Diario de un novelero

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Dejé abandonado este blog hace ya casi cuatro meses. Lo reanudo otra vez. Ocho de la mañana. Tres de enero. Cada nuevo año que empieza soy un año más viejo, cada año siento un poco más los síntomas de la edad.

 

Dejé abandonado este blog hace ya casi cuatro meses. Lo reanudo otra vez. Ocho de la mañana. Tres de enero. Cada nuevo año que empieza soy un año más viejo, cada año siento un poco más los síntomas de la edad. Me duele todo el cuerpo al levantarme de la cama. Falta de ejercicio, supongo, aunque ya no soy el que era: ahora estoy pesado y fondón. Quizá mi primera resolución debería ser ponerme a régimen y perder unos cuantos kilos. Mi otra resolución -esta más firme- es reanudar la novela que dejé empantanada antes del verano. La dejé cuando empezaba a ser novela por una mezcla de pudor y de abulia. ¿Se puede novelar con las víctimas del Holocausto? Y si (pace Adorno) afirmamos que sí se puede, ¿tiene sentido volver a hacer otra novela más de las muchas que ya existen? Mi amigo Mermall me habría animado a ello. Él mismo, en sus memorias, recurrió al embellecimiento poético cuando relataba sus días en el bosque, tras la huida con el padre, y luego en la granja del campesino que los escondió hasta la llegada del ejército ruso. ¿Cuánto puede recordar un niño de siete años, que es la edad que tenía Mermall cuando vivió todo aquello? Yo miro hacia atrás y apenas recuerdo nada de mis siete años y lo poco que recuerdo es una pura reconstrucción hecha a partir de otros testimonios. El recuerdo infantil es una mentira o, si se quiere, una verdad poética deshilachada que uno tiene que ir recosiendo a lo largo de los años hasta que se convierte en un tapiz hecho de remiendos. Toda vivencia termina por ser un remiendo, poético o no. Me he pasado estos días en el campo leyendo algunos libros de aquella época. Nadie sabe exactamente lo que pasó allá, en Hungría, salvo que todo lo que pasó fue horrible, inimaginablemente horrible. Último año de guerra. Marzo de 1944. El gobierno húngaro, tras años de estrecha colaboración con el régimen nazi, decide unirse a los aliados. Consecuentemente los nazis invaden Hungría, destituyen al gobierno que había hasta entonces y ponen en su lugar a gente afín, ultraderechistas aún más radicales y más antisemitas que los propios nazis. Llega Eichmann con su siniestro Sonderkommando. En poco menos de cuatro meses, de marzo a julio, cientos de miles de judíos –en Transilvania y en los Cárpatos especialmente– son sacados de sus casas, llevados a guetos y de ahí deportados en masa a Auschwitz en trenes de mercancías. La policía húngara se encarga de hacer el trabajo sucio con un celo que sorprende a las mismas autoridades alemanas. Los líderes judíos se sienten abrumados. Algunos creen que el destino de su gente no puede ser el mismo que el de los judíos polacos o los judíos de Ucrania u otros países vecinos y aseguran que la mayoría irá a trabajar en fábricas. Esclavos de guerra, piensan, no reos condenados a muerte por el simple hecho de ser judíos. Otros, barruntando el inminente exterminio, intentan “pactar con el diablo”. Uno de ellos es Rudolf Kasztner. Abogado. Periodista. Sionista. Está al frente de una organización creada en 1943 para atender a las necesidades de los refugiados judíos que llegan a Hungría de otros países: Vaada. Vaada entra en negociaciones con Eichmann, con Becher y con otros nazis encargados de la deportación judía en la primavera del 44. El peso de la negociación recae en Kasztner. Su pretensión es liberar a cuantos judíos pueda, pero al final todos sus esfuerzos quedarán en casi nada. Un solo tren. El tren conocido como tren Kasztner. Menos de 1700. El acuerdo es el siguiente. A cambio de dinero (mil dólares por cabeza) el régimen nazi se compromete a poner en la frontera Suiza a un grupo reducido de judíos. Se hace la selección. Es un Arca de Noé que representa todo el espectro de la población judía en Hungría, aunque hay mayoría de profesionales y gente adinerada. En el artículo de Wikipedia leo que solamente lo más ricos fueron al final los que pusieron los mil dólares, unos 150: el resto, más de 1500, se subieron al tren gratis. El viaje duró meses. No fueron directamente a Suiza, sino al campo de concentración de Bergen-Belsen. Vivieron en muy malas condiciones, pero mejor que la mayoría de presos. Ladislaus Lob cuenta detalladamente la vida en esos meses. Por fin, tras una demora angustiosa, alcanzaron Suiza, a finales de diciembre. Un grupo de trescientos había llegado un poco antes. Eichmann en el proceso declaró que Kasztner era un “idealista” como él y de ahí que quisiera que estuvieran representados todos los estamentos de la judería húngara, si, tal como parecía, el resto iba a perecer. En mi “novela” Martel no estará en el tren de Kasztner, como no lo estuvo Mermall, auque Solís así lo creerá durante algún tiempo, hasta que Ray, el vecino octogenario, le desmonte la novelesca teoría. ¿Novelesca? ¿Y no es acaso novelesca mi propia historia? La novela moderna, desde el Quijote al Ulises de Joyce, juega con la paradoja de presentar como real lo que no es sino ficción. Don Quijote es tan falso como Amadís de Gaula. ¿Y Napoleón? ¿Es más real Napoleón que Pierre Bezukhov o Andrés Bolkonsky en Guerra y Paz? Uno nunca se ha librado del influjo de Unamuno. Difícil resulta novelar sobre el Holocausto, pero más aún tras la lectura de Niebla. Toda la literatura postmoderna no es sino una derivación unamuniana. Borges, el taimado Borges, bien que se aprovechó de ello. ¿Es imaginable Pierre Menard sin “Vida de don Quijote y Sancho”? Tradición y originalidad. Nada surge de la nada. Mi personaje estará atrapado en esa encrucijada. La encrucijada de la ficción, de la palabra, del lenguaje. Empiezo a redactar el siguiente capítulo.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.