Los barbijos sonrientes

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Suena una música calma y de naturaleza. La alarma me indica que debo ir a trabajar. Llovizna. Mientras tomo el café en el balcón siento la fría brisa primaveral de un día más de la nueva fase mundial que nos ha atrapado y teñido con el coronavirus. El desafío es mayor, debemos mostrar las consecuencias de algo intangible. Pero existe. Se palpa. Me apuro, algo pasa en la Ciudad de Buenos Aires, una marcha, un reclamo, un accidente. Me pongo el barbijo, agarro la mochila con la cámara y sentada en el borde de la puerta me coloco las zapatillas. Llego a la entrada y me detengo por un instante, me siento mareada. Vuelvo a ser consciente de la realidad que nos atañe por un instante. Barbijos, barbijos y barbijos. De todo color, forma, diseño hasta creo haber visto pasar a una persona con una especie de toalla, algunos/as son tan graciosos que oso pedirles fotografiar. Barbijos tejidos. Copas de corpiño como barbijos. E incluso barbijos que no tapan narices. Reflexiono prontamente si no serán los mismos que usan el casco en el codo. Barbijos con consignas como “la calle no es un lugar para vivir”. Barbijos en la gente que duerme en la calle. Barbijos en el verdulero, en la carnicera… Voy tomando apuntes de la creatividad. El mío está fabricado por mí misma como una cuestión de honor personal, es bien feo, pero es un barbijo al fin y al cabo y así me protejo y cuido a todos. Es verdad que esperé ver a alguna persona que le pusiera barbijo a una mascota y fotografiarle mientras corro entre nota y nota, pero aún no tuve la suerte. Barbijos para niños con dibujitos animados, barbijos transparentes para hipoacúsicos, barbijos con lentejuelas, pañuelos, bufandas, cuellitos que hacen de barbijos. Barbijos inclusive con chistes. Rcuerdo vídeos de Youtube de cómo combinar los barbijos con la ropa. Barbijos para high society hechos por modistas.

Camino rápido. No puedo llegar tarde. Camino como si el mundo se hubiera transformado en polos contrarios y respeto ese espacio invisible que me separa, cómo si tuviera a Sancho Panza en el medio hablándome de mis molinos. Somos cargas negativas y positivas que nos damos chispazos si nos acercamos, pero qué ganas de acercarnos tenemos. Tantas ganas como de irnos a algún polo y que nuestra brújula deje de marcar cualquier destino.

Puedo hacerles una foto, chicas?

Llego a una fila de un comedor popular. Tres chicas muy simpáticas se encontraban sosteniendo un tupper. Son jóvenes, de unos 20 años, vestidas sencillas con calzas multicolores, un saquito azul, campera de jean y/o rompeviento verde con flores, zapatillas que alguna vez fueron blancas y el barbijo. Las chicas acceden, comienzan a reírse apenas subo la cámara.

Pero qué salames, ¿para qué nos reímos si tenemos barbijos?

Medito por un instante. Para mí estaba claro que se veían sonrientes. Les hago un chiste. No resisten la seriedad que imaginaban que debía llevar la foto y una agacha la cabeza, la otra frunce el ceño y achina los ojos maquillados, a otra se le esboza que los pómulos los tenía levantados, las cejas son como dos oruguitas que quieren atrapar los pelos del flequillo, bien arriba. Las miradas brillosas. Se escuchan las risas.

La gente piensa que el barbijo les ha deshumanizado y masificado. Sin embargo no estamos desconectados. Hablamos un poco como Marcel Marceau. A veces pareciera que no nos reconocemos. Pero se nos nota la alegría, el cansancio, la tristeza. Se nos nota la ansiedad. Paso por un parque y una adolescente sonríe mientras se pone alcohol en gel en las manos a una distancia prudencial de otro adolescente. Bah, sonríe un poco ella y su barbijo. Se toca el pelo. Me la imagino mordiéndose los labios, la mirada penetra al pibe, lo conquista, entrecierra los ojos profundos celestes, la piel es tensa y blanca, el pibe le sostiene la mirada. Su barbijo debería quererla besar. Hacían gestos y sostenían el celular señalando vaya a saber qué. Es como una leona cuándo está a punto de atacar a su presa. Más adelante el changarín con uniforme. Tenía profundas ojeras, los ojos vidriosos, se lo notaba cansado. Caminaba apesadumbrado y cabizbajo. Su barbijo era cómo el de un enfermero, esos que están en primera línea junto a los médicos a los que aplaudíamos hace un tiempo, reconociéndoles y agradeciéndoles junto con música y alguna disputa de balcón en balcón por el horario, o por si era cumbia o un pedido de una canción en particular.

Seguimos sonriendo. A veces nos ayuda el barbijo. Nuestro barbijo habla inclusive por nosotros. No hemos perdido nuestra humanidad. Se ven las emociones, hemos logrado reiventarnos, no dejamos de ser seres que buscamos la manada. Solo que es una manada conectada de otra forma.

Mi jornada terminó. Vuelvo a casa. Mientras subo en ascensor me miro al espejo para describirme y volverme a reconocer. Hago caras para reírme de mí misma con mi barbijo casero. Mi preferida es emular que soy muy viejita, como eses que debemos cuidar más que nunca. Arrugo mucho la frente y frunzo la nariz, se me marca profundamente la arruga que tengo entre los ojos. Me río. Bah, se ríe mi barbijo.

Llegué a mi piso. Me saco las zapatillas. Me lavo las manos, sanatizo la mochila y la cámara con alcohol, me cambio. Me están esperando. Por hoy mi barbijo se silencia, se va a dormir.

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