Apuntes para una poética

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A mi hermana Lola
 

Ganas, esta mañana, de escribir algo con la delicadeza de la nieve que cae. ¿Cómo hacer para que el texto tenga la misma levedad, el mismo sencillo refinamiento (y un silencio parecido)? Hablar, no sé, de las casi imperceptibles variaciones del dibujo que va componiéndose y recomponiéndose en la pantalla circular de mi caleidoscopio, el que me regaló Lola hace muchos años. O del vuelo sincronizado de cuatro ánsares en el cielo gris de febrero. Pero quizá no baste describir una imagen bonita, pequeña y delicada, para que la prosa transmita esa misma sensación.

Algunas cosas se nos imponen de manera natural pero misteriosa. No sabemos bien qué hay de nuestro en ellas. «Somos así», nos decimos. Qué resistentes son ciertas ilusiones, ciertas fantasías. En mi caso, entre otras, la idea de una colección de textos breves que recogieran momentos de belleza…, eso: delicada y sutil, incluso frágil. Unas prosas que plasmarían la finura y el silencio de unas pocas imágenes y sensaciones mínimas.

Cuántas veces habré pensado en los modos de mirar y de contar de Juan Eduardo Zúñiga o de José Jiménez Lozano, y me habré dicho que, con un poco de esfuerzo, tal vez yo también sería capaz de identificar en la superficie aparentemente insulsa de los días que pasan un objeto sin importancia, en reposo banal, que mirado de cerca —o, mejor dicho, mirado de la forma adecuada— adquiriría un brillo particular, un significado de imprevista hondura. O que revelaría su historia, y esa historia merecería la pena ser contada y escuchada.

Con la misma ligera gravedad, con la misma sencillez y el mismo silencio con que se posan ahora en el campo los copos de nieve (¿pero cómo conseguir todo eso?), mis prosas hablarían de los dedos largos y finos de un joven sobre las teclas frías de un piano, y de su empeño obsesivo por surcar un océano de notas impetuosas, encarando una tormenta que nadie sospechaba. (O de las manos de otra adolescente en el piano de Ruskin en Brantwood).

Ganas, esta mañana de febrero, no sé, de escribir algo con la delicadeza de la nieve que cae. O de intentar reproducir con palabras la frágil y exquisita perfección de la cencellada: sus cristales diminutos en las ramas desnudas de los árboles o la colcha crujiente que forma sobre la tierra. Hablar de las mínimas variaciones del dibujo en la pantalla de un caleidoscopio, o de la elegancia del vuelo acompasado de cuatro aves en el cielo gris. (Encontrar, por fin, la manera de hacerlo). Como quien monta preciosas miniaturas de barcos en minúsculas botellas de cristal. No tienen gran valor, no sirven para nada. Con suerte, adornan, acompañan, quizá incluso reconfortan. O encienden un segundo, en los ojos que las miran, algo parecido a la esperanza.

 

NOTA: La imagen con que se ilustra este texto en el índice de “Gazeta de la melancolía” es un fragmento de una fotografía de Delcho Dichev disponible en su página del sitio web Pexels.

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