Cuatro fases para resolver mi vida

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Me disponía a meterme en la cama con una fuerte migraña tras ver la intervención de mi gobernante en la tele cuando sonó el timbre de la puerta. Horror. Temí lo peor. Es decir, la presencia de Vicedós y de unos cuantos personajes más del ruedo ibérico político dispuestos a pasar el rato, charlotear en buena compañía y a beberse la mitad de mi bodega. Naturalmente que esa clase de encuentros nunca he sabido por ahora si pertenecen al mundo de mis agobiantes pesadillas o a esa fantasía que arrastro desde la niñez y que mi santo padre me advirtió que si no la domaba sería ella la que cabalgaría en mi vida. Y no le faltaba razón.

No era la alegre muchachada política nocturna de otras veces, sino el agradable Ramón, el conserje de la finca, que como es un poco más bajito que yo me siento superior no por razón de clase, sino por estatura: «Perdóneme que le disturbe a esta hora tardía». Tiene un cuidado y remilgado lenguaje Ramón, a mi juicio un poco impostado, como si quisiera decirme que él también posee estudios universitarios y que le agradan los libros como a mí. Antoine Gallimard, el famoso editor francés, ha declarado en una entrevista con el último medio donde trabajé durante veinte años, experiencia de la que no me arrepiento de casi nada, que una ciudad sin librerías es demasiado triste. Y tanto que sí. Ojalá me equivoque, pero temo que entre los sectores que más va a golpear esta catástrofe es el de los libreros.

Tras su disculpa el conserje me entregó un documento embuchado que a primera vista calculé podía ser de las dimensiones de un manual de instrucciones, de esos que van incorporados al artículo cuando compras una lavadora o un televisor y que están escritos en varias lenguas. «Me lo ha dado un agente de la brigada antivirus para repartir a cada uno de los vecinos», me explicó el portero siempre en un tono de excusa y haciendo esfuerzos para no ofrecerme algún gratuito comentario o chascarrillo muy andaluz: «Es el Plan de Transición Hacia una Nueva Normalidad. El PTNN». «¡¿El qué, Ramón»?!», exclamé cada vez más confundido. «Sí, perdone, el PTNN, en su abreviatura castellana. Creo que es el cronograma de cuatro fases que se establece a partir de este fin de semana», agregó. Y se fue. Ya tenía bastante el pobre. Era pasada medianoche y aún le quedaba por repartir el manual a la mitad del vecindario.

Efectivamente, de eso se trataba, de un breviario en las diversas lenguas del Estado donde se me indicaba a mí y a los habitantes de la nación de naciones sobre un plan gradual y asimétrico de entre seis y ocho semanas con indicadores evaluables cada dos encaminado hacia una nueva normalidad. Es decir, lo pasado tenía que olvidarlo y comenzar a habituarme a una vida de guantes, mascarillas, distanciamiento social e higiene de manos antes, durante y después de contactar con un ser parecido más o menos a mí. Recuerda, es por tu bien, me dije a mí mismo, pero se me nubló la vista y a punto estuve de sollozar como un bebé. Ya vuelves con las jeremiadas, amigo, se lamentó, ácido como siempre, mi otro yo. Aunque eximí a mi psicoanalista jamaicano de pedir consulta y auxilio. Imaginé que ya sabía cuál iba a ser su respuesta.

Cosa de locos, pensé, o, seguramente, el loco era yo mismo, lo cual no hay que descartar. Me había tomado dos nolotiles, una barbaridad, lo sé, después de la intervención del primer ministro, que con nueve preguntas formuladas por el panel de periodistas, había durado aproximadamente 75 minutos de reloj, como diría en vida mi buena madre. Sinceramente me había perdido a los dos minutos de tanta explicación prolija, como él mismo calificó. De repente, mi mente enferma me retrotrajo a los planes quinquenales de desarrollo económico de la URSS y al Gosplan, el comité estalinista que los elaboraba. ¿Habría metido mano el Vicedós en ese estilo de colectivismo ordenancista, reglamentista que rezumaba el documento o más bien la pluma de marketing electoral del Rasputín vasco? ¿O los dos juntos ? O era el trabajo de muchas manos con el peligro que eso comporta. Me recordó a esos farragosos documentos comunitarios europeos o de la ONU que al final se convertían en una especie de torre de Babel de lenguas diversas y juicios diferentes.

Sinceramente no lo sé. Mis entendederas cada vez observo menguan por minutos antes que por horas y no quiero caer en la simpleza especulativa. Sin embargo, en la larga intervención del primer ministro éste hablaba de desescaladas y desgranaba indicadores, plazos, laminaciones y limitaciones, franjas horarias. Comidas, cenas y desayunos controlados por el bien supuestamente mío y de España, donde nací hace ya un pedazo de años con objeto de frenar como fuese al terrible virus. Exterminarlo todavía no era posible, me avisaba con una mirada fija, en tanto en cuanto no llegara la anhelada vacuna. Pasaba del cero, al uno, luego al dos y por último al tres. Y en algún momento, cuando ya había entendido lo del tres retrocedía al dos y más tarde al uno. ¿El final? Habrá que ver y movernos con mucha cautela, me decía muy serio y sin ningún tuteo inoportuno como en sus primeras apariciones en televisión desde que el coronavirus entró en nuestras casas después de algunas alegrías irresponsables nuestras y la nula protección sanitaria. Todo hay que decirlo.

Mi gobernante y el de la comunidad meridional donde resido desde hace cuatro años me sugerían paseos y deporte de una hora, media hora para desayunar, 90 minutos para almorzar en restaurantes con mesas de no más de cuatro comensales y con platos desinfectados y no pudiendo ser compartidos. Qué paradoja pensé sobre este último precepto. En los años que estuve casado mi esposa me invitaba a compartir un primero y yo, como un niño malcriado, me enfurruñaba y le respondía que no, que cada uno lo suyo. Tras el divorcio aprendí pocas cosas para controlar mi egoísmo, pero al menos introduje una buena en mi comportamiento social, la de animarme a compartir el primer servicio y no sólo por razones económicas. Disfrutaba y compartía ese placer con la otra persona, fuese mujer u hombre.

Perdí un poquito los nervios cuando apagué el televisor. Además, estaba supertriste por la muerte de Michael Robinson, ese futbolista que pasó al retirarse a ser comentarista de partidos. Me encantaba escucharle en su un tanto trabajoso castellano. Todo un golpe su muerte. Me dije en plan nostálgico que otro buen tío de mi generación se marchaba aunque no fuera por el Covid-19, una persona con un gran sentido del humor, esa virtud que todos afirmamos poseer pero que pocos tienen. Lógico. Ahora menos que nunca. Atisbamos los nubarrones de una tormenta perfecta y no es momento de risa ni mucho menos. Pero si nos falta esa cualidad tan preciada y tan escasa, ¿qué nos queda? ¿Vale la pena vivir sin ella?

 

 

 

 

 

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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