Ciudades de oro

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Hay mañanas así, mañanas en las que al abrir la ventana y respirar el primer aire fresco del día, siente uno la incitación del viaje mezclada con una ensoñación de contornos difusos. Quizá la niebla se haya instalado en las calles, y lo que se perciba al inhalar sea su olor húmedo y sugestivo. El desasosiego vendrá mezclado con la melancolía, no sabe uno por qué. Será por la idea de irse lejos, de perderse más allá de las montañas o ir difuminándose en la niebla.

El caso es que esta mañana me ha asaltado el recuerdo de un viejo librito de lord Dunsany. En aquel tomo querido, una imagen poderosa que no se ha borrado en treinta años: el de las naves que un amanecer lejano, envueltas en silencio, arribaban como dentro de un sueño a una ciudad de oro, y el de sus torres y minaretes que rutilaban al sol… Hay momentos así, en los que el pecho se hincha con deseos de volver a las ciudades de oro y de plata que recorrimos en nuestra juventud, mientras una música de ensueño se oye al final de la calle. Vagos deseos y una leve vibración en la punta de los dedos, el sonido lejano de una voz que sin duda nos llama a nosotros y la impresión de que hallaremos cosas extraordinarias.

Otras veces no será la niebla del invierno: una mañana de junio nos sorprenderá por la espalda, mínimo y turbador, el perfume poderoso de la madreselva. O un soplo de brisa más cálido de lo normal que, en su ligereza, será capaz de producir la misma mezcla desconcertante de euforia y desaliento. «Ahora sí…», se dirá uno. Y se dejará llevar por la nostalgia (¿pero de qué, exactamente?) y el anhelo de partir, y habrá sueños de belleza al borde de un lago, la imagen de un pastor contando historias o el humo azulado de unos cigarrillos turcos que asciende muy despacio hacia un cielo perfecto.

Ganas de salir a respirar el aire de la calle o, ¿por qué no?, en busca de aventuras. De levantarme un día muy temprano para meter cuatro cosas en la mochila y echarme al camino. Ni me había dado cuenta de que estaba dormido, mi espíritu de vagabundo, hasta que el frío húmedo de la niebla lo ha avivado esta mañana. Otras veces serán unas páginas o el apremio misterioso de la madreselva los que lo despierten.

O la música. En mi fantasía, las naves de lord Dunsany están unidas a cierta canción de Antonio Vega por un hilo del que renuncio a tirar. “Más allá de las montañas…”. Cuando la escucho cada trece de junio, me invade la misma mezcla de melancolía y desazón. Silbando esa tonada en el silencio del amanecer, con la cabeza llena de sus acordes densos y evocadores, me perderé otra vez por las revueltas del camino en busca de mis ciudades de oro.

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