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ArpaDos escritos de María Zambrano

Dos escritos de María Zambrano

 

«El misterio de la flor» y
«El temblor», de María Zambrano.

 

 

 

El misterio de la flor

Se ofrece la flor en la sombra. Imperceptiblemente, toda flor, y más todavía la que se abre en esplendor, crea como un tenue fondo de sombra, su espacio sin duda, su espacio propio. Y todo lo que se destaca lo hace en su propia sombra o arrastra consigo sombra cuanto más luminoso sea su cuerpo: es así al modo de un querer, de un cumplido querer. La pálida flor impalpable, indecisa, es a su vez luminosa sombra de un fuego lejano si se sonroja al mirarla. Pues que la flor nunca está quieta, nunca fija; el color en ella se hace, se enciende o se desvanece. Y nada corpóreo hay que dé a sentir como ella el encenderse y el desvanecerse y no sólo del color, sino de la sustancia. De esa sustancia que todo cuerpo visible condensa y encierra, duración temporal también, que en la flor toda sustancia corpórea se fija. Y, en la flor, la sustancia se desvanece como en un suspiro. Expira por darse o por no poder ya más seguir aquí en este universo donde todo se detuvo un día en un soplo. Y así se quedó congelado, materializado. Ella, la flor, da testimonio, hija directa de ese soplo.

Criatura del aire como palabra leve, que se quedó así, en un punto que, dándose de tan múltiples maneras, habla de la identidad indivisa. Los órdenes, las clases, las especies, las variaciones, no dividen las flores. No hay castas entre ellas. Cada una es un individuo al modo como la teología nos dice de los ángeles que son cada uno individuo y especie sin distinción. Toda la distinción, pues, está en su origen al que permanecen ellas apegadas, sujetas, eso si, sujetas a perecer un día por la acción de la «inclemencia» de los elementos y del trato humano, y del animal que la suele ver para devorarla, del hombre para arrancarla, sentenciada ya, aunque la sentencia no se cumpla, a la violencia, expuesta al rigor de la Ley, esa ley que no aguarda a que llegue la muerte para arrancar la vida, substrayendo así, a la par, a la muerte su acción y a la vida su vuelo. La inclemencia adversa al soplo y a cualquier otro don de la clemencia.

Recorre la flor inmensidades sin dividirse, sembrada en lo más alto se hunde en lo más hondo y en lo más firme cuanto más cae, y, viniendo desde lo más celeste, se abre en la tierra. Nunca brota de la tierra, la flor sin tallo nace allí donde el viento se aquieta y se hace agua. Se aviene la flor como soplo originario a los accidentes de la tierra, a sus cuevas o concavidades, a sus secretas, abrigadas praderas diminutas en las que nunca tornan a aparecer el siguiente año. Nunca son las mismas, hijas del viento invulnerable. La flor perpetúa siempre algo efímero, algo transitorio: la vida misma, ofrenda festiva y funeraria insustituible. La flor que perpetúa el tiempo feliz, la fiesta, aun ya mustia, la que sobre el cuerpo muerto, ceniza ya quizá, se inclina y aún es capaz de brotar de esa cal subyacente, de esa sal de la tierra que son los muertos. Y el aroma que la misma flor botánicamente hablando no exhala en otros lugares, sólo allí ese olor a muerte viviente, a vida de la muerte aquí; escala de resurrección. Pasión suprema de ese aliento, de ese soplo de clemencia invencible.

Algo invencible y que, lejos de erguirse, se abaja hasta sumirse casi por entero como dado en prenda, en un lecho cenagoso o de dura tierra en la que la sombra se pierde en esa tiniebla que rememora la tiniebla primordial, nunca del todo salvada. En la tierra disimulada se abre la boca de una sima, respiradero del reino de abajo, de los ínferos, de esos ínferos donde la sierpe enrojecida fue a parar. La flor, esa flor, pertenece acaso a los ínferos, es la flor que al fin da la sierpe, cáliz que recoge la gota de luz y de agua celeste indispensable a Perséfone para volver a la Tierra. Todo florece entonces, todo, hasta el fuego oscuro que alcanza por su flor la luz. Y ella no tiembla ya.

