Diario de un madrileño de Brooklyn

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6 de abril

Salí esta mañana a comprar. Hacía muy bueno, día de primavera. Calles casi vacías y pocos coches circulando. Se oía nítido el trinar de los pájaros y, de vez en cuando, el motor de una segadora a lo lejos. Los jardineros siguen trabajando. Son todos hispanos, al menos los que me fui encontrando según me dirigía a la Avenida U. El aire estaba transparente, el cielo azul; los porches y jardines en un perfecto reposo, sin apenas nadie, como una mañana de domingo: alguna madre con su hijo; algún hombre entrado en edad sacando la basura. Reinaba una gran calma y todo lucía más limpio. El chasco me lo llevé al desembocar en la Avenida U. Las tiendas de comestibles, casi todas chinas, estaban cerradas a cal y canto.

En realidad, no había un solo comercio abierto: solamente una sucesión de persianas metálicas a lo largo de la avenida, como si fuera el primer día del año. La vista de todo aquello me asustó un poco. Según tenía entendido, no había órdenes para cerrar tiendas de comestibles o supermercados. Mal tenían que haberlo visto los chinos para tomar esta medida. Con ese pensamiento y con cierta aprensión, di media vuelta y me dirigí a Kings Highway, la avenida más comercial del barrio. A buen paso, por la calle 14, crucé la Avenida T, la Avenida S, la Avenida R, hasta dar en Kings Highway. Allí noté con alivio que la tienda rusa a la que suelo ir a comprar pan y otras delicatessen estaba abierta como cualquier otro día. Miré alrededor. Fruta, verduras, hortalizas, pan de todas clases… Todos los estantes estaban bien surtidos. Había una cola de seis o siete personas cuando entré. Una de las cajeras tenía mascarilla y guantes, pero el otro, un hombretón barbudo y musculoso, atendía a los clientes sin guantes y sin nada en la cara. Más allá, al fondo, por donde la carnicería, otra dependienta andaba también con la cara descubierta mientras ponía y quitaba cosas de los estantes. Es extraña esta disparidad entre chinos y rusos. Unos cierran la tienda hasta nuevo aviso y otros la tienen abierta de par en par, como si nada pasara. Puede que sea inconsciencia por mi parte, pero esta despreocupación rusa me relaja de alguna manera. Tanta obsesión, tanto miedo al contagio me produce desasosiego, no lo puedo remediar.

He hecho una buena compra, desde fruta, carne y hortalizas a galletas italianas y chocolate blanco. Espero no salir en otros cuatro o cinco días. ¿O sí? Mañana tengo toda la mañana dedicada a clases y a reuniones virtuales. El IPhone me acaba de enviar un mensaje inquietante: Boris Johnson ingresado en una unidad de cuidados intensivos. The prick! Pero la noticia me acongoja tanto o más que el cierre de las tiendas chinas.

7 de abril

Se me ha ido el día delante de la pantalla, con videoconferencias y video-clases. No sé si esta epidemia cambiará definitivamente nuestros hábitos de trabajo. Yo no lo creo. Todos parecemos echar de menos los tapones de tráfico, las reuniones soporíferas y hasta las aulas, especialmente mis estudiantes. Algún alumno ya me ha confesado discretamente que se aburre con mis largas peroratas. ¡Y yo que pensaba que por fin estaba dando clases magistrales! Pero es que cualquiera que se sube a un escenario o a una tarima necesita el calor de su público: es muy difícil inspirarse en un teatro vacío o, peor aún, delante de una pantalla reticular con veinte rostros fantasmagóricos. Será cosa de acostumbrarse. La comunicación virtual a veces funciona muy bien. Por la noche hablo en Skype con unos amigos españoles y al poco me siento enteramente como en una reunión en la cervecería de la plaza de Santa Ana, aunque uno de ellos esté repantigado en el sofá y otro se me aparezca entre tinieblas, difuso y espectral. Todo resulta extraño. El confinamiento ha traído, paradójicamente, una eclosión de relaciones personales. Se habla con los padres durante horas, con la familia cercana, con la lejana, con amigos semi olvidados, e incluso se recibe en casa, vía internet, a gente que uno jamás invitaría en condiciones normales. Mi vida social, lo confieso, nunca ha sido tan intensa. Mientras tanto, el virus se propaga sigilosamente por la urbe de Nueva York. Todavía no se ha llevado al pico ni mucho menos, aunque parece que el número de infectados ha bajado algo. Los fallecidos, en cualquier caso, no son un simple guarismo. Hace días murió el antiguo jefe de departamento de matemáticas, con 65 años; hoy me entero que el hijo de la secretaria está ingresado, con síntomas de neumonía; mi querido Jaime, un amigo y colega, está también con el bichito, según me dice su mujer. Hay más casos, más historias espantosas. La amiga de una amiga tiene a su madre muriéndose en la casa. No le permiten ingresarla en el hospital. Le han recetado dos medicinas, que la hija no encuentra en ninguna farmacia. Ni siquiera le han dado morfina para que muera sin sufrimiento. Mi amiga me reenvía luego un vídeo: la anciana, postrada en la cama, respira fatigosamente, parece medio inconsciente, está claramente en las últimas. La imagen me trae recuerdos infantiles: la agonía de mi abuela cuando yo tenía 13 años. Al menos ella tenía una bombona de oxígeno.

