El enigma de Santa Reina Teresita

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Llamaron mi atención desde el interior de su escaparate. “¿Es que no te vas a detener para contemplarnos?”, parecieron decirme al unísono, a través del grueso y alto vidrio; “o, ¿es que alguna vez, te has encontrado con una pareja como nosotras?”.

No sólo me detuve ante ellas por la supuesta llamada de atención recibida, sino porque parecían dos muchachas hermosas y risueñas, vestidas como Cholitas -a lo Frida Kahlo- con altas cestas sobre sus cabezas. Lo único que no era de barro en ellas, se reducía a las flores que portaban en sus canastillas. Parecían dos cariátides aztecas escapadas de su peristilo, para recolectar flores silvestres por la campiña. Aunque rígidas -por su naturaleza mineral- desprendían toda la belleza, sensualidad y misterio de unas danzarinas balinesas, o unas odaliscas de Sandro Boticcelli, Henri Matisse o Pablo Picasso.

No había realizado ni un solo disparo fotográfico en toda la tarde, a pesar de que mi cámara hubiera viajado conmigo durante el paseo previo, que había desembocado en el descubrimiento de las doncellas de barro. “¿Es que no vas a retratarnos, por pereza de sacar la cámara que llevas en el bolsillo de tu chaqueta?”, parecían reprocharme desde el interior de su tabernáculo de vidrio. “Acaso, ¿no nos encuentras bellas y singulares?”. A pesar de su zalamería, parecían tener toda la razón del mundo. ¿A qué estaba yo esperando para fotografiarlas? Desde la acera, cámara en mano, frente a ellas, comencé a percatarme de la delicadeza de sus rostros, de su floreada vestidura en relieve, y de sus grandes pendientes de margaritas; de sus trenzas recogidas o sueltas, como Damas de Elche del otro lado del Atlántico; toda una sinfonía natural de barro, de gran calidad cerámica. La rica arcilla -moldeada, modelada y alisada- de San Antonio de Ocotlan -con que habían sido hechas- les permitía rivalizar con las más bellas pieles de las princesas aztecas.

Nunca antes había sentido que una mirada de barro pudiera resultar tan intensa y conmovedora. No exentos de un cierto toque de tristeza, sus ojos revelaban dos personalidades completamente distintas, como si unas simples hendiduras en la arcilla hubieran bastado para configurar una personalidad única.

Lo que sí transmitían esas dos gráciles figuras femeninas, era que habían sido concebidas y realizadas en unas condiciones especiales y particularísimas, podría intuirse que casi mágicas. Desprendían mucha vida y misterio, para pasar por dos simples tanagras de terracota. Parecía que ambas tenían la misión de transmitirme algo esencial y profundamente revelador, pero que para mí seguía resultando cifrado. “¿Cuál sería el secreto o la fórmula precisa de su gracia y vitalidad?”, me preguntaba, mientras intentaba capturar con mis disparos, mis propias respuestas.

A ambos lados de las sacerdotisas de arcilla -sobre la peana- lucían dos rótulos explicativos, de los que tomé sendas fotografías. El primero estaba cuajado de tipos, y el segundo, era esquemático como una ficha. No pude leerlos hasta llegar a mi casa, pues durante el paseo no llevaba conmigo las lentes adecuadas. Tras la lectura de las fotografías, transcribí sus contenidos, que rezaban lo siguiente:

 

RÓTULO PRIMERO

José García Antonio y su esposa Santa Reina Teresita Mendoza han construido un invaluable legado cultural para México. En su taller familiar, ubicado en el municipio de Ocotlan, estado de Oaxaca, se elabora un extenso repertorio de figuras que incluye sirenas, macetas, danzantes y floreros. Cada pieza es modelada manualmente, y posteriormente cocida a más de novecientos grados centígrados en un antiguo horno de piedra.

Junto con sus hijos y nietos, estos maestros son los únicos alfareros de su comunidad. La calidad de su trabajo los ha hecho distinguirse a escala local, nacional e internacional. Aunado a lo anterior, José García Antonio ha ganado prestigio y admiración debido a que su condición de invidente no ha sido impedimento para realizar su vocación de escultor.

Hace más de veinte años, García Antonio perdió la vista a causa del glaucoma. Desde entonces, Santa Reina Teresita ha desempeñado un papel fundamental dentro del taller. Mientras él esculpe las figuras, ella afina los detalles de los rostros y peinados, así como los bellos ojos característicos de sus personajes. Además del talento y dedicación de los maestros, las cualidades materiales de los barros de la zona han sido fundamentales para la calidad de sus piezas.

En algunas entrevistas José Antonio ha dicho que mientras él esculpe con el tacto, su esposa se ha convertido en “sus ojos”. Así, esta pieza de la colección Grandes Maestros del Arte Popular de Fomento Cultural Banamex nos permite conocer una bella historia de amor, colaboración creativa, riqueza natural y superación personal a través del arte.

 

RÓTULO SEGUNDO

José García Antonio

Maceteras, 2004

Barro moldeado, modelado, alisado y decorado con aplicaciones

San Antonio Ocotlan, Oaxaca

Grandes Maestros del Arte Popular

Colección Fomento Cultural Banamex, A. C.

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FOTOGRAFÍAS: Juan Antonio Vizcaíno

 

 

 

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1 COMENTARIO

  1. Preciosas estatuas de barro con gran fuerza expresiva en sus rostros y en sus cuerpos. Pero sobre todo excelente artículo de Julio José de Faba que describe con maestría esas dos figuras de barro. Sin duda sus miradas resultan inquietantes.

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