El despertar de la pesadilla

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El fin de la Historia con mayúscula parece no tener fin y algunas de las historias entresacadas de los conflictos internacionales me temo que no van a tener el mismo final feliz. Las predicciones de Fukuyama ya se vio hace tiempo que eran demasiado optimistas. Las viejas ideologías murieron, pero el mundo sigue siendo tan conflictivo como antes y bastante más embarullado que cuando existía el telón de acero. Los pueblos felices -se dice- son pueblos sin historia. Así decía Unamuno que había sido el País Vasco durante milenios antes de las guerras carlistas. Sea esto cierto o no, es de esperar y desear que los vascos vuelvan a disfrutar del pastoril bucolismo de antaño, ahora que la historia interminable de ETA parece llegar a su fin.

 

Quienes no creo que vayan a recuperar su bucólica felicidad de beduinos durante algún tiempo son los libios, por más que se hayan librado del tirano. Claro que por lo menos presumirán de tener historia, lo cual no es poco. Pues un pueblo que carece de historia -ni de historias que contar- puede resultar aburridísimo.

 

La historia de un pueblo se teje con gestas heroicas y con hechos infames. La salvaje y sumaria ejecución de Gadafi no es desde luego edificante, aunque la historia, por más que los clásicos insistieran, casi nunca lo ha sido. La historia, más bien, es una mixtificación o, si se quiere, una mitificación del pasado. Pasan cosas y luego lo que se narra tiene muy poco que ver con lo que pasó. La diversidad de testimonios sobre un mismo hecho suele ser siempre sorprendente. Uno recuerda tal cosa y otro tal otra y el de más allá termina por recrear e inventarse el suceso. Afortunadamente esto está cambiando. El relativismo histórico y la parcialidad de la fuente chocan con la foto y con el vídeo.

 

Hace cuatro años las autoridades iraquíes presentaron una versión de la ejecución de Saddam muy distinta de la que luego se vio en otro vídeo hecho con el móvil de uno de los testigos que presenciaron el ahorcamiento. En la versión oficial Saddam había ido al cadalso casi a rastras y con miedo en los ojos y la ejecución se había realizado sin incidentes, de manera respetuosa con el reo. Sin embargo, pocas horas después se vio en otro vídeo colgado en la red que, lejos de tratarlo con respeto, el reo había sido injuriado por los guardias y por varios testigos poco antes de que lo colgaran, y que lejos de sentir miedo, el tirano había sonreído con desdén y contestado irónicamente a las injurias.

 

El final violento de Gadafi difiere también entre la versión oficial dada por el gobierno provisional de Trípoli y alguna de las imágenes recogidas en vídeo por sus captores. No sabemos a ciencia cierta qué pasó y cómo pasó, pero todo hace pensar que tras el ataque al convoy algunos de sus guardaespaldas y el propio Gadafi se escondieron en un desagüe y que cuando lo capturaron estaba todavía más vivo que muerto, porque en unas imágenes de vídeo se ve cómo varios guerrilleros lo sacan de un camión y lo zarandean como si fuera un muñeco de trapo ensangrentado entre una muchedumbre enloquecida. Una sola imagen borra de golpe mil falsificaciones. A Gadafi lo vejaron primero y luego lo ejecutaron a sangre fría, en un final que él mismo, muy posiblemente, esperaba desde hacía mucho tiempo.

 

Uno piensa de inmediato en otros asesinatos famosos, como el de Julio César, por ejemplo. ¿Oyó esos augurios que refieren Suetonio y Plutarco poco antes de ir al Senado? ¿Su mujer soñó su asesinato la noche anterior? ¿Recibió veintitrés puñaladas, siendo solo la segunda mortal? ¿Dijo eso de “Et tu Brute” en latín o lo dijo en griego? ¿Se tapó con la capa al ver que Bruto también participaba en la conspiración? A tenor de lo dicho por los testigos que presenciaron la ejecución de Gadafi todo hace pensar que casi todas las historias que nos vienen del pasado suelen ser un cuento que primero contó un idiota –o un mentiroso- entre el ruido y la furia del tiempo.

 

La historia no toca a su fin por el momento. Todavía tardaremos algún tiempo en despertar de esa pesadilla; y cuando lo hagamos, será porque estará ya toda ella grabada en un smartphone.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.