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Mientras tantoEl genocidio del que nadie quería hablar

El genocidio del que nadie quería hablar


La primera vez que oí hablar de un supuesto genocidio de cristianos en África fue este pasado verano. Recuerdo que por aquellos días la vuelta a España acaparaba titulares por las protestas de activistas propalestinos y en ese contexto, cuando los asesinados en la Franja superaban ya ampliamente los 60 000, un conocido mío reposteaba en una red social un largo texto en el que su autor denunciaba esa matanza de la que, se podía leer con una contenida indignación, “nadie quería hablar”.

Me alarmé.

Que un acontecimiento de tal magnitud pudiese estar sucediendo sin que trascendiese a la opinión pública resultaba intolerable y dejaba a los medios de comunicación cómplices de tal ocultamiento en la más vergonzosa de las posiciones. Si, por el contrario, el contenido de aquella publicación era falaz, una invención o una exageración sin fundamento, los motivos para la preocupación no desaparecían. Aunque creyente y de ideas más bien conservadoras la persona que había compartido aquel grito de auxilio no era precisamente ni un ultra ni un esparcidor de bulos. Al contrario, a su condición de profesor de humanidades con muchos años de ejercicio sumaba el haberse guiado siempre por la ponderación en sus juicios. ¿Cómo alguien con estas credenciales podía dar por buena una noticia semejante?

Me puse a hacer algunas pesquisas y no tardé en descubrir que mensajes similares, con frecuencia acompañados de imágenes escalofriantes, circulaban en abundancia por canales de Whatsapp y Facebook. Miembros de VOX y simpatizantes del partido de Santiago Abascal estaban entre los principales propaladores de unas informaciones en las que al tiempo que se criticaba a los medios por la atención que dispensaban a lo que estaba ocurriendo en Oriente Medio, se acusaba a la “izquierda globalista” (sic) de silenciar este escandaloso crimen.

Aunque empezaba a barruntar por qué “nadie” quería hablar de este “genocidio” no quise precipitarme. Pese al tono chirriante de esos mensajes mis indagaciones confirmaban que, efectivamente, en países como Nigeria, la República Democrática del Congo, la República Centroafricana, Mozambique o Somalia el clima de persecución hacia comunidades cristianas había provocado desplazamientos de población y, según algunos organismos, cientos de muertos en los últimos años. Había, por tanto, una base. ¿Pero hasta qué punto se podía sostener la utilización del término “genocidio” o, por el contrario, no estábamos sino ante una de esas “batallas culturales” que se libran en las arenas digitales?

Facta, non verba

Que la violencia por motivos religiosos no es excepcional en algunos lugares de África es un hecho. Pero no lo es menos que los cristianos no son ni los únicos ni con frecuencia los más numerosos entre las víctimas de los atacantes. Casos como el del grupo armado somalí Al-Shabab, cuyas iniquidades afectan a civiles mayormente musulmanes, o el del propio Boko Haram, responsable de unas 40 000 muertes directas y de 2,5 millones de desplazados internos en el noreste de Nigeria, pero que no discrimina a la hora de atentar tanto contra curas como contra imanes que rechacen su ideología extremista, prueban que esta violencia es multicausal y combina desde rivalidades étnicas hasta competencia por tierras y recursos pasando por la criminalidad organizada, lo que en un contexto de debilidad estatal termina creando un cóctel explosivo que impide aplicar la etiqueta legal de genocidio al fenómeno.

Asimismo, y pese a que el número de víctimas no es un criterio determinante, no es menos cierto que por mucho que, tratándose del segundo continente más poblado del planeta, con más de 1.500 millones de habitantes, también desde un punto de vista cuantitativo –y sin restarle importancia a una sola de esas víctimas inocentes– la comparación con lo que venía ocurriendo en Gaza, donde en apenas dos años (y tras décadas de hostigamiento continuo) habían muerto o resultado heridos más del 10% de la población, no solo era abusiva sino que revelaba una inquietante paradoja: el hecho de que muchos de los que criticaban el “genocidio cristiano” jamás hubiesen considerado como tal lo que venía sucediendo en la Franja a pesar de que aquí parecieran confluir todos los requisitos legales, que no se limitaban a la existencia de violencia masiva ni al hecho de que las victimas pudieran formar un grupo protegido, sino a que se cometieran actos enumerados en la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 y, sobre todo, que existiera intención específica de destruir total o parcialmente a ese grupo por pertenecer a él.

Puede que fuese yo un mal pensado, pero a estas alturas empezaba a tener la sensación de que muchos de quienes alzaban la voz en defensa de estas víctimas olvidadas se estaban dedicando a echar a pelear entre sí a los muertos, como si en vez de moverles una legítima consternación estuviesen aquejados de esa hemiplejia moral que tanto le reprochaban a los demás. Lo que, si se me permite la expresión, no parecía muy cristiano.