Por el contrario, el «algo divino», ese algo divino revelado por la poesía encuentra su reposo en la flor. Y entonces apenas resiste ser mirada. Quisiera ser oída, mas no puede esperar. No puede quedarse. Se está yendo ya, desvaneciéndose en aroma y música en una de esas identidades insospechadas que se dan cuando una forma pura se entrega a la muerte ignorándola, ignorándose en el no-saber anterior a la aparición de la muerte. En aquel entonces, cuando el divino Logos estaba ya saliendo y la flor era el signo de su salida. Por eso es leve, imprecisa, indeleble y perenne la flor. Y de ahí que en algunos grandes idiomas, como el hebreo y el árabe, al igual que en los jeroglíficos egipcios, las letras mismas sean como una flor.

 

 

 

 

El temblor

                                                           A Rosalía de Castro

                                                 Y es una flor que quiere
                                                 echar su aroma al viento.

                                                            Antonio Machado

 

Todo tiembla en este universo que habitamos. La condición terrestre que de tan diversas maneras ha sido señalada, la de la gravedad —notoriamente, todo pesa aquí, todo lo real se sostiene sobre algo— podría ser señalada por esta condición del temblor tan emparentada con la del peso. Tiembla todo lo vivo. Y hasta ese astro muerto, según nos dicen que es la Luna, emite una luz temblorosa: «Lúa descolorida / como cor de ouro pálido.» No es una simple mención, sino una innovación reveladora: «vesme e non quixera / me vises de tan alto / O espaso que recorres, lévame, caladiña, nun teu raio,» Ya que aquella que define o señala en modo suficiente una condición, un modo de ser y de estar, de estar aquí padeciendo sobreabundantemente por ello es un sentirse bajo la mirada del extraño astro que tiembla a su vez. Exilio planetario que Rosalía de Castro logra por la intensidad y pureza de su palabra naciente, carácter de revelación. Y, como toda revelación humana, transciende al individuo que la da casi ritualmente, en un acto de total entrega y, paradójicamente, de olvido de sí. Pues que habla desde sí, desde un sí mismo que se ha hecho lugar de un sentir universal, de un paso de la pasión de lo humano y de su peregrinar.

Pide este ser errante y desconocido, sumido en ese inmenso espacio cósmico, un albergue, un lugar íntimo y abierto al par, entrañable; una especie de entraña, este lugar, donde el desconocido, tembloroso ser humano, delegado en verdad de todo ser viviente, pueda vivir celándose y al par abriéndose. Y recibir la temblorosa luz emitida por seres de lo alto, que han de residir en verdad en alguna entraña celeste; y piden sin descanso «descender», si acaso ellos a su modo no ascienden al mirarnos. Pues que los seres naturales aparecen entre la luz y la sombra bajo el amparo de lo visible que tiembla. El temblor es un modo de palpitar que responde a una llamada sin argumento: una palabra sin oído, un pensamiento que se deslíe en el aroma. El algo divino que llama desde antes de que el hombre se le diera la palabra. Señor de la palabra, podría ser titulado. Un señor que enseñorea sin oír. Propietario, entonces, llega a ser de la palabra, pues que la hace suya: toda palabra es suya sin oír ninguna. Y es ella entonces, es la palabra no oída, la que hace temblar a la palabra enseñoreada. Y es el aroma inconteniblemente dado al viento lo que dice esa verdad divina, que padece y teme desde antes que asome la palabra como su perenne aurora.

***

En la tradición lírica española, la referencia a los astros resulta muy escasa. Rosalía de Castro es una excepción. Ella, que parte a veces del tópico de la sencilla margarita, que esta en el rincón de su huerto, de un salto hacia muy arriba llega a las estrellas, donde, excepto un poeta que con ella nada tiene que ver –Francisco de Quevedo–, solamente llegó. Fray Luis de León se refiere al firmamento, mas se refiere, sobre todo, a las esferas del pensamiento, mientras que Quevedo, en su Himno a las estrellas, está tan lleno de vida que logra que las estrellas le respondan. Esta hazaña, a mi modesto entender, solamente la ha repetido Rosalía de Castro: partiendo no de las esferas, no de una cultura, no de un saber, sino de la modesta margarita, llega a las estrellas, lega al astro por el camino del sentimiento. En Rosalía, las estrellas, los astros, la Luna, son sentir. De ahí que la Luna esté tan cerca de ella como la margarita.

