El honradizador de políticos

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En cierto modo es un alivio confirmar que los partidos que nos han gobernado durante décadas son proclives a la corrupción. Nuestro país, nuestras autonomías necesitan gente astuta a los mandos, que sepa defenderse de los ardides del extranjero. Si no, el gobierno italiano o el Comité Olímpico habrían usurpado el poder hace ya tiempo a nuestra joven e incauta democracia.

 

Otro impacto positivo del mangoneo es la burbuja inmobiliaria. Hemos protegido nuestro territorio contra tsunamis con una barrera costera infranqueable. Y cuando vengan los extraterrestres cargados de dones ¿dónde van a encontrar más pistas de aterrizaje que aquí?

 

Además hemos conseguido que durante años casi ningún emprendedor o empresario invirtiera en modernizar. Cualquier inversión palidecía ante las rentabilidades del ladrillo. Ahora, cuando nos pongamos, tendremos todo a la última y más barato. Como con las pantallas planas, el secreto es esperar.

 

Vale, mientras tanto muchos pueden haber sido perjudicados. Pero hasta dónde hubiéramos llegado cada uno de ser éste un país decente, nunca lo sabremos. Éste es un gran consuelo vital. Sería mucho peor que te vaya mal y encima creer que te lo mereces. Repetid conmigo “no estoy mal programado, es el sistema operativo”.

 

¿A qué debemos haber disfrutado de esta bendición? Un factor clave, en mi análisis, es el servicio doméstico. Todos los anuncios que veo en las farolas dicen algo así como “se ofrece señora seria, responsable, de confianza, con referencias”. El extraño atractivo que ofrecen las labores en el hogar al segmento de gente virtuosa ha sustraido a los cuadros políticos de la lacra de la integridad.

 

La gente lo sabe. Un 81% de los españoles creen que los partidos políticos son corruptos. Como hay cientos de miles de cargos dependientes de la política, supongo que el 19% que contesