El ceniciento sabor de la nostalgia

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No me gusta que me invada la nostalgia. El tiempo pasado, bueno o malo, pasado está. Para mí las nieves de antaño vuelven todos los inviernos a Nueva York y al llegar la primavera ahí están las oscuras golondrinas revoloteando por las verduras de las eras. Buena parte de la mejor poesía suele ser elegíaca, pero en mi vida yo prefiero mucho más disfrutar del Carpe Diem que lloriquear con el Tempus Fugit y el Memento Mori. Las mujeres que perdí y los seres queridos que se me fueron están guardados en un baúl de recuerdos que sólo abro cuando me encuentro muy aburrido o muy solo.

 

Este verano, durante los días que pasé en el chalet que mi familia tiene en la sierra madrileña, no hice otra cosa que nadar en la piscina con mi hija y charlar y charlar con mi madre, pero a la caída de la tarde cuando me quedaba solo, o al pasear por las solitarias calles de la colonia, se apoderaba de mí un sombrío e irremediable sentimiento de nostalgia. La nostalgia no es sino la añoranza por un bien perdido. Apenas queda vestigio de nada y lo poco que queda se ha transformado en algo irreconocible. Uno mira los chalets de los amigos de infancia y se ven deshabitados o habitados por otras familias, o si por acaso alguno permanece todavía allí… nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Definitivamente la nostalgia tiene un sabor a ceniza que no me gusta.

 

Una noche que no podía dormirme, como siempre que me pasa en vacaciones, cayó en mis manos las memorias de Felicidad Blanc, la madre de los Panero, y me puse a leerlas. Todo libro de memorias rezuma nostalgia, y mucho más éste, que es, entre otras cosas, un testimonio fundamental para todo aquel que quiera entender lo que fue la Guerra Civil y la postguerra española, ahora que tantos parecen estar interesados en la memoria histórica de aquel periodo. Señorita burguesa algo ñoña, Felicidad se casó poco después de acabada la guerra con Leopoldo Panero, el poeta del régimen, aunque hay que decir que ni uno ni otro eran lo que parecían ser, pues el poeta franquista estuvo a punto de que lo fusilaran por rojo y Felicidad, pese a que toda su familia era muy de derechas y muy monárquica, se sentía cercana al ideario republicano. Los dos perdieron hermanos en la guerra. El de Panero murió en un accidente de coche y el de Felicidad, nada menos que en el frente del Ebro, luchando por la República.

 

Ninguna guerra es noble, pero nuestra Guerra Civil fue, sin duda, la más innoble de todas. Nadie salió bien librado. Panero, comunista antes del treinta y seis, se convirtió en un lameculos lírico del franquismo, y hasta tuvo la osadía de mostrarse muy ofendido cuando Luis Cernuda se avino a leerle el poema La familia, en Londres y en plena postguerra, porque le parecía que ese poema se mofaba indignamente de la sagrada institución. La vida puede ser trágicamente irónica.

 

Pues el poema de Cernuda, un agrio retrato familiar, es poca cosa comparado con el retrato que los hijos de Panero, ya muerto el padre, hacen de su propia familia, en aquella legendaria película titulada El desencanto, que es seguramente el mejor reality show jamás hecho en España. El documental debe complementarse con otro filmado más de veinte años después, en el cual los tres hijos vuelven a ponerse delante de la cámara y, sin tapujos, airean sus muchas miserias y algunos de sus escasos esplendores.

 

El morbo intimista no me atrae tanto como la brutal verdad de su testimonio. Juan Luis y Leopoldo María Panero me interesan poco como poetas, pero pienso que la filmación de su esplendoroso fracaso existencial es el mejor poema que hayan podido crear nunca, como también pienso que el más artista y el más lúcido de todos era el pequeño, Michi, muerto de cáncer hace unos años. A él fue a quien se le ocurrió lo de la película y quien desde un principio supo que ellos tres representaban el final de una estirpe. Tempus Fugit.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.