 

 

María Zambrano Alarcón (Vélez-Málaga, Málaga, 22 de abril de 1904 – Madrid, 6 de febrero de 1991) fue una intelectual, filósofa y ensayista española hija de Blas José Zambrano García de Carabantes y de Araceli Alarcón Delgado, maestros ambos en la Escuela Graduada de Vélez, de la que el padre era regente. Su padre trabajaría más tarde en Madrid y en Segovia, dónde trabaría amistad con Antonio Machado.

María inició sus estudios oficiales de Filosofía en la Universidad Central de Madrid. Conocería en Segovia a León Felipe y –a través de su primo Miguel Pizarro– a Federico García Lorca. Asistiría a las clases de Ortega y Gasset…

Es nombrada profesora de Metafísica en la Universidad Central y además, imparte clases en el Instituto Escuela. También colaboró con frecuencia en la Revista de Occidente.

En 1936 se casaría con el diplomático Alfonso Rodríguez Aldave, Secretario de la Embajada de la República Española en Santiago de Chile y se marcharon a Chile, recalando primero en La Habana, donde conocerá a Jose Lezama Lima, con quien mantendría una gran amistad.

Regresan a España por la Guerra Civil en 1937 incorporándose al ejército su marido y residiendo ella en Valencia, desde donde colaboraría en defensa de la República.

En 1939 marcharían ambos al exilio, primero a Francia y desde allí a México. Trabajará entonces como profesora de Filosofía, en la Universidad de San Nicolás de Hidalgo, de Morelia. También vivirán en Cuba y en Puerto Rico.

En 1953 María Zambrano regresa a Europa, viviendo en diferentes países como Italia o Suiza hasta que en 1984 regresará definitivamente a España.

Su muy extensa obra, entre el compromiso cívico y el pensamiento poético, no fue reconocida en España hasta el último cuarto del siglo XX, y tras su largo exilio.

Ya anciana, recibiría los dos máximos galardones literarios que se conceden en España: el Premio Príncipe de Asturias en 1981, y el Premio Cervantes en 1988.

La obra de María Zambrano, completamente ignorada durante gran parte de su vida, ha sido reconocida de modo progresivo y adscrita a diferentes grupos, tendencias y generaciones, aunque la propia autora desmentiría en su obra y en sus variadas correspondencias epistolares toda política cultural de bandos, consignas y encasillamientos.

Una extensa biografía y bibliografía puede ser consultada en la ficha de la autora, en la página web del Instituto Cervantes:

https://www.cervantes.es/maria_zambrano.htm

En la página web de la Fundación María Zambrano puede consultarse también una completa información sobre todo tipo de actividades que se realizan desde dicha fundación para difundir la obra y el pensamiento de la autora, así como los distintos archivos y documentos que se conservan:

https://fundacionmariazambrano.org/ 

 

Los dos textos que recogemos en esta nueva entrega de la nube habitada han sido extraídos del libro Las palabras del regreso, que fue publicado por Cátedra, en su colección Letras hispánicas en el año 2009, con la edición de Mercedes Gómez Blesa.

En la página web de la editorial, se comenta, a propósito del libro:

« … El título que encabeza esta recopilación de artículos periodísticos de María Zambrano pretende reflejar el sentido que estos textos tuvieron en el itinerario vital y filosófico de la autora. Estos artículos fueron las palabras del regreso de una exiliada, alejada durante más de cuarenta y cinco años de su país. Constituyen un valioso testimonio de todo un siglo de historia y de cultura españolas, en los que la autora reflexiona sobre diversos acontecimientos de la República y de la dictadura franquista, trazando una subjetiva, dramática y personal orografía de la España del siglo XX».

Mas información, y ficha completa del libro siguiendo este enlace: https://www.catedra.com/libro/letras-hispanicas/las-palabras-del-regreso-maria-zambrano-9788437625669/

 

 

 

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