¿Después del Veinte viene necesariamente el Veintiuno?

0
150

De un tiempo a esta parte sufro de vértigos y alucinaciones. Quizás por haber abusado de estimulantes y alcohol acudiendo a mi farmobar con gran crítica del psicoanalista, a quien uno de estos días voy a enviar a Marte sin previo aviso y sin billete de retorno. Si le digo que es de día me lleva la contraria y lo retrotrae a mi infancia. De momento todo está controlado. Qué sarcasmo recurrir al verbo controlar cuando el año que concluye me ha demostrado que nada está previsto y que la sociedad en la que vivo es frágil pese a que en menos de diez meses la ciencia ha descubierto una vacuna contra el covid-19.

Estaba yo en esos dimes y diretes, si llamar a éste o aquélla, cuando recordé que había invitado a tres buenas amistades a cenar a mi casa frente al mar. Sinceramente no me acordé. Se me fue el santo al cielo, una de esas expresiones idiomáticas que un anglosajón tiene dificultades de entender pues trata de traducirla directamente a su lengua y pone los ojos en blanco. Tanto como la de tirar la casa por la ventana. ¿Pero, por qué rayos quiere usted desprenderse de sus muebles?, sostiene el clásico inglés esforzándose para comprender a estos bárbaros españoles.

¿Qué hacer?, me dije en uno de esos lamentos cargantes a los que acudo para dar lástima. Decidí llamar al teléfono familiar de mi casa de Zaragoza. Dejé que sonara y sonara la señal hasta que colgué un tanto frustrado. ¿Dónde estarían mis venturosos progenitores la tarde de Nochevieja? Fue entonces cuando recordé que era huérfano y que ni mi padre ni mi pobre madre estaban ya entre nosotros. Vaya, que habían dejado de existir hace más de dos décadas por lo menos. Iba a tener razón el analista sobre el abuso de psicotrópicos.

Me sentí realmente mal. Nostálgico por su ausencia y deseoso de que estas jornadas de asueto pasen pronto y no tenga ya que desear unas felices navidades y un próspero año nuevo nunca más. ¿Cuántas veces lo habré dicho en estas dos últimas semanas? De tanto repetir la frasecita de marras se me seca mi cerebro. Podría decir lo mismo el año que viene, dentro de dos o dentro de mil. Bueno, no tanto, porque no soy eterno ni quiero eternizarme por estos lares. Cuando falle el motor no tengo ninguna intención de pasarme por el taller, esa expresión curiosa y humorística que escuché al rey padre antes de una de sus múltiples operaciones quirúrgicas.

Por cierto, cómo habrá pasado estas fiestas el Emérito. La prensa nada nos revela. ¿Qué habrá hecho en Abu Dabi? ¿Le habrá llamado el rey hijo? ¿La Emérita o ese amor que no cristalizó llamado Corinna Larsen y que a punto estuvo de llevarle a la tumba y de paso hundir el país donde nací? Lo admito: me da un poco de pena verlo allí, en esa jaula de oro, sin su familia y allegados. Yo no me creo mucho ese último as que se ha sacado de la manga el presidente del Gobierno según el cual Zarzuela y Moncloa han acordado dar pasos para reformar la Corona. ¿De qué se trata eso de que ya iremos conociendo poquito a poquito el contenido de esa renovación? ¿Quién va a participar en el texto si no cuenta plenamente con el apoyo de los populares? ¿Acaso van a intervenir Unidas Podemos o los nacionalistas catalanes y vascos en la renovación? ¿No sería mejor que la familia real se aplicara el cuento de llevar hasta el final lo de la transparencia y que nuestro afable conducator nos confesara que no tiene en mente nada más allá de perpetuarse en el poder?

