Corrida de beneficencia (18)

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Mientras Estados Unidos arde por los cuatro costados debido a los disturbios raciales y su presidente les llama imbéciles a los gobernadores por no reprimir la violencia, aquí, en España, mi gobernante ha cumplido dos años en La Moncloa. ¡Quién se lo iba a decir hace cinco! Ni en sueños pensaba llegar a ser primer ministro por mucha resiliencia que tuviera. Zapatero confesó a su esposa al poco de llegar al poder que si él lo había hecho cualquier español podría también hacerlo. El conducator debe de pensar igual. Su predecesor dijo de él un día que nunca había conocido en toda su carrera política un personaje como su sucesor. Eludió elaborar más la idea, pero sospecho que no lo tenía bien conceptuado.

Lo mejor que hace mi gobernante es agarrarse al poder, es lo que más le interesa. Se mueve como pez en el agua. No sé si porque piensa que pasará a la historia como un político que hizo grandes cosas para España o más bien por una simple vocación de mantenerse en el cargo a costa de lo que sea. Es el rey del cortoplacismo y de la improvisación. Su coalición es muy frágil, la empatía con el líder podemita no es tan grande como ahora se quiere hacer ver, pero supongo que sueña con ser el que sacó de la grave crisis económica al país, ocupar la presidencia europea en el segundo semestre de 2023 y, ya puestos, aspirar a metas más altas en Bruselas o en organismos internacionales. Confío en que no veré esto último por motivos biológicos y dignos. Aunque, quién sabe, con la mediocridad de dirigentes políticos que nos rodean podría llegar a recibir el Nobel de la Paz. Si fuera así, yo me postulo para el de Literatura. Aviso a navegantes: Vicedós ha dicho en una entrevista que este gobierno estará al menos ocho años en el poder.

Me empieza a venir la maldita migraña ahora que cae la tarde en mi ciudad accidental y tengo delante de mí la delicada tarea de darle un final, feliz o trágico, al espectáculo ratuno en la madrileña Plaza de Las Ventas. Voy a ir a mi farmobar a proveerme de dos o tres somníferos. Tengo que sumergirme mucho y soñar más. Quiero ser cronista de la irrealidad, pero poder regresar al mundo de la rutina, de las pequeñas cosas que me hacen feliz: almorzar con mis amigos, ir al cine, rebuscar en la tele una buena peli, husmear el panorama humano-sentimental que me haga renacer, continuar aprendiendo, leyendo y escribiendo, no refrenar la imaginación, conservar la salud y seguir unido al mar. ¡Caray, pues no pido nada!

Esta tarde aprieta fuerte el calor preestival cuando llegamos a Las Ventas. En el corto recorrido desde el hotel apenas hemos hablado. Únicamente Freddy nos ha informado a Horacio y a mí que necesitarán cambiarse de ropa. Llevarán unas falditas rojas con el logotipo de la Columbia University. Un atuendo un poco ridículo, me digo a mí mismo pero no opino. Estos animalillos, pienso, no desaprovechan ocasión para promocionar el nombre del prestigioso centro académico. Sus autoridades se sentirán orgullosas. Por otra parte, Freddy, Teby y Abigail tienen que sentir el agradecimiento de haber sido becados por la universidad para ese estudio sobre el comportamiento humano en la pandemia.

En los alrededores del coso pulula gente que se apresura a entrar y acomodarse en el graderío. Observo que hay algún reventa que busca hacer su agosto sin que la policía intervenga. Tenía entendido que se ha vendido desde hace días todo el aforo. Por cierto, no noto que haya mucha vigilancia policial en los aledaños pese a que el Mando Único nos informó que el Ministerio del Interior y el Ayuntamiento iban a redoblar efectivos en previsión de altercados.

Hay tres banderas rojigualdas en los mástiles de la plaza, que en los últimos meses ha sido sometida a un amplio remozamiento externo e interno. La pandemia ha obligado a suspender las corridas de la Feria de San Isidro. La nuestra se ha autorizado gracias al digno objetivo de ayudar a los comedores sociales y por supuesto con la anuencia del Gobierno, las fuerzas políticas y la Corona. Ahora bien, como se ha quejado con razón el taciturno ministro de Sanidad, se van a violar todos y cada uno de los protocolos sanitarios. Cerca de 25.000 aficionados sentados sin margen de espacio para ser testigos de la primera ratomaquia mundial: tres diestros políticos frente a tres ratas ilustradas. En el portalón central cuelga un gran cartel del acto y en algunas balconadas superiores han colocado dos o tres pancartas sin una clara connotación política. «Juntos derrotaremos al Covid-19», «Acabemos con las colas del hambre», etcétera.

