
Hace poco estuve rodeado por los recintos dispares (algunos edificios vistosamente coloridos) del imponente y «kilométrico» Hospital Universitario de Toledo.
Es todo un mundo un hospital, un hospital descomunal como éste. Es uno de los más visibles paraísos del progreso. Más que una zona residencial, donde los enfermos residen. Casi una verdadera población, más extensa y más habitada que la mayor aldea. Permanezco dentro de estas paredes, tan lisas y enjalbegadas, como acompañante de un paciente que ha soportado una venda muy ancha en la espalda y que presumo que cubría, eficaz e higiénicamente, una considerable raja.
Lo primero que uno se encuentra al penetrar por la puerta principal que desliza sus hojas con esa encomiable obediencia electrónica, es un amplísimo vestíbulo que simula el primer espacio, generoso, que exhibe un aeropuerto: escaleras, hileras de asientos, muros translúcidos, vendedores de cupones de la ONCE, cajeros automáticos, aseos relucientes, tienda de carcasas para teléfonos móviles, cafeterías y restaurante con grandes ventanales, caprichosos diseños elaborados con enormes tubos fluorescentes…
Nos vamos adentrando por unos largos y anchos pasillos, muy blancos, muy limpios (que ostentan puertas que quizás den a unos secretos almacenes de enormes provisiones farmacéuticas y nos conducen a unas entradas de ascensores espaciosos que llevan al inicio de otro pasillo, atiborrado de artefactos, destinado a repartir, paralelamente, las diferentes habitaciones donde pacientes se guarecen acogidos en una concreta especialidad médica).
En los cuartos los pacientes descansan, si pueden; un acompañante como yo se entretiene charlando con el paciente que está a su lado, en la cama, leyendo un poco, mirando el móvil o el televisor sin hacerle demasiado caso. El personal del hospital trabaja sin descanso. Atendiendo a los timbres que se pulsan, haciendo camas, revisando la necesaria limpieza de los baños, preparando goteos, administrando las comidas, repartiendo pastillas…
La verdad es grato apurar el crepúsculo con las luces del cuarto ya encendidas, realizando algunos deberes al final del día que habíamos prometido llevar a cabo: a mi paciente yo le leo algunas páginas de Victoriano Crémer y de Irene Vallejo. Ya a última hora, le pongo, dándole auriculares, la última película protagonizada por Ana Belén, Islas, pero se queda dormida. Yo me acomodo en ese sillón extensible, esperando un buen sueño, muy contento con auxiliarla: darle agua, abrir la puerta, cargarle el móvil… Porque tuvo la prescripción de no levantarse de la cama, para nada, durante algunos días para que las heridas cicatrizasen correctamente.
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Sólo me he anestesiado con la llamada anestesia epidural. Consiste en inyectar un componente, no en la vena sino en la columna vertebral para suprimir el dolor sólo en una parte del cuerpo. El paciente no siente nada, aunque le rajen la pelvis, pero es consciente del proceso de la intervención.
Una vez me operaron, en otro hospital, privado, precisamente toledano también, de hernia inguinal, aplicándome este tipo de anestesia epidural. Mientras los variopintos bisturíes se hundían en mi carne, se retransmitía en un aparato de radio, ubicado en el quirófano, un encuentro futbolístico de importancia, no sé si derbi o partido de copa. El cirujano y los componentes de su equipo exhalaban suspiros fervorosos atendiendo al equipo preferido. A mí, que no me gusta el fútbol, me prohibieron hablar y blandir expresiones de entusiasmo.

No propiamente anestesia sino contundentes productos relajantes he probado durante unas pruebas gastroscópicas, que me he hecho varias veces, y que tardan únicamente 15 minutos, como máximo, en realizarse. El componente estrella es el propofol, un líquido blanco con el que se drogaba todas las noches Michael Jackson, y que llamaba mi «biberoncito». Acabó muriendo de una sobreingestión de propofol y benzodiazepinas.
El efecto del propofol es muy rápido y permite una recuperación inmediata y sin sobresaltos, manifestada en una limpieza sin igual al terminar la prueba endoscópica. Me seduce mucho ese efecto. Proporciona como una buena muerte, aprobando, tan confortablemente, el dejar de ser uno. Como dicen los monjes en el oficio de Completas de la Liturgia de las Horas: una muerte santa. Lo único que me pasa es que en el primerísimo momento de la recién inaugurada vigilia, ignoro dónde estoy ni en qué momento exacto vivo al salir de tan completa y apetecible relajación.




