El dilema del último médico. Desatinos argentinos ante el coronavirus

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El 15 de junio falleció un enfermero en hospital público “Durand” de la Ciudad de Buenos Aires. Desde que se inició la enfermedad, el 3 de marzo, en Argentina, hasta el 15 de este mes, el porcentaje de contagiados del personal de salud es del 8.7% del total de los positivos de la Covid 19 (al día de la fecha hay 32.785 casos).

A pesar de que hace más de 85 días que Argentina se encuentra en cuarentena, estas últimas semanas en la ciudad de Buenos Aires ha ido aumentando exponencialmente la cantidad de casos de coronavirus debido a que se han ido flexibilizando tareas, se han abierto negocios, han aumentado las salidas recreativas, y la posibilidad de salir a correr llevó a un catastrófico aglomeramiento el primer día de más de 10.000 personas.

Hace meses que se recuerda que la única medida eficaz para contener el contagio es mantener la distancia social, lavarse las manos, usar barbijo (mascarilla) y evitar el colapso del sistema de salud. Ese sistema que, aunque sea público y gratuito, vive colapsado. La disyuntiva entre la economía y la salud pública se encuentra constantemente latente. Es una dicotomía que parece insalvable, o al menos así lo parece mundialmente. Nuestro país ha adoptado medidas que harían parecer que prevalece la salud pública, pero una conjunción de desatinos ha ido provocando prontamente que el peligro de la Covid esté cada vez más presente y cerca.

Es entendible que no pueden permanecer eternamente cerrados los negocios, que la gente necesita trabajar o la obligan a trabajar.

Pero la realidad es que después de recorrer muchos hospitales públicos de la Ciudad de Buenos Aires me pregunto… ¿Por qué no pensamos en el personal de salud? Que quede claro: hablamos de médicos y enfermeros que, aún estando licenciados, acuden a los hospitales para atender guardias de 12 a 24 horas con el estrés emocional y físico de poder morir a causa de esta enfermedad. Con un solo día libre a la semana, mal pagados, muchos ni tienen acceso a un almuerzo o a una cena. He retratado que les dan de comer una porción de tarta de pollo hervido con remolacha después de un largo turno de trabajo. Asumo que comen sólo por necesidad. Les han prometido un bono que apenas supera el sueldo mínimo vital y móvil en cuatro cuotas, sólo se les ha pagado una cuota. Se han cansado de reclamar que no tienen el material adecuado para protegerse. No lo tienen. Deben en el mejor de los casos comprárselos con sus sueldos magros. Reciben a diario 90 casos de promedio. Esto quiere decir que cada médico o enfermero debe cambiarse 90 veces: usan dos camisolines que son inservibles hasta para operar, tres pares de guantes que les quedan enormes, un par de guantes esterilizados que con suerte hay de su talla, una funda protectora de los pies casi transparentes, protección para el pelo, doble barbijo (la mayoría no tiene n95 y si lo tienen están caducados), unas antiparras (gafas) y unas máscaras que ellos mismos también se consiguen. Se han cerrado los servicios y consultorios externos. Y, después, cuidadosamente cambiarse, nuevamente, 90 veces más. Hay días dónde hay filas de ambulancia esperando a que reciban a los pacientes con Covid.

Y por si fuera poco llegan a sus casas y muchos les esperan mensajes discriminatorios en los ascensores, les escrachan hasta han prendido fuego sus autos, los han echado de otros trabajos que realizaban porque estaban en guardias con contacto constante. Y se desnudan, literal, en la puerta de la casa por temor a llevar el virus a sus familias.

Conviven con la enfermedad y la muerte sin incentivo alguno.

A las 21 horas todavía se escuchan aplausos hacia ellos. ¿Y si en vez de aplausos nos quedamos en nuestra casa lo que sea necesario para colaborar con ellos?

¿Por qué no se les paga lo que corresponde? ¿Por qué no dignificamos a quienes se exponen directamente a un virus tan peligroso?

Quienes marchan en contra de la cuarentena, los que no creen en el virus, los que transmiten teorías conspiranoicas, los qué afirman que no es excepcional sino una gripe más, qué están delirando con patrañas sobre snanotecnología que se nos insertará con vacunas que aún no se vislumbra que puedan llegar a Latinoamérica hasta dentro por lo menos de muchos meses, quienes no cumplen con las normas porque creen que nada ocurrirá… Permítanse pensar que en las colas de los supermercados, en las ambulancias, en los hospitales, están esos “héroes y heroínas”, y sus lágrimas y transpiración son la base de nuestra subsistencia.

Nadie tiene ganas de esperar horas en un hospital a que le den un resultado positivo. Piensen que mientras esperamos esos médicos están cambiándose quizás por 50ª vez, pensando en sus hijos, llevando a cuestas la muerte o el sufrimiento de amigos o familiares. Son humanos que hacen sacrificios a los que la mayoría no estamos dispuestos.

Las personas esenciales no son tratadas como tales. ¿Qué pasará cuándo ya no haya médicos y/o enfermeros sanos? El dilema no es quién ocupará la última cama, sino ¿quién nos curará, quién nos pondrá un respirador, quién nos dará de comer, quién nos consolará cuándo el último médico o enfermero quede en pie?

Hoy falleció un enfermero más. No hagamos como si nada hubiera pasado. No permitamos que ningún médico, enfermero, personal de salud, ni nadie, muera innecesariamente y en vano. Quédate en casa, vos podés. Sacrifiquemos un poco todos, para hacer que esta situación sea superada prontamente.

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