8 de abril

Procuro no ver mucha televisión. La suelo encender a las nueve de la noche y casi siempre pongo la CNN, aunque entre anuncio y anuncio, zapeo y veo algo de Rachel Maddow en la NBC y de Hannity en la Fox News. Desde hace días me centro casi exclusivamente en Cuomo Prime Time, programa que dirige, como su nombre indica, Chris Cuomo, un tipo sanote y campechano, muy directo, muy “in your face”, muy locuaz, casi con la misma locuacidad que tenía su padre, el legendario Mario Cuomo, el que fuera gobernador de Nueva York en los ochenta, o tiene ahora su hermano mayor, el actual gobernador, Andrew Cuomo. Digamos que los dos hermanos gustan de escucharse a sí mismos, con esa voz barítona del padre. Antes del coronavirus el formato del programa era, por así decir, pugilístico. Cuomo invitaba a gente de la oposición y se esforzaba en traerlos a su terreno con la fuerza de su dialéctica, aunque sin éxito alguno. Ya podía Cuomo desgañitarse, argüir sutilmente o presentar pruebas irrebatibles en contra del presidente o de la política de los republicanos: su interlocutor no concedía nada; todo lo contrario. Se mantenía en sus trece y hasta acusaba a Cuomo de partidismo. La diversión estaba ahí, precisamente. Trump había hecho durante el día alguna barrabasada y esa noche el republicano de turno defendía aquello como si se tratase de una nueva genialidad del presidente, ante la consternación y el enarcar de cejas de Chris Cuomo. Inolvidables son sus entrevistas con Kelly-Anne Conway, la asesora de Trump, la que acuñó lo de los “hechos alternativos”, frase que define para siempre toda la mendacidad y el disparate de la administración Trump. Conway es una raspa con voz de pito que más que hablar ametralla con todo un arsenal de argumentos deslavazados e incongruentes. Esas entrevistas, en todo caso, son ahora cosa del pasado. La enormidad del virus ha reducido a la nada todo el circo mediático, incluido el programa de Cuomo. ¿Por qué tengo entonces tanto interés en verlo ahora? Pues primeramente porque tiene línea directa con su hermano el gobernador y casi todas las noches lo invita a su programa para que dé cuenta de lo que está pasando en la ciudad. La información es de primera mano y uno se cree que está compartiendo en familia lo que dirimen los dirigentes. Me resultan graciosos también los piques entre ellos, el tono burlón, la aparente rivalidad, aunque seguro que es todo impostado. Se llevan casi catorce años, muchos años de diferencia en verdad para que pueda haber ninguna rivalidad fraternal. La segunda razón de mi interés actual por el programa es por una circunstancia desgraciada, y es que Chris dio positivo por el virus la semana pasada. De pronto un día apareció en el sótano de su casa, con ojos vidriosos y cara cansada. Esa noche no dijo nada. A la mañana siguiente, por la mañana, el gobernador comunicó lo que le había pasado al hermano.

