El futuro de la palabra escrita

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De un tiempo a esta parte me pregunto cómo será el escritor del futuro y, según le doy más vueltas al asunto, más me convenzo de que el escritor, el periodista y el alumno universitario dictarán casi todo lo que escriben, tal como lo estoy haciendo yo ahora mismo. No me imagino a nadie que de aquí a unos pocos años utilice un bolígrafo o el teclado para escribir. La nueva tecnología cambiará en buena medida el tipo de escritura del futuro. Eliminado el trabajo manual en la producción textual, el texto que salga será más fluido y, posiblemente, más directo, aunque puede que pierda calado y complejidad. Desde luego no me imagino un discurso tortuoso a lo Hegel o una narración con los enrevesados períodos de Proust o de Faulkner.

 

Esta oralidad escrita que se avecina puede que traiga también más palabrería y prolijidad, con el peligro consiguiente. Pues cuanto más prolífico es el escritor, más se repite y más se deja llevar por la corriente mostrenca del lenguaje. Atisbo, sin embargo, ventajas. Así, la palabra hablada suele tener más ritmo y tiende a ser más espontánea.

 

Otra ventaja que nos proporciona la era digital es el acceso cada vez mayor a cualquier tipo de reproducción visual procedente del mundo externo. Yo no es que crea que una imagen valga por mil palabras, pero una palabra, con el soporte de una ilustración, sí que parece multiplicarse por mil. Una descripción verbal de la Torre Eiffel, sin la consiguiente tarjeta postal, se nos representa en el cerebro como una herrumbrosa torre de Babel.

 

Está claro que la imagen invade más y más la imaginación del lector. Dentro de muy poco todas las calles de cualquier ciudad y de cualquier pueblo o aldea estarán a disposición de quien quiera verlas. Y lo mismo pasará con la vastedad del campo o la profundidad de los océanos. Ya sea en la jungla, en los picos montañosos o en los cráteres de los volcanes, apenas quedará ningún recoveco reservado a la imaginación. La imagen del mundo será ubicua, omnipresente, total.

 

Se puede conjeturar que, ante esta situación, al escritor del futuro solo le quedará el mundo de los sueños, ya que no preveo que en un futuro próximo sea posible filmar una pesadilla o un dulce sueño entre cocoteros en alguna playa del Caribe. La mimesis (o la representación de la realidad) estará toda ella digitalizada en un chip. La descripción realista se volverá, así, más lacónica de lo que ya de por sí era con la aparición del fotograma, mientras que el discurso ensayístico abusará aún más de la digresión, dentro de este marco oral que aporta la tecnología del reconocimiento de voz.

 

Claro que se puede pensar que el escritor dispondrá de distintas alternativas. Escribirá al dictado, pero también podrá corregir y añadir manualmente aquello que se haya dejado en la punta de la lengua, de igual manera que antes se lo dejaba en el tintero. La corrección estilística, así como el bloqueo que el escritor siente ante la página en blanco, me temo que no desaparecerán, aunque en lugar de escribir a mano dicte delante de una pantalla.

 

Queda por saber si leeremos, como hasta ahora, un texto de principio a final, o si, más bien, pasaremos de una página a otra o de un link a otro como quien cambia de canal. Cabe preguntarse también si leeremos en silencio, en un confortable sillón y junto a una chimenea, o si la mayor parte del tiempo será un teléfono móvil quien nos lea en voz alta el editorial de un periódico o el best seller de turno. Sea lo que sea, es de suponer que uno siempre podrá echar mano de los subtítulos cuando quiera disfrutar del discurso original.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.