De eso hablábamos el taxista y yo mientras me conducía hasta el socorrido Corte Inglés para comprar un par de doradas y una buena ración de langostinos. Me confesó que estaba harto del gobierno, de su familia y de su gremio en general. “Hombre, algo bueno habrá en este mundo, digo yo”, le interrumpí sin mucho entusiasmo para tratar de darle ánimos. Era de la banda de los negacionistas y conspiranoicos, tipo Trump (amargo final para ti, Donald) o Bolsonaro. “No pienso ponerme  la vacuna. Mi esposa me ha dicho que se divorcia si no lo hago. Me es igual. Casi mejor, porque no la soporto más”, afirmó con tono exaltado. “Calma, señor, calma. Ya verá que el Veintiuno será necesariamente mejor que este añodemierda20.com”, le dije tras abonar la carrera. No me atreví a desearle esa manida frase de “feliz salida y entrada de año”.

Transcurrió tranquila mi Nochevieja. Mis amigos son agradables y captan mis cambios de humor y mis bromas. Uno me confesó que pensaba que yo era un trastornado sin remedio, pero que me prefería mil veces a tantos otros individuos que pasean alardeando cuatro frases aprendidas en un manual de autoayuda. No se prolongó mucho la velada. Poco después de tomar las uvas emprendieron el regreso a sus respectivos domicilios disfrutando de una noche suave paseando junto al mar de mi ciudad accidental. Al menos esto del toque de queda permite que la fiesta no se estire hasta altas horas de la madrugada. El cuerpo ya no está para muchos trotes.

Me fui relativamente sereno y poco cargado de alcohol a la cama. Sin embargo, al poco de conciliar el sueño comenzaron de nuevo las alucinaciones y fantasías. Se ve que mi mente se ha convertido ya en un proyector de imágenes inconexas, a veces agradables y otras no tanto.

Hete aquí que aparecieron en mi dormitorio, que últimamente recuerda la madrileña calle Preciados por su concurrencia, tres personajes que se presentaron como los Nuevos Reyes del Año Veintiuno. Todos conocidos, muy conocidos, venidos de la fama cinematográfica dos de ellos- Jack Nicholson y Morgan Freeman- y la otra llegada directamente de la Casa Blanca. Era uno de mis últimos amores imposibles: Melania Knavss. Más conocida como la Primera Dama de Estados Unidos hasta el próximo 20 de enero cuando su esposo, Donald Trump, enloquecido como un perro rabioso, tendrá que abandonar la presidencia y pasarle los mandos a Joe Biden. Para mí lo mejor que ha ocurrido en este añodemierda20.com.

Nicholson me contó dos o tres chistes que no entendí muy bien y rememoró escenas de Alguien voló sobre el nido del cucó, una de mis pelis favoritas. A Freeman lo encontré taciturno. Tal vez por el largo viaje y por su avanzada edad. Me regaló un libro de relatos de una autora que en mi ignorancia manifiesta desconocía, Lionel Shriver, y que he empezado a leer ya mismo. Estupendo.

Claro que la espectacularidad de la madrugada no la protagonizaban ellos, sino ese bellezón esloveno de Melania Trump. Iba vestida con un ceñido uniforme blanco de enfermera, como la jefa del psiquiátrico de Alguien voló… y provista de aguja y vacuna: “Te voy a poner la primera dosis, cariño. No tengas miedo. No es dolorosa. Notarás al principio un pequeño picor, pero nada más”. Efectivamente, no noté nada. Al contrario. Estaba dispuesto a someterme a nuevas inyecciones con tal de que fuera ella quien las administrara. “Pues ya está”, afirmó en un inglés muy comprensible. “Y ahora a esperar  a la segunda dosis dentro de tres semanas, ¿verdad, Melania?”, dije con el rostro iluminado. “¿Vendrás entonces de nuevo?”, le imploré. “No lo sé, querido. Ahora descansa y feliz año nuevo”, respondí. Me dormí como un bendito.

Pues sí, feliz año nuevo 2021

Print Friendly, PDF & Email
Artículo anteriorDiarios de Lancaster
Artículo siguienteFelices fiestas y feliz año 2021
Bosco Esteruelas
Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí