Derechos y humanos

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Ya no sé para qué carajo sirven los informes sobre Derechos Humanos (y eso que yo mismo he hecho unos cuantos en esta peregrina vida). Amnistía Internacional se desgañita cada año y pone el dedo en el ojo de los victimarios que reciben con amabilidad el regaño y siguen en lo suyo: en violar los Derechos Humanos. Claro, que algo ha cambiado en estos últimos años. En la denuncia y en la promoción de los Derechos Humanos siempre debe subyacer un poso de fuerza moral. «Yo te señalo como violador porque yo soy ejemplar». Pero ya me quedó claro en el Foro de Frontera D que de buenos ejemplos están pavimentadas las malas conciencias y que, por tanto, mejor ser malo y provocar en los otros la empatía por contradicción.

 

Ahora, en estos tiempos, no hay país con la fuerza moral para levantar la mano y acusar al vecino o, si lo hay, es demasiado pequeño o insignificante en la geopolítica global como para que importen sus señalamientos. Amnistía Internacional todavía tiene cierto caudal de autoridad moral y por eso denuncia. Lo hizo en días pasados respecto a las Américas, las del norte, las del centro y las del sur. El examen fue un desastre para casi todos, pero la repercusión es de 24 horas edulcoradas por los tópicos que siempre reproducen los medios de comunicación de masas, esos con los que cada día ando más rabioso.

 

Ya no sé si la culpa es de los periodistas o de los medios, o de los dos, que alguien los crea y ellos se juntan. El informe de Amnistía Internacional sería una buena excusa para sacar notas durante un buen tiempo, pero nos quedamos con el resumen ejecutivo y un lacrimógeno reportaje -muy gráfico- en El País Semanal. Y a otra cosa mariposa, que Iniesta es portada y no vamos a amargar el domingo a nuestros lectores.

 

Los informes de Derechos Humanos se van al archivo de Derrida y con ello vamos compensando nuestro canallismo cotidiano. Nuestros Gobiernos, nuestras empresas -y nosotros mismos- seguiremos ignorando los derechos básicos del Otro pero, a cambio, felicitamos a Amnistía Internacional y a otras tantas organizaciones por hacernos creer que vivimos en un mundo donde los Derechos y los Humanos son importantes.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.