, por el cual he dejado todo tipo de lujos y abandonado una cómoda vida en Europa.

 

Nada tiene de indigno reconocer que con mi sueldo de camarera imprimí 300 copias de mi primer libro, 100 he vendido a familiares y amigos, y otras 90 a lectores que han encontrado mi libro por casualidad en los rincones. Porque ninguna editorial apostaba por el trabajo de una novel escritora.

 

Sobre mi han escrito que mi vida es de colores, que era una joven entusiasta y valiente, una periodista que seguía el legado de Kapuscinski y una profesional que busca la verdad. Pero nadie ha escrito nunca del sacrificio y esfuerzo que he tenido que hacer para trabajar en el periodismo en el que creo, en el único válido, en aquel que como dice Kapuscinski apuesta por un cambio social. Yo he tenido literalmente que pagar para trabajar.

 

Y hablando de grandes nombres como Kapuscinski y Reverte, grandes maestros que son mi referente y modelo a seguir: creo que ya es hora de dejar de mitificar a los mismos y empezar a hablar de aquellos veteranos de guerra que hacen posible que las nuevas generaciones nos convirtamos en profesionales competentes.

 

En el programa de televisión Trobeiros de Compostela, donde me entrevistaron con motivo de la aparición de mi libro, Luis Rial (gran periodista que a sus 70 años sigue ejerciendo la profesión pese a las presiones que recibió que se retirara, porque tal como él me confesó: «es el mejor trabajo del mundo»), me preguntó: “Iara M. Bua, bonito nombre, ya nos explicarás a que se debe lo de M punto Bua”.

 

Nunca nadie supo que en una tarde abrasadora del agosto sevillano, Adolfo Salvador, editor del grupo Joly y desde mi punto de vista uno de los mejores periodistas españoles que he conocido, por no decir el mejor, tecleaba mi nombre en una artículo que acababa de escribir en mi mera calidad de becaria recién licenciada y me dijo: «Iara Mantiñán Bua es demasiado largo, ¿por qué no pones Iara M. Bua? Le da un aire de intriga como Pedro J. Ramírez». De ahí salió mi firma periodística.

 

Nunca nadie supo que otra de esas tardes Adolfo me invitó a tomar un café en un hermoso lugar sevillano y me dijo: “Iara vete de España, eres fuerte, con iniciativa y trabajadora. Coge la maleta y aterriza en un lugar donde estén ocurriendo cosas. Estoy seguro que te irá bien, y que un día te veré en la televisión”.

 

Siempre he dicho que Adolfo fue el culpable, culpable de que aprendiera a amar hasta la médula la mejor profesión del mundo. Al igual que Adolfo Salvador, el periodista Alfonso Armada, corresponsal de ABC y que ya ha cubierto varias guerras junto con la caída de las torres Gemelas, lucha desde Madrid cada vez que publica mi artículo, mi nombre y el nombre de otros de mi quinta desde su Twitter, reuniendo a una camada de profesionales con coraje e iniciativa en su revista FronteraD. Tal como escribió Fernando, nombres que han de ser mencionados son los del fotoperiodista sevillano Sergio Caro, el fotógrafo Guillermo Cervera, Samuel Aranda (que colabora con el New York Times) o el reportero vasco Ander Izagirre, freelance, que enFronteraD publicó su historia sobre Mineritos bolivianos galardonado con el premio Manos Unidas.

 

Fernando Franco también pelea en el rancho desde Faro de Vigo cada vez que presenta un libro de un joven escritor, como fue mi caso, que con toda su ilusión se tira a la piscina del mundo editorial, que él denomina el Salvaje Oeste.

 

Con su blog y grandes artículos personales tales como Putas y periodistas y Disneyperiodismo, David Jiménez es otro ejemplo que el lector debe apuntar en su lista de buena literatura periodística.

 

Y es que nunca hubo tanta información, y nunca fue tan difícil encontrar materia prima digna de ser leída, con periodistas free lances, talentos desperdiciados, esparcidos por los rincones de este mundo como si fuésemos los 12 Apósteles, los templarios de las Cruzadas, casi mendigando para que nuestro trabajo sea reconocido, mientras que el periodismo de Belén Esteban (del que no tengo nada en contra, pero simplemente no comparto), colma todos los espacios televisivos, mientras el resto estamos madrugando cada mañana, pagando por trabajar. ¿Acaso nos hemos vuelto locos?

 

Fernando Franco escribió que nunca fuimos tan vampirizados, ni la labor de los veteranos tan poco tenida en cuenta, cuando son ellos los que nos dan motivación para que la pasión por la profesión que llevan en sus venas reviva en nuestros textos, escritos con fuerza y honestidad, como todo periodista debe hacerlo: desde adentro, como si estuviéramos escupiendo todas las verdades que observamos por las esquinas de este mundo. Recorriéndolo sin más arma que un simple bolígrafo, un bloc de notas, y una cámara de fotos.

 

Hace el tiempo el diario El Mundo dedicó un hermoso reportaje a la periodista Ana Alonso, que trabajó como redactora en La Voz de Galicia, y ahora mismo está en Mozambique con un proyecto humanitario dedicándose a gestionar miles de hectáreas de bosque sostenible en plena selva africana. En el reportaje le preguntaron qué era para ella la valentía. Ella respondió con una cita de Friedrich Nietzsche: “La valentía se mide por la cantidad de soledad que uno pueda soportar”.

 

Y es que si uno no es valiente, si no es capaz de dejarlo todo, de renunciar al dinero, de abrir la mente, de ver toda clase de horrores, dolores y a la vez amores humanos, de recorrer este mundo sin más motivación que compartir con los lectores lo que sus ojos ven, lo que su corazón siente, lo que los hechos analizan, entonces nunca aprenderá a amar esta profesión, amarla como he dicho antes: hasta la médula.

 

La semana pasada estaba en medio del Muro de las Lamentaciones. Estaba totalmente exhausta después de haber trabajado seis días de la semana durante ocho horas en la fábrica de mi Kibbutz, con un ruido desquiciante de las máquinas colgando baterías. Pero esta historia no es para llorar, sino para contar una moraleja, como toda historia que cierra un artículo. Hallándome yo sentada en una esquina del muro, viendo cómo tres mujeres judías lloraban mientras leían en hebreo versíclos de la Biblia, escuché los cantos de los musulmanes desde la mezquita del Monte del Templo llamándoles a la oración. Pese al cansancio, sonreí de felicidad: felicidad por encontrarme en el epicentro del mundo, en medio de la ciudad más deseada de la Tierra, y de la historia de la civilización humana, ejerciendo el mejor oficio de cuantos podía tener. En ese momento mi madre me llamó al teléfono y me dijo:

 

-Hija mía, ¿cuándo vas a acabar con esta vida de voluntaria, encontrar un trabajo en el que te paguen un sueldo digno, y casarte? Ya no eres una niña, ¡eres una mujer de 27 años!

 

-Yo ya estoy casada mamá. Estoy casada con el periodismo.

 

Al igual que yo, Adolfo Salvador, cada vez que enseña las peripecias de este oficio a uno de sus nuevos becarios; Alfonso Armada cada vez que pelea por un nuevo periodismo con sus alumnos y sus redactores de FronteraD; Fernando Franco, cada vez que sale a la palestra con un escritor novel lleno de ilusión y en busca de esperanza, y todos los nombres escritos en este artículo, no aman la profesión por dinero, fama, vocación o misión, sino porque directamente todos ellos están casados con el periodismo.