Como buen animal político que es, el gobernador lo aprovechó en seguida. Contó que semanas antes su hermano Chris estaba empeñado en traerse a su madre de 86 años a su casa y que él, como jefe de la familia, se había negado en redondo. Fue entonces, según dijo, cuando empezó a hablar de la “ley Matilda”, en honor a su madre, ley (o más bien advertencia) que consiste en que mientras dure la epidemia la gente mayor debe recluirse en sus casas y no ver a nadie del exterior, ni siquiera a miembros de la familia. Esa noche ahí estaba Chris otra vez en el sótano, aún más ojeroso y más cansado, aunque dispuesto a seguir al frente del programa. Decía que había pasado mala noche, con escalofríos. El doctor Sanjay Gupta, el médico de la CNN, le hizo la visita de rigor y le preguntó por los síntomas, qué medicinas había tomado, si había tenido fiebre por la noche. Llegó luego el gobernador. Dio cuenta de las bajas de ese día y volvió a las bromas. Eso fue ayer. Hoy Cuomo está algo mejor. El gobernador volvió a visitarle. El panorama es cada vez más desalentador. Muchos muertos, infinidad de infectados. Un solo dato que me deja aterrado: han muerto ya 46 empleados del transporte público y hay más de 6,000 infectados en el sector. Tenía pensado salir mañana a recorrer Manhattan, pero creo que me quedaré, una vez más, recluido en el estudio.

10 de abril

Me encuentro a un vecino al ir a sacar la basura. Tiene ganas de hablar. Mantenemos cierta distancia física. Ninguno de los dos lleva mascarilla. Hace años que nos cruzamos en el portal o al subir en el ascensor, pero no sé ni su nombre ni en qué apartamento vive. Sé que tiene mujer, una rusa muy obesa y muy dicharachera, siempre sonriente. El marido es -era- más retraído, más serio, casi huidizo. Hoy no. Hoy quiere hablar. Me dice, con su fuerte acento eslavo, que los hospitales están desbordados, que un sobrino suyo es un paramédico y este sobrino le cuenta que los pacientes se mueren en los pasillos, que les falta material, que el grado de contagio entre ellos es enorme. Desde luego si él se contagiara preferiría morir en casa que morir como lo ha hecho un amigo suyo, en un hospital de Albany, a doscientos kilómetros, tras ingresar hace una semana en un hospital de aquí. ¡A saber cuándo devolverán el cuerpo a la familia, si es que lo hacen! Menciono lo tardío de la respuesta por parte de las autoridades y me corta en seco. Trump no tiene ninguna culpa, me dice muy alterado. Toda la culpa es de los chinos. Mintieron, mienten y siguen mintiendo. El gobierno comunista chino es el único responsable. Son unos canallas. They are scum! Debían estar ya con el virus desde el verano pasado y lo ocultaron. Es muy fácil echarle la culpa a Trump ahora. ¿Qué iba a hacer “nuestro presidente” si hasta la misma OMS le decía que no era para tanto? Le dejo explayarse un poco más, sin llevarle la contraria. ¿Para qué? Se nota que escucha a los de la Fox News todas las noches. En efecto, para los palmeros del presidente y para la mayoría de los republicanos el problema de este virus es exclusivamente de los chinos. La izquierda radical, una vez más, vuelve a equivocarse de enemigo, repiten una y otra vez. Son los chinos, no los rusos, los enemigos de EEUU. Mientras tanto, por las tardes, hacia las cuatro, la Casa Blanca convoca una conferencia de prensa. El espectáculo circense se mantiene en cartelera con al menos una función diaria. Han cerrado cines, teatros, cafés y cafetines, pero el show de Trump no puede fallar ni un solo día. Cada briefing sigue un mismo patrón. La abultada figura del presidente, con su pelucón amarillento y su tez de remolacha, aparece por la puerta y se dirige a un pódium, mientras los expertos ya le esperan muy solemnes. A continuación, saca un papel y con gesto serio lee monótonamente las últimas cifras de muertos y da luego algunas advertencias o directrices, sin demasiada convicción. Luego el vicepresidente Pence y su equipo intervienen, todos con mucha profesionalidad. Tras ello, llega el turno de preguntas y a partir de ahí comienza propiamente la función. Trump contesta a todo lo que le lanzan los periodistas, con su estilo habitual. Exagera, dice inexactitudes, enmienda la plana a los expertos, se contradice, miente. Al principio su popularidad subió bastante, como suele pasar ante cualquier catástrofe o desastre nacional, pero eso fue solo al principio. Estas conferencias diarias son un doloroso recordatorio de la ineptitud, del patológico narcisismo, de la ignorancia supina del presidente. Apenas deja hablar a los expertos, y cuando lo hace, cada dos por tres les lleva la contraria o los escucha a regañadientes. Su discurso da bandazos incomprensibles. Hace unos días, tras concluir que todos deberían llevar mascarillas, añadió en seguida que él personalmente no la llevaría. Preguntado cuál era entonces su consejo, se encogió de hombros y vino a decir que daba un poco igual, que dependía de cada uno. Él no pensaba llevar mascarilla, dijo, pero los demás eran libres de llevarla. Otro desacuerdo con su equipo de expertos ha sido el empleo de una medicina contra la malaria que, según algunos, alivia y hasta cura de la enfermedad. Trump insiste en que debería utilizarse en casos desesperados, en contra de la opinión de los expertos, que se lo rebaten. Él no se da por vencido. Siembra dudas, cuestiona la autoridad científica, se apresura a decir que no sabe nada, que no es médico, pero al final, en una pirueta característica, termina diciendo que nada se pierde por probar. Las sesiones suelen derivar en un toma y daca con los corresponsales jóvenes, pues los primeros espadas, cansados de tanta tontería, empiezan a ausentarse. Un editorial del Wall Street Journal, periódico afín, recomendaba consternado días atrás que se redujeran las intervenciones del presidente al mínimo. El daño político estaba siendo grande y la reelección en claro peligro. Al día siguiente Trump, en un tweet, reaccionaba así: “The Wall Street Journal always ‘forgets’ to mention that the ratings for the White House Press Briefings are ‘through the roof'” (El Wall Street Journal siempre “olvida” mencionar que los niveles de audiencia de las Conferencias de Prensa en la Casa Blanca andan por las nubes”). Al cabo de tres años Trump sigue creyendo que está en otro show televisivo como el que le lanzó al estrellato hace casi dos décadas. Su estulticia no tiene límites. Las tragaderas de sus seguidores republicanos, al parecer, tampoco.

