Reflexiones de un pensador indolente (I)

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TODO Y NADA

Me atrae la filosofía. Desde muy jovencito, ya de niño, me he hecho las mismas preguntas trascendentales que todos nos hacemos en algún momento. Recuerdo bien la primera vez. No tendría ni cinco años. Era de noche, no conciliaba el sueño, estaba todo a oscuras. Veía bultos a mi alrededor. Escuchaba el goteo de un grifo al fondo del pasillo; escuchaba también, en el silencio de la noche, algún ruido lejano de motor. Ocasionalmente el reflejo fugaz de los faros de un coche se dibujaba en la penumbra del techo… Y de pronto, de sopetón, como si cobrara conciencia de mí mismo, un turbión de preguntas: “¿Por qué esas luces que van y vienen y por qué yo?  ¿Yo? ¿Y quién soy yo? ¿Por qué existo y, según dicen, por qué algún día dejaré de existir?” Ninguno de estos porqués tiene respuesta. Ni el niño ni el adulto darán nunca con una explicación convincente al enigma de la existencia. Está la vida y está la muerte: está lo vivido en cada instante y está la nada. La Nada es un no-vivir o un no-ser, mientras que el Todo es el ser y es mi ser. O dicho de manera más elegante: Life is just one small piece of light between two eternal darknesses.

ALGO Y NADA

Cuando digo todo quiero decir totalidad, pero la existencia es contingente y finita: no es un todo sino un algo, algo que está ahí, como esas luces que se reflejaban en la pared durante los desvelos de mi infancia. “¿Por qué hay algo en lugar de nada?”, se pregunta el filósofo. Es la pregunta inicial de la metafísica. Otras preguntas se agolpan de inmediato. ¿Quién creó ese algo? ¿Fue Dios quien lo creó? ¿Hubo una causa primera? ¿Un Big Bang acaso? Y ese algo, ¿surgió de la nada? Evidentemente no. Nothing will come of nothing. La Nada no existe. Es nada. Existe quizá el vacío, pero la nada no puede existir, como tampoco existe la ausencia. Hay algo, pero no hay ni puede haber nada. Il n’y a pas de néant. Zéro n’existe pas. Tout est quelque chose. Rien n’est rien.

PARTE Y TODO

Cada cosa es parte de algo y, a la vez, es parte de un todo. Demócrito dijo que el átomo era la unidad más elemental del universo. Cualquier cosa está hecha de innumerables átomos invisibles, como este ordenador, como la lámpara que me alumbra o como yo mismo. Aprendimos en la escuela que el átomo tiene un núcleo y alrededor del núcleo gravitan electrones. El núcleo mismo se divide en protones y neutrones y, desde hace ya años, los físicos hablan de quarks y de leptones. Todas las partículas del átomo constituyen un todo, que es, asimismo, parte de algo. Los átomos se unen a otros átomos y forman moléculas. Y las moléculas se unen para formar gases, líquidos, minerales, además de toda la materia biomolecular, del protozoo al homo sapiens.

La cuestión es la siguiente. Un átomo, ¿es finito o infinito? Si desmenuzamos el átomo en todas sus partes, ¿es posible llegar a una parte indivisible, a la partícula de las partículas? Hace algunos años se llegó al bosón de Higgs, una partícula elemental sin carga eléctrica ni carga de color ni estabilidad alguna: una partícula fantasmal, por así decir. Alguien lo llamó la partícula de Dios. Tomemos ahora el universo. Podemos verlo como un inmenso recipiente que contiene todas las partes: galaxias, estrellas, planetas, cometas, meteoritos, rocas, arena, agua, cosas vivas, átomos, el bosón de Higgs. Pero si es así, ¿el universo es finito o infinito? Si es infinito, no es un todo, pues el todo implica un conjunto finito de partes; y si es finito, ¿es factible concebir un universo con un número finito de partes? No lo parece. El universo resulta inconcebible con un contorno que lo encierre en forma de esfera, de cubo o de cualquier otra figura geométrica, a no ser que haya un Dios que lo haya creado. Y si el universo es obra de Dios, ¿sería Dios infinito? Sin duda, pero ¿por qué un ser infinito querría crear algo finito? La infinitud de Dios hace improbable la idea de un universo finito, pero la infinitud del universo hace inconcebible la idea de Dios.

AQUILES Y LA TORTUGA

Parménides dijo: “lo mismo permanece en lo mismo y descansa en sí mismo”. Y su discípulo, Zenón de Elea, rechazó cualquier mutación del ser con varias aporías, como la famosa de Aquiles y la tortuga. Aquiles nunca alcanzará a la tortuga por más que corra, pues la distancia entre los dos es supuestamente infinita. ¿Cómo? De la siguiente manera: Aquiles avanza veloz y recorta la mitad de distancia con respecto a la tortuga, y luego debe recortar la mitad de la mitad, pero antes habrá tenido que recortar la mitad de la mitad de la mitad, y así eternamente hasta el infinito. Los matemáticos, valiéndose del cálculo infinitesimal, resolvieron hace tiempo la paradoja, pero sin necesidad de cálculos matemáticos la aporía misma descansa en una falacia; tiene trampa.