Entonces llegó Trump

Todo no habría pasado de ser una más de las campañas de intoxicación a las que la ultraderecha nos tiene acostumbrados si no fuese porque la difusión en redes de este tipo de mensajes pronto demostró ser solo la parte más visible de una operación más amplia con epicentro en Estados Unidos. Ya en marzo pasado, el congresista estadounidense Chris Smith pidió que se volviera a incluir a Nigeria –Biden había sacado al país africano de la lista–, en la nómina de Countries of Particular Concern (CPC), una designación, que aplica el Departamento de Estado norteamericano a los países que “participan o toleran violaciones particularmente graves de la libertad religiosa.”

Apoyándose en informes de dudosa fiabilidad de organizaciones procristianas, como la ONG holandesa Open Doors, que en 2023 publicó un informe, citado habitualmente por políticos estadounidenses, en el que se afirmaba que “el 89% de los cristianos martirizados en todo el mundo se encuentran en un solo país: Nigeria”, algunas figuras republicanas como el senador estadounidense Ted Cruz, que acusó a Nigeria de “facilitar el asesinato en masa” de cristianos, terminaron de allanarle el camino al Trump desatado que salió a la palestra hace unos días. “De no poner el gobierno fin a la “amenaza existencial” a la que se enfrentan los cristianos en Nigeria, miles de los cuales “están siendo asesinados” por “islamistas radicales”–escribía con su inconfundible estilo el presidente estadounidense a través de Truth Social [la cursiva es mía]–, no solo podría EE.UU. “interrumpir de inmediato toda la ayuda a Nigeria”, sino que bien “podría entrar en ese ahora vergonzoso país pegando tiros para erradicar completamente a los terroristas islámicos que están perpetrando estas horribles atrocidades”.

Republicanos como Ted Cruz, que acusó a Nigeria de “facilitar el asesinato en masa” de cristianos, terminaron de allanarle el camino a un Trump desatado.

Que la mayoría de las víctimas de los grupos armados en el país –como el propio Massad Boulos, asesor principal de Trump para asuntos árabes y africanos, afirmó a mediados de octubre– fuesen musulmanes; que alguien como Ladd Serwat, analista sénior para África del centro de estudios estadounidense Armed Conflict Location & Event Data (ACLED), declarase que, a pesar de que determinados grupos insurgentes “a menudo presentan sus campañas como anticristianas, en la práctica su violencia es indiscriminada y devasta comunidades enteras”; que agencias como Associated Press hubiesen corroborado que, de acuerdo con sus investigaciones, “tanto cristianos como musulmanes son asesinados en las crisis de Nigeria, y que las víctimas a menudo son determinadas por su ubicación y no por su religión”; que las propias autoridades nigerianas, empezando por su presidente, hayan insistido en que Nigeria es “una democracia con garantías constitucionales que defiende firmemente la libertad religiosa”, no han impedido ni la escalada verbal de la alt-right, incluyendo a sus filiales europeas, ni que el mundo vuelva a contener la respiración mientras se dilucida si el “rápido, violento y cruel” ataque que ha prometido Trump en caso de que el gobierno nigeriano no se mueva “rápidamente” es otra de sus atrabiliarias amenazas o el ensayo general de un nuevo Afganistán.

¿El fin del mundo común?

Si bien podemos rastrear la doctrina de la “noble mentira” en Platón; si ya en el siglo XVI, coincidiendo con el nacimiento de la ciencia política moderna, hizo fortuna aquella locución latina de “mundus vult decipi, ergo decipiatur” (“el mundo quiere ser engañado, así que dejémosle ser engañado”); si los bulos, las manipulaciones, las tergiversaciones interesadas –desde la Donación de Constantino a la existencia de las supuestas armas de destrucción masiva de Irak– llevan desgarrando el tejido de la realidad y desviando el curso de la Historia desde que el mundo es mundo, ¿qué ha pasado ahora para tener la sensación de que se ha traspasado un nuevo umbral?

Máriam Martínez-Bascuñán fecha en el 22 de enero de 2017 el día en que algo se rompió definitivamente. Esa jornada, según relata en su reciente El fin del mundo común. Hannah Arendt y la posverdad, la NBC emitió una entrevista en la que la consejera presidencial Kellyane Conway justificaba en directo la falsedad esparcida por el por entonces secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer –quien había asegurado contra toda evidencia que la toma de posesión de Donald Trump había convocado a “la mayor audiencia que jamás había presenciado una investidura”–, con la excusa de que el anterior no había falseado la realidad, sino ofrecido “hechos alternativos”. Según esta profesora de Ciencia Política de la UAM en aquel momento y en cuestión de minutos, “la era de la posverdad quedaba inaugurada”. Y no porque los límites entre la mentira y la verdad se hubieran desdibujado, sino porque la propia distinción entre lo verdadero y lo falso “había dejado de existir”. Dicho de otro modo: “la verdad se había vuelto irrelevante”.

