Contra la burocracia

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Creíamos que el mundo sería cada vez más racional gracias a la informática y que con el advenimiento del ordenador la burocracia, además de disminuir, resultaría mucho más eficaz que años atrás, pero está visto que, por mucha tecnología que nos gastemos, la burocracia sigue tan racionalmente caótica como de costumbre y que, como dijo Oscar Wilde, se expande más y más a fin de satisfacer las necesidades de su propia expansión. La burocracia es como el tráfico en una ciudad: cuanto más se ensanchan sus calles para evitar embotellamientos, mayor es el aumento de su parque automovilístico.

 

Max Weber nos enseñó que todo sistema burocrático se organiza de manera piramidal, que sus miembros se guían por un código estricto de reglas y que los asuntos se gestionan impersonalmente por parte de un grupo de gerentes cualificados. En condiciones ideales, la burocracia elimina el favoritismo y el capricho individual; su gestión no busca el interés personal, sino el colectivo, y el objetivo último es racionalizar toda decisión y aprovechar al máximo cualquier recurso. En condiciones ideales, la burocracia resulta una dominación más civilizada y supuestamente más eficaz que la dominación feudal ejercida por un señor irascible o por un tirano de república bananera. Pero la realidad, claro está, resulta muy distinta.

 

Pues en una burocracia lo normal es que los tiranos sean tiranillos repartidos por todo el edificio administrativo, desde el piso más alto al más bajo, sin que nunca falte un hijo de su madre en alguna de sus muchas oficinas que se dedique a ejercer el sadismo con total impunidad. Ciertamente los funcionarios o administradores dentro de un sistema burocrático siguen protocolos y reglamentaciones, órdenes y subórdenes, pero esa baba legal que les alimenta ellos mismos la segregan. Se regodean en el papeleo, en las frases formularias y en el vuelva Ud. mañana. Les importa un pito el sentimiento particular o el sufrimiento ajeno. Para el burócrata de raza el razonamiento burocrático tiene razones que el corazón no puede ni debe entender.

 

Digamos que la burocracia es una hidra de mil cabezas que puede, en cualquier momento, convertirse en un monstruo descabezado. Todos los totalitarismos del XX tuvieron detrás su siniestra maquinaria burocrática al servicio del crimen y el exterminio sistemático. La burocracia representa la banalidad del mal, así como la perversión de todo bien. Quien conoce al burócrata sabe de sobra que lo único que de verdad le interesa es sumergirse en un piélago de trámites y trasmutar todo pálpito vital en un expediente protocolario.

 

Todo sistema burocrático se constituye con intención de administrar más eficazmente una negocio, una industria o un estado, pero parece casi inevitable que con los años su gigantesca maquinaria gire y gire por sí sola, al margen de los fines con que se fundó, como un molino desvencijado y demente en mitad de un terreno de nadie.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.