Cuando descendemos del monovolumen hay algunos curiosos que pretenden acercarse para obtener un autógrafo de las ratas, pero un par de agentes lo impiden. Freddy, siempre más exhibicionista que sus colegas, se queja y saluda a un frustrado espectador con un gesto de disculpa.

Una vez que entramos por el patio de toreros confirmo el temor de que el trato no va a ser tan correcto como el que nos ha prometido Moncloa. «Las ratas no pueden pasar al coso por ahora», grita con muy malas formas un agente de policía. «¡Cómo que no pueden pasar! ¡Sin ellas no hay espectáculo, agente!», grito. Horacio me coge del brazo tratando de calmarme. «Señor, compórtese o me veré obligado a detenerlo». «Tenemos orden del comisario Jacinto Romerales, que será esta tarde quien presida el espectáculo, de trasladar estos bichos a corrales. Saldrán al albero cuando corresponda, conforme al vigente reglamento taurino artículo 3.1a».

Mi amigo y yo mantenemos un tira y afloja con el marmóreo agente. La conversación sube de tono y se acerca un superior, igual de malencarado que el subordinado: «¡A ver, qué cojones pasa aquí!». El policía explica la situación y el jefe respalda la orden. «No se agite, Melancholicus, ya le hemos creado suficientes problemas. Nosotros nos vamos a ese lugar que indica el señor agente, nos cambiamos y saldremos al ruedo una vez termine el paseíllo para realizar nuestro número artístico», me explica tranquilo Freddy, aunque sospecho que la procesión va por dentro. Es admirable su inteligencia. Domina por completo el argot taurino.

Hablo con un miembro del comité organizador para advertirle que los roedores tendrán que salir al redondel antes de que empiece propiamente el toreo. No entiende de lo que estoy hablando, pero telefonea a otro funcionario y le explica la situación: «Todo okey. Todo okey. Prosigan, por favor. No se detengan, porque de un momento a otro llegarán las autoridades y se cerrará el paso». Qué manía tienen estos burócratas de contaminar el idioma con palabras extranjeras y de culpabilizar a los demás de la descoordinación que exhiben, musito. Es ley de vida, pienso, pero eso es una de las cosas que más me irrita de la cotidianeidad. No soporto las órdenes mal explicadas de los superiores a los subordinados y menos aún a funcionarios rígidos de cerebro pequeño, que carecen de sentido común y flexibilidad. Últimamente eso me ha creado más de un problema.

Me despido saludando con el brazo de Freddy, Teby y Abigail. Noto en su rostro el aturdimiento y el nerviosismo causados por el ruido y la muchedumbre. ¡Pobres animales! Ellos, que, nunca mejor dicho, son ratas de biblioteca y que vinieron a este país a realizar una investigación seria. «Señora y señores míos, no se preocupen por nada. Todo saldrá bien. Les he dado mi palabra. Yo estaré cerca de ustedes. Me podrán ver. Me colocaré en la barrera, si me dejan, y si no en la contrabarrera».

Los veo alejarse con cierta inquietud por mi parte. «Tranquilo, Bosco», me anima Horacio. «Todo saldrá bien. Será un éxito». «Ojalá, Hora. Ojalá».

Justo cuando termina de hablar mi amigo suena el timbre de mi móvil: «Soy el comisario Romerales. ¡¿Con quién hablo?!». «¡¿Cómo que con quién habla?! Usted es quien me llama, ¿no?. Debería saber antes a quién se está dirigiendo, ¿no?». Resuelto el malentendido Romerales me comunica que él será la máxima autoridad de la corrida. «Mire señor como se llame. Le voy a ser sincero. Yo era partidario hasta hace cinco minutos de suspender el espectáculo, porque me parece ridículo, una charlotada infame. Esos repugnantes bichos, si queremos preservar el espíritu de la fiesta, deberían someterse como los toros a la suerte de rejones, banderillas y muerte. Y sé que como yo piensan muchísimos aficionados taurinos, entre ellos don Reconquisto, presidente del partido Vox. Pero no sé qué le han dado de comer al rey Felipe VI que está encoñadito con esas apestosas ratas de alcantarilla. Así que, señor como se llame, donde hay patrón no manda marinero. Y por tanto, contra mi parecer, la corrida no se suspende. Ahora bien, a la mínima daré orden de parar todo y sacrificar esos bichos como se merecen. Buenas tardes».

Ni me ha dado tiempo de despedirme de don Jacinto Romerales, comisario de policía y presidente del exótico festival de ratomaquia de Las Ventas. El fin no puede ser más digno: recaudar fondos para ayudar a los comedores sociales. Pero, ciertamente, el guion es lógico que escandalice a los más puristas de la tauromaquia. Es de justicia admitirlo.

Que Dios reparta suerte.

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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