Una carrera entre dos o más competidores solo puede tener un comienzo y un final, no infinitos comienzos, de la misma manera que solamente se nace una vez, no infinitas veces. Se da el pistoletazo de salida y Aquiles da ventaja a la tortuga. Al cabo de un rato sale disparado a darle caza. No vale detener la carrera a los pocos segundos y empezarla cada vez que Aquiles está a punto de alcanzar a su rival. Una carrera dividida en infinitas carreras no es una carrera. El todo de algo, incluida la carrera de Aquiles y la tortuga, será siempre finito y contingente. Ocurre en un aquí y en un ahora y ocurre solamente una vez. Puede haber infinitas carreras entre ellos, caso de ser inmortales y caso de vivir en un universo infinito, pero cada carrera que hagan será siempre finita.

TIEMPO Y ESPACIO

La parte con respecto al todo presupone una relación espacio-temporal. Imaginemos una línea recta sin principio ni fin, una línea infinita. La línea solo puede ser línea recta si median entre sí dos puntos: un punto A y un punto B. De no haber dos puntos no puede haber línea. Un punto se vale por sí mismo, pero la línea recta solo cabe en el espacio. Cualquier línea en el espacio es una sucesión de unidades discretas, por más que sus dos extremos no tengan ni principio ni final. ¿Cómo compaginar unidades discretas (o partículas indivisibles) dentro de una línea continua? Si es continua, no puede dividirse; pero sin división (A, B, C…) no hay línea. Lo mismo podríamos decir de un plano o de cualquier cuerpo sólido, líquido o gaseoso. ¿Dónde está el eslabón o el pliegue en la cadena del ser? Los físicos creen últimamente que el bosón de Higgs es el pegamento que se filtra entre los entresijos vacíos que unen las partes con el todo, como una etérea nebulosa, porque para los físicos lo único que hay es materia y la materia solo puede estar hecha de partes o de unidades discretas.

¿Hay alguna otra alternativa que compagine o ponga de acuerdo lo continuo y lo discontinuo en el universo? Aristóteles categorizó las líneas, los planos y los cuerpos sólidos (además del tiempo, el espacio y el movimiento) como cantidades continuas, mientras que el número y el discurso verbal representarían cantidades discontinuas o discretas. Descartes asumió que lo único indivisible y continuo era la sustancia pensante, es decir, Dios y el alma; lo demás, a lo cual llamó sustancia extensa, era divisible y plural. Kant fue más lejos aún. El tiempo, el espacio y el principio de causalidad no estaban fuera del sujeto, sino dentro. Eran formas que conformaban el mundo externo. Había así formas a priori de la sensibilidad externa (espacio) y formas a priori de la sensibilidad interna (tiempo). De un plumazo Kant pareció haber resuelto la paradoja de la continuidad, pero con un giro quizá aun más tramposo que el de Zenón, pues todo objeto exterior se percibe a través del velado prisma del sujeto, lo cual altera irremediablemente la realidad. El cálculo infinitesimal o la relación causa-efecto ocurren en el “teatro” de la mente: son, al fin y al cabo, ilusión. ¿Quién puede nunca saber lo que hay fuera del sujeto? Estamos condenados a operar con fenómenos. La realidad última (o el nóumeno, en la nomenclatura kantiana) sería siempre ininteligible.

CAUSA Y EFECTO

La proposición “la línea recta es la línea más corta entre dos puntos” no necesita, según Kant, compás ni cartabón al dibujarse en el espacio de nuestra mente. La pura razón puede llegar a ello. Es un juicio sintético a priori. Pasa lo mismo con la proposición “todo cambio tiene una causa”. No hay necesidad de comprobación empírica. Una avispa se posa en la mano y me da un picotazo; la mano se me hincha. Un estado A pasa a un estado B. Esa reacción particular a una acción también particular necesita de la observación para valorar exactamente qué pasa, pero si digo “toda acción trae consigo una reacción”, la proposición que digo es universal y necesaria (apriorística) y su predicado no está incluido en el sujeto; es un juicio sintético, pues. Ahora bien, ¿me aporta o me ayuda en algo esa proposición para entender el picotazo de la avispa? Todo efecto es ciertamente el resultado de una causa, pero cada causa crea un efecto distinto y, por tanto, nuevo, único, impredecible. La simple generalización quizá nos pone en el buen camino, como la brújula o el sextante, pero no nos conduce a ningún sitio conocido. El juicio sintético debe ser siempre a posteriori; el juicio sintético a priori es trivial, como decir “todo lo que sube baja” o “nada se crea ni se destruye, sino que se transforma”. Cuando en 1911 Ernest Rutherford bombardeó una fina lámina de oro con partículas alfa positivas y comprobó que algunas rebotaban se topó de bruces con el núcleo del átomo. Ningún juicio sintético a priori podría haber concebido tal realidad; ni menos aun prever que, poco más de tres décadas después, la escisión de un solo núcleo desencadenaría tal poder destructor sobre la tierra.

TEORIA Y PRÁCTICA

Continuará…

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José Luis Madrigal
Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.

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