11 de abril

El sábado se me ha volatizado con video-conferencias familiares y chateo en el WhatsApp. El confinamiento está demostrando que la tecnología, digan lo que digan los agoreros de turno, acerca más y más a la gente. Yo empiezo a estar un poco agobiado. Nunca he hablado tanto ni con la familia ni con amigos. Necesito un poco de retiro espiritual. Así que esta tarde apagué el IPhone y estuve viendo una película que había yo visto en mi lejana juventud, Dulces horas, de Carlos Saura. Es del año 1982.

A mí me gustó mucho entonces. Por aquella época yo era un fan de todo lo que hacía Saura. Supongo que lo fuimos todos los cinéfilos de mi generación. Es extraño ver una película casi cuarenta años después. El joven espectador que era yo por aquel entonces es ahora casi un viejo. La reacción es, sin embargo, la misma. Dulces horas es una pequeña obra maestra y me resulta absolutamente desconcertante que pasara en su momento sin pena ni gloria y que actualmente apenas la recuerde nadie. Es una reflexión sobre la relación madre-hijo de una gran hondura, pero lo mejor de la película es, creo yo, el inteligente juego entre ficción y realidad, entre teatro y vida, entre lo que hay de verdad y de mentira en cualquier pasado que se evoca. El resultado final me parece pura magia. Después, naturalmente, está el Madrid que aparece de trasfondo, que es mi Madrid, el Madrid de mi infancia: el Retiro, la Avenida de Menéndez Pelayo, el rugido de los leones que andaban por el zoo, el puente romano de Valsaín… Toda la película destila nostalgia y una sensualidad algo pervertida, acentuada por la belleza de Assumpta Serna, en el papel de madre y de actriz a la vez. Su interpretación es de primer orden. Se desdobla y sale de un papel y entra en el otro con extraordinaria naturalidad, siendo todo al final tan artificioso. El pasado evocado es parte de un ensayo dramático. De manera que uno nunca sabe si lo que ve es teatro o recuerdo real. El salón familiar, con esos personajes de posguerra, parece salido de La Colmena: la abuela con mal genio, el tío putero, el otro tío loco, la criada frescachona… No falta el humor. Los diálogos son divertidos, inquietantes, perfectamente verídicos en su pura teatralidad. Antes de acostarme, le mando un mensaje a mi hermana para que vea (o vuelva a ver) la película. Me gustaría saber qué piensa ella y si comparte mi entusiasmo.

 

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José Luis Madrigal
Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.

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