«Democracia morbosa»: 20 N y revuelta electoral

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Vuelvo desde las Américas con “extrañamiento”, esa extraña sensación de desarraigo de mi querida tierra, España, cuando se han vivido varios meses en el extranjero. Aterrizo con la resaca electoral, la resaca del 20 de noviembre, con el beso de Rajoy y su mujer en portada, con la victoria absoluta del PP. Ahora sí, me reencuentro con España; mejor dicho, con las Españas, las dos Españas; la sístole y la diástole del bipartidismo español. He de cambiar democrats y republicans estadounidenses por populares y socialistas como quien cambia dólares por euros. Zapatero, desbancado; Rajoy, ensalzado. No hay sorpresas. Se veía venir varios meses antes del 29 de julio, cuando se anunció el adelanto electoral en la prensa.

 

Así que el epitafio de hoy rezaría así: “Aquí yace media España, murió de la otra media”. Larra no estaba equivocado cuando escribió “El día de difuntos de 1936” antes de morir. Y las elecciones españolas siguen consolidando la viva representación de las dos Españas, el paroxismo entre la izquierda y la derecha del que hablara Machado, Larra, Balmes… Porque las dos Españas siguen vivas, entrecruzadas y enrabietadas.

 

Nos gustan los radicalismos porque siguen sangrando las heridas de la historia del siglo XX español. El catolicismo frente al anticatolicismo; los nacionalismos periféricos frente al patriotismo. La izquierda indignada, de los indignados del 15M que han saltado el charco hasta Wall Street bajo el nombre de Occupy, y la derecha victoriosa de un líder sin carisma. Se veía venir, se vislumbró ya en las elecciones autonómicas del pasado 22 de mayo, se clamaba en la calle, era parte del reclamo de la Opinión Pública.

 

España se mueve cual péndulo en política. Sí, a los españoles nos gusta abrazar los extremos; colorear de rojo el mapa, cuando Aznar cometió la tropelía de apoyar a Bush en la guerra de Iraq, y pintar de azul la cara de Europa, cuando las travesuras del zapaterismo se saldan con un récord histórico de desempleados, de crisis económica y desasosiego. Somos así. Infantiles. Utilizar el voto del castigo y señalar con el dedo al culpable de turno. Culpabilizar al otro puede ser buen remedio para exculparnos a nosotros mismos.

 

Seguimos bajo una “democracia morbosa”, señalada por Ortega así: “Las cosas buenas que por el mundo acontecen obtienen en España sólo un pálido reflejo. En cambio, las malas repercuten con intensidad y adquieren entre nosotros mayor intensidad que en parte alguna”. Nunca estaremos satisfechos y seguimos sin darnos cuenta de que el sistema democrático también reside en nuestro esfuerzo diario por hacer las cosas bien. No todo reside en el poder político sino también en el savoir-faire de los ciudadanos.

 

Nos compete también comportarnos con responsabilidad; no sólo en el voto del castigo, sino en la administración de bienes, en el trabajo diario y en el reparto de ganancias. La política, lo dijo Ortega, intenta la articulación de la sociedad para dejar un margen cada vez mayor al individuo, donde dilatar su poder personal. Ahora bien, si exigimos responsabilidad, se ha de comenzar por uno mismo. El daño está hecho; España ha sido acribillada a base de deudas, pero los españoles han de empujar fuerte hacia el avance del sistema. Luchar con garras, con todas las fuerzas, a pesar de la depresión financiera, para salvar ese margen de responsabilidad que está a nuestro alcance y en nuestra mano.

Fátima Margu nace en la antigua Emérita Augusta (Mérida, Extremadura) un caluroso verano de 1981. Ha trabajado como profesora de Universidad, periodista e investigadora. Aficionada a Internet y eterna alumna con una única vocación: cuestionarse qué está pasando para procurar llegar a la Verdad de las cosas. Alma viajera, siempre con la intención de hacer extraordinario aquello que para muchos pasaría desapercibido porque no se pararon a observar la belleza o el trasfondo que una instantánea puede condensar.

1 COMENTARIO

  1. Para ser periodista hay que

    Para ser periodista hay que saber escribir, acabar el doctorado y no ir de sitio en sitio buscando ser colocada sin ganarse uno mismo por su valía el mérito y la labor.

    Para escribir, no hay que citar a nadie sino ser crítico y este nuevo blog no me gusta, no es crítico ni tiene conocimiento alguno. Ya en la primera línea se comete una falta; desarriago, no. Es desarraigo. Por otro lado, quiero blogs que me digan cosas nuevas, no esto que parece un copia-pega de los grandes de la literatura y la filosofía, sin ideas propias. Lo que dice no es nuevo, no se pringa, no expone como el resto de blogueros una opinión.

    Saludos.

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