La propia distinción entre lo verdadero y lo falso “había dejado de existir”. Dicho de otro modo: “la verdad se había vuelto irrelevante”.

Algo así no ocurre de la noche a la mañana. Para que desde la cúspide misma del poder político se atrevan a poner en cuestión la base misma de la realidad; para que, a otra escala, mensajes como los que motivan el presente artículo calen incluso entre personas por lo general razonables y prudentes, es necesario previamente haber alimentado un entorno de “persistente de confusión”, una “niebla cognitiva” que al tiempo que sumerge el debate público en una “sucesión de lemas, reacciones viscerales y relatos cerrados” es capaz de conseguir que la “fidelidad al grupo”, la “lógica tribal” terminen valiendo más que la “evidencia y el pensamiento crítico”. En ese instante la “posibilidad de una destrucción paulatina del fundamento compartido sobre el que se construyen la deliberación y el juicio ciudadano en nuestras democracias” deja de ser una hipótesis descabellada y ese “mundo común”, ese “espacio real y objetivable donde los hechos se incrustan, donde nuestras opiniones y juicios encuentran sustancia”, afirma Martínez-Bascuñán a partir de su aguda lectura de Arendt, termina convertido en “fragmentos inconexos”.

Apelar al conocimiento experto, lamentarse por la pérdida de los mediadores tradicionales, o apelar al fact-checking, como el que sobre el supuesto genocidio de cristianos en África realizó RTVE hace unas semanas para desmontar algunos de los burdos montajes que han corrido por los móviles, no solo suele ser inútil sino que puede resultar contraproducente una vez que la mentira se ha convertido en norma y que muchas personas – ese “pueblo auténtico” al que le gusta que le digan “las cosas como son”– se han convencido de que “sus creencias personales no son solo puntos de vista, sino verdades absolutas”.

Si algo tendría que habernos enseñado el Brexit, las dos victorias electorales de Trump o la misma crónica de estos dos “genocidios” (el real y el inventado) que tan opuestas lecturas han suscitado es que si de algo se alimenta la posverdad es de la “renuncia a pensar, de la aceptación pasiva del relato dominante, del impulso de sentirnos informados sin haber hecho el esfuerzo de comprender”. Es ese marco en el que las actitudes xenófobas –islamófobas de manera más concreta– se celebran “como actos de resistencia” frente a agravios reales o imaginarios, en el que un desnortado sentido de identidad separa el mundo en un “ellos” y un “nosotros” irreconciliables, en el que toda discusión se libra en un campo de batalla simbólico y emocional, el que hay que quebrar. Es precisamente ahí, entre la Escila de las verdades incontestables y el Caribdis relativista, esto es, “en medio del debate, en el cruce de relatos” y no en la huida a la torre de cristal donde la política, la buena política, debe hacer honor a su nombre. Reivindicando las virtudes del pluralismo, sin duda. Siendo capaces también de no caer en el simplismo de reducir a la condición de bárbaros o de ignorantes a esa parte de mundo común que se nos ha quedado atrapada en burbujas digitales, cámaras de eco y algoritmos. Pero teniendo claro al mismo tiempo que frente al “rencor, defensivo y reaccionario” de aquellos para quienes el “futuro anhelado” es una “promesa de retorno” –por decirlo con Antonio Gómez Villar– no valen ni la simple apelación a una racionalidad deliberativa habermasiana, ni el recurso a ninguna retrotopía, por utilizar la expresión de Bauman, que intente extraer de un pasado idealizado el modelo de una sociedad mejor. La nostalgia no se puede combatir con otra nostalgia de signo contrario. Menos aún cuando la primera, gracias a la alianza entre poder político y económico, cuenta con recursos de persuasión casi ilimitados y es especialista en movilizar afectos primarios como la soledad, la desorientación, el miedo o la ira.

La nostalgia no se puede combatir con otra nostalgia de signo contrario.

Solo instaurando la pasión por el conocimiento en el centro de la práctica política, haciendo de la curiosidad, según la definición de Foucault, una inquietud centrada en “el cuidado de no aceptar lo que se da por evidente”, solo combinando firmeza en la defensa de los principios con humildad a la hora de aceptar las propias limitaciones, solo dejando los puentes tendidos contra toda esperanza, tendremos alguna oportunidad de socavar la “hipercrítica conspiranoica” y el “narcisismo herido” de quienes se ven a sí mismos como una “minoría oprimida” en manos de unas “mayorías progresistas opresoras”. Es más fácil de decir que de hacer, pero victorias populares como la de Mamdani en Nueva York nos recuerdan que frente a esas comunidades esencialistas que no son sino la agregación de individualidades aisladas, una ética de la hospitalidad construida en torno al concepto de el “común”, sigue siendo posible.

 

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