Crisis, pulmón y rapiña

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La crisis no ha enraizado en Latinoamérica. El patio trasero de casi todas las buenas casas (las estadounidenses o las españolas) ha capeado el temporal quizá debido a su costumbre de convivir con las crisis de forma permanente.

Conceptos como el “rebusque” colombiano el “por la izquierda” cubano resumen toda una filosofía de la supervivencia donde ni todas las cosas vienen  dadas por el Estado ni hay tanta norma como en Europa que parece poner fronteras a cualquier iniciativa que no pague impuestos o que no pertenezca al universo de “lo formal”.

En Otramérica nadie se suicida por una quiebra económica aunque sí lo podrá hacer por amor o por honor. La plata, como casi todo, puede llegar en cualquier momento, o al menos esa es la apuesta de esa mayoría mutante que juega al “raspa y gana”, al “chance” legal o ilegal o a los infinitos sorteos y tómbolas de cuadra o vereda que siembran de esperanza la vida de millones de personas.  Si mi abuela le apostaba todo en la España de los sesenta y setenta a la “batería”, la legión de supervivientes en Otramérica no van a ser menos.

Sin embargo, según leo en los diarios, las empresas españolas “internacionalizadas” no juegan al “chance” sino que le apuestan al pulmón económico de Latinoamérica para salir de la crisis que sí estanca a la península. La rapiña seguirá. Por eso es tan importante la devaluación del bolívar fuerte (moneda venezolana) que ha decretado Hugo Chávez: no por cómo afecte a los ciudadanos de esta República contradictoria, sino por el “daño” posible a empresas señeras de la rapiña española como BBVA, Banco Santander o Telefónica.

En Otramérica, como dije, hay menos reglas y menos controles y las empresas españolas, que cuando se ven afectadas ponen el grito en el cielo y hablan de la rigurosa y civilizada Europa, se quedan calladas cuando sus arcas rebosan gracias a la “alegalidad”. Nunca se quejan, entonces, de las privatizaciones de dudoso procedimiento, ni de los contratos de infraestructuras, consultoría o pendejadas varias que ganan de forma más que dudosa, ni de las decisiones presidenciales que sí les benefician.

Latinoamérica ha salido de la crisis porque vive instalada en múltiples crisis y lo sabe. No es que en Europa no sea así (crisis políticas, crisis ecológica, crisis social…) pero acá hay una ceguera orgullosa que impide que nos comparemos con esos pueblos “menos desarrollados”. En Otramérica la cosa no va tan mal, ni tan bien, pero ese es campo abonado para empresas financieras, energéticas, de construcción o de estafas varias que, amparadas en una supuesta experiencia y en su capacidad  de aportar al desarrollo de los países “emergentes” hacen su agosto.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.