El hombre disperso en la playa verde, 20

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MIS LIBROS ILUSTRADOS

Un buen libro y un dibujo.

RELATOS SIN MIEDO

La bolsa de deportes

Nos alejamos del pueblo asomado a la risa del mar.

Navegábamos en el Chasquiño, un barco marinero pintado por las gaviotas, que en su avance iba dejando una herida blanca.

Una vez en alta mar, sacamos los aparejos para pescar al curricán y unas millas después ya había peces en la cubierta batiéndose como pequeñas olas llenas de destellos.

Desde más allá de la mirada la niebla iba borrando lo físico y casi sin darnos cuenta entramos despacio en la nada. Los lamentos de las gaviotas sobre nuestras cabezas nos decían que la tierra estaba cerca y cuando conseguimos verla, no era la que esperábamos. Fondeamos en una playa blanca custodiada por una muralla verde. Nos lanzamos al agua y llegamos a la orilla rodeados de pequeños marrajos. Abrimos el pan, las latas y la cerveza y nos dejamos caer sobre la arena mullida.

Cuando el cielo ardió con el sol, me senté en la proa a contemplar las pasiones de las nubes. Los demás estaban bromeando junto a la cabina. Caminé bamboleante hasta ellos y vi una alfombra de revistas porno y una bolsa de deportes abierta que enseñaba muchas más.

Millones de estrellas nos observaban mientras bebíamos sobre la cubierta con risas, bromas y linternas, acompañados de mujeres y hombres desnudos en las hojas que olían a tinta. A las tres de la mañana nos quedamos dormidos en sacos.

Pasaron los días del verano y mis amigos volvieron a sus ciudades. De esa travesía me había quedado con una página de una mujer desnuda. Cada noche se acostaba a mi lado, desinhibida ante mí como una flor abierta. Yo era King Kong cuando la sostenía en la palma de la mano, o el protagonista de “En brazos de la mujer madura” cuando me quedaba dormido con las palabras de los libros.

Mi madre entraba en la habitación antes de acostarse y me arreglaba el dormitorio todas las mañanas. Yo escondía a la chica al levantarme, unas veces debajo de la cama, otras detrás del radiador, pero siempre estaba buscando nuevos y variados lugares.

¿Qué hacer para librarme de semejante mujer con esa actitud tan liberal? Entonces recordé un número circense que vi en la televisión, una mujer doblaba su cuerpo de tal manera que podía meterse dentro de una maleta. Y esa noche me dio morbo doblarla. Comencé a plegarla con cuidado hasta que solo podía ver su sonrisa, me senté encima y al instante apareció mi madre ¿Todavía estás así? y me besó en la frente. Ya solo, la fui desdoblando y, pliegue a pliegue, descubriéndola de nuevo.

Antes de comenzar el colegio, un día que el cielo lloraba, a mi madre se le dio por ordenar el garaje de la casa. Al rato me llamó: ¿De quién es esta bolsa de deportes? Pues no lo sé, contesté sin pensar. Pero como un fogonazo, mi mente vio una orgía en el mar. Abrió la bolsa y encontró la montaña de revistas, su rostro cambió como si viese el Everest. Me miró y dijo: ¡Haría cualquier cosa para que esto no fuese verdad!. ¡Eso no es mío!, decía yo. ¿Entonces de quién es? Me quedé en silencio por no delatar a nadie.

Cargando con la bolsa de deportes, con una fuerza impropia de una mujer menuda, salió del garaje traspasando la cortina de agua. Avanzaba firme acostando la hierba empapada mientras yo la seguía temeroso a cierta distancia. No se fijó, pero yo sí, en el gallo sin cabeza que acababa de matar Esmeralda que corría por el césped como un zombi chorreando sangre hasta que se desplomó ante el tronco retorcido de un ciruelo. El cañaveral que lindaba con la casa se movía con el viento increpándome: ¡Culpable, culpable…!.

Al fondo del jardín, había una cocina con una campana de piedra que usábamos los domingos para comer en familia. Colocó unos troncos para hacer una pira, arrugó con rabia las noticias de un periódico y prendió la hoguera con un mechero. Un humo negro y espeso surgió con unas tímidas formas de fuego.

Mi madre abrió la bolsa y dijo: ¡En mi vida vi semejante cosa!, me da asco toda esta gente amontonada haciendo barbaridades. Fue arrojando las revistas al fuego, pero aquello no ardía. De vez en cuando aparecía un resplandor entre las portadas de azules eléctricos y verdes, violetas insólitos y rojos, pero el humo ahogaba el fuego. Y entonces ella empezó a gritar: ¡Esto es cosa del diablo, lo sé! Me ordenó que fuese al garaje a por una lata de gasolina. Los toques lentos de las campanas de la iglesia me acompañaron en el trayecto de ida y de vuelta, tañidos de muerte que me erizaron aún más la piel.

Roció a toda aquella gente con la gasolina y en ese mismo instante nos retiramos hacia atrás porque si no, los únicos que hubiésemos ardido habríamos sido nosotros. Una explosión naranja lo invadió todo mientras decía: ¡Desgraciados os enviaré a todos al infierno!

La combustión se ralentizó enseguida y mi madre decidió esperar sentada.  ¿Qué clase de papel era ese que apagaba las llamas y no se consumía? Me mandó a la cocina para buscar una bolsa grande de judías y dos cuchillos. Estuvimos largo tiempo contemplando las llamas, mientras los hilos verdes caían al suelo.

Llegó la hora de comer, la siesta, la tarde aburrida y la chimenea seguía transformando lo físico en etéreo. Me fui a la cama y tuve a la chica durante un tiempo entre mis manos, aliviado porque se había salvado, hasta que me quedé dormido. En un lugar del sueño vi cuerpos soplando con todas sus fuerzas a unas grandes llamas, mientras otros distraídos se enmarañaban en ellas en una orgía, trasportándose a otro lugar, anulando el dolor y el sufrimiento.

A la mañana siguiente me levanté muy temprano. Corrí a través de la hierba hasta la chimenea y, entre las cenizas, todavía quedaban pequeños trozos de carne.

Durante mucho tiempo seguí doblando y desdoblando a aquella mujer.

 

IMÁGENES MENTALES

 

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