Diario de Londres (Marzo, 1980)

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6 de marzo (jueves)

Llevo ya varios días desayunando con té. Hiervo el agua en una cacerola descascarillada que me dio Yuichiro y tuesto a continuación dos rebanadas de pan en la sartén. El cuarto, a las nueve de la mañana, está helado. Me gusta saborear el té sentado a lo buda encima de la cama y con la colcha sobre los hombros. Me sirve para meditar. Tengo en la mesa otra carta de Myriam. La recogí ayer por la noche del buzón. Me dice que su familia tampoco estará este fin de semana y que le gustaría invitarme a comer el sábado. No aclara si habrá otros invitados, aunque conociéndola me imagino que sí. Escribe con una letra redonda y algo infantil. Pone un corazón pintado en rojo debajo de su firma y en postdata me pide que “solo traiga vino” (bring just wine), seguido de puntos suspensivos. Sé lo que me diría Yuichiro, pero yo prefiero no interpretar nada.

 

8 de marzo (sábado)

Tenía que haber seguido mis instintos. Myriam debe de pensar que no me gustan las mujeres o que soy un picha fría, pero la verdad es que me atrae muy poco. Tiene cara de pepona y un cuerpo un tanto amorfo, al menos debajo de ese chándal que llevaba puesto por la casa. Es buena cocinera. Los spaghetti a la carbonara estaban deliciosos. Terminamos los dos viendo la televisión: yo repantigado en uno de los sillones del salón y ella en la otra punta del sofá. Volví a casa andando. Lloviznaba. Al pasar por la estación de St Pancras un viejo mendigo me pidió dinero y yo, en un gesto absurdo, le solté una libra. Como si me sobraran.

 

11 de marzo (martes)

Me pasé esta mañana por el estudio de Angela y no estaba. Había dejado encima del caballete un cuadro a medio terminar. Irigoyen me dijo que llevaba días sin venir. Luego, por la noche, después de cenar, fui con Luis, Ray y Amelie al pub de la esquina y volví a ver a Irigoyen, que andaba algo bebido. Quise indagar algo más sobre Angela, pero el vasco no estaba por la labor. Estuvimos en el pub hasta el campanazo final. A la salida, Irigoyen, ya borracho perdido, se abrazaba todo el rato con Luis y hasta se dieron varios besos. Trató de hacer lo mismo conmigo y tuve que darle un buen empujón. Luego, entre risas etílicas, dio varios vivas al pansexualismo, tras de lo cual se cogió del brazo de Amelie, que no paraba de reír. Al entrar en la casa, antes de meterme en mi cuarto, Amelie me preguntó si podía darle algo de leche, pues mañana debía madrugar y no tenía nada para el desayuno. Le dije que jamás tomaba leche y me miró con una sonrisa entre burlona y provocativa, antes de darse la vuelta y subirse por las escaleras. Tardé mucho en dormirme torturado por el deseo y mi paralizante timidez.

 

12 de marzo (miércoles)

En la conversación de práctica con Jon salió a colación Israel y la causa palestina. Supe así que era judío. Me dijo que entendía perfectamente las reivindicaciones del pueblo palestino, salvo cuando hacían estallar una bomba en un colegio o en un autobús. Le conté también algo de mi pasión por Angela y el mariposeo con Myriam. Me escuchó con mucha atención. Luego, en una hoja, me escribió varias frases en inglés que, según él, me podrían ayudar. Transcribo la que más gracia me hizo, aunque al parecer no es suya: I’ve been looking for a girl like you – not you, but a girl like you.

 

19 de marzo (miércoles)

Día completo. Trabajé por primera vez en el restaurante y por la noche estuvimos en el boliche del que tanto me había hablado Germán: un antro en una callejuela adyacente a Shaftesbury Avenue, en el Soho. Antes, en la cocina del restaurante, me harté a fregar platos, sartenes y cacerolas. Creo que no volveré. Lo mejor fue el churrasco que me zampé. Como era el primer día, no me pagaron, pero Germán debió sentirse en deuda y me fue invitando a todo el resto de la noche. El famoso boliche estaba en un primer piso. Germán dio un silbido desde la calle y un mujer muy gorda nos abrió la puerta. Entramos en una sala iluminada malamente con bombillas de colorines. Había una barra en medio donde se servía todo tipo de bebidas alcohólicas. La gente andaba sentada en sofás arrimados a la pared. Yo me pedí dos cubatas. Al terminar el segundo me sentía algo mareado. Una mujer de alguna edad se sentó a mi lado. Era sudamericana. Hablaba mucho y muy alto y de vez en cuando me ponía cariñosamente la mano por el muslo. En un momento en que se fue al cuarto de baño, Germán me cuchicheó al oído si quería “levantármela”. Yo me encogí de hombros, pero la sola idea de tener cualquier tipo de contacto con ella me producía repugnancia. Volvió. Me fijé algo más en su cara. Sus ojos eran grandes, oscuros, pintarrajeados. Tenía rasgos aindiados. No era fea. Tenía una sonrisa dulce, serena. A través del escote, muy atrevido, sobresalía un pecho blanco, prieto, descomunal. Empezó a sonar la música. Un ballenato, me dijo Germán. Alguien vino y sacó a bailar a Marta, que así se llamaba la mujer, y ya no volví a verla. A las tres de la madrugada, cuando salimos, hacía un frío polar en la calle. Germán paró un taxi y con la mano me dijo que me metiera, que me dejaba en King’s Cross. Me llamó la atención la amplitud del compartimento de pasajeros y el cristal que nos separaba del taxista. Germán se quedó en seguida dormido. Durante mi caminata de King’s Cross a casa, subiendo por Caledonian Rd, tuve varias veces la extraña sensación de estar perdido en un sueño.

 

22 de marzo (sábado)

De vuelta de la compra me encuentro al grupo de franceses sentado en las escaleras de la casa. Hace una mañana soleada, sin ningún frío. El chico larguirucho que tuvo la trifulca con el casero juega con un gato. Amelie se ríe cada vez que digo algo, aunque allí quien lo dice y lo habla todo es Luis, que propone que vayamos a ver esta noche La nuit de morts-vivants en un cine de barrio. Se une al cotarro el americano Ray, quien se lía un porro y lo va pasando. Desde una de las ventanas se oye música jamaicana. Bob Marley quizá. Al meterme en mi cuarto me siento algo triste, desganado. Me tumbo en el camastro. Cierro los ojos mientras sigo oyendo la música de fondo y el murmullo de mis vecinos cerca de mi ventana.

 

25 de marzo (martes)

El chico larguirucho se llama Arnaud. Luis y él se pasaron por mi cuarto a ver la televisión. Echaban Dallas. Nos reímos con las argucias de JR. Me enteré de casi todo. Luego Arnaud se quedó hablando conmigo de literatura. Es un entusiasta de Celine y se sorprendió de que yo también lo fuera. Le pregunté por nombres de escritores franceses actuales. Me recomendó a un tal Perec, George Perec, según él el mejor escritor vivo en estos momentos.

 

27 de marzo (jueves)

 

No podía más y me fui a Hammersmith después de clase. El “college” donde estudia Angela por las tardes es un gran edificio de hormigón y ladrillo muy moderno y algo impersonal, que desde fuera parece una fortificación militar y por dentro tiene una sorprendente luminosidad desparramada por sus espaciosas galerías. Me la encontré en la cafetería. Tomaba un refresco con otros compañeros y al verme, ni se inmutó. Le dije que había venido a recoger información sobre cursos de inglés. Estuvo muy simpática conmigo los pocos minutos que permaneció sentada en la cafetería, pero cuando le insinué que me quedaría esperándola hasta que terminara su clase, me dio a entender, muy delicadamente, que no le agradaba la idea. No quise insistir. Nos despedimos en la puerta de su clase. Fui a estrecharle la mano, pero ella se acercó a mí y con toda naturalidad me besó ligeramente en los labios. Fue un roce apenas, pero que me ha tenido toda la noche en vela.

 

1 de abril (martes)

Tampoco vino esta mañana al estudio. Irigoyen parece el cancerbero del edificio. Está permanentemente allí cuando llego y siempre, en cuanto me ve, me echa una primera mirada de pocos amigos, aunque luego hablemos amigablemente. Esta prolongada ausencia me tiene desolado, que diría alguno de mis amigos franceses.

 

2 de abril (miércoles)

Se me ocurrió escribirle una carta en inglés y cuando la tuve terminada le pedí a Jon que me la corrigiera. Al principio cambié la primera por la tercera persona y le dije que era una redacción para la clase, pero al cabo tuve que confesarle el verdadero propósito. A Jon le cayó en gracia la cosa y le hizo muchos retoques, demasiados para mi gusto. No creo que se la envíe.

 

3 de abril (jueves)

Me decidí a entregarle la carta tal cual y la eché esta mañana en su buzón. Por la tarde me pasé para comprobar si la había recogido. Sorprendentemente había luz en la ventana de su estudio. La carta ya no estaba. No me atreví a subir. Seguramente no era ella, sino algún punk que fisgoneaba o el metomentodo de Irigoyen.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.