El descubrimiento de la conciencia

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Lo recuerdo muy bien. Debía de tener yo unos cinco años. Estaba acostado, sin poder dormirme, en un cuarto todo en penumbra. De vez en cuando llegaba de abajo, de la calle, el ruido de algún coche y, casi simultáneamente, el fugaz reflejo de los faros dibujado por las molduras del techo. No me sentía inquieto ni esperaba el beso de mamá. Tampoco tenía miedo. Contemplaba resignadamente, como un niño bueno e insomne, el baile de sombras chinescas sobre la oquedad de la pared, mientras que en un flanco de la cama se interponía el bulto oscuro de una silla y en el otro, muy cerca del balcón, se recortaba el perfil hierático de una percha. Es posible que a lo mejor la escena no fuera exactamente así y que en lugar de una percha tuviera delante el bulto de un sillón o el de una máquina de coser, pero lo que sí recuerdo muy bien es la sensación de penumbra, el tintineo de sombras sobre la pared y, de pronto, sin yo esperarlo, un inefable, un angustioso vértigo existencial. ¿Por qué aquí, por qué esto, por qué algo en lugar de nada?

 

Todo niño despierta al mundo -si es que alguna vez despierta- con estas preguntas.

 

El despertar de la conciencia es algo sobrecogedor, como quien se asoma a un acantilado cortado a pico y ve, en su fondo, la inmensidad del océano. Dijo el poeta que no hay mayor pesadumbre que la vida consciente, aunque yo preferiría sustituir lo de pesadumbre por asombro o vértigo.

 

La ciencia avanza diariamente y cada vez el dominio del mundo externo es mayor. Puede que llegue un día en que consigamos desplazarnos a la velocidad de la luz y que nos sea dado reproducir cada segundo de nuestro pasado. El mapa genético permitirá curar futuras enfermedades. Quizá acabemos con el cáncer y quizá nuestros nietos o biznietos vivan mil años. Todo esto puede ocurrir. Lo que ya no veo tan factible es el cabal entendimiento de la mente.

 

Ciertamente la neurociencia terminará por desmenuzar cualquier proceso cerebral y podrá identificar con precisión matemática las neuronas que causan una sensación placentera o en qué parte del cerebro se localiza la memoria, pero el teatro fantasmagórico formado por toda la complejísima cadena de sensaciones y percepciones, de recuerdos y creencias, de sentimientos y deseos que constituye la mente estará vedado para cualquier otro que no sea uno mismo.

 

La sustancia pensante no puede separarse de los estados puramente físico-químicos de nuestro cerebro. Si me arrancan una parte de mi cerebro dejaré de ser quién soy y seré ya otro. No lo dudo. Soy monista. No creo en una glándula pineal que sirva de nexo entre mi cerebro y mi conciencia. Mis procesos mentales son el resultado directo de mis procesos cerebrales. Si bebo dos copas de más, me desinhibo y si tomo un calmante, dejo de sentir ansiedad. La química condiciona mi psicología.

 

Ahora bien, cuando todos los viernes o sábados me pongo a escribir este post ¿lo hago motivado por un proceso cerebral o porque lo desea o lo ordena mi mente? Y si lo ordena mi mente, ¿quiere decirse que está al mando de mi cerebro?

 

Soy monista y no creo en la existencia del alma, pero está claro que la intencionalidad o la causación mental encajan mal dentro de una concepción materialista. De ahí que todavía prefiera leer a Proust o escuchar a Bach cuando busco respuestas al misterio de la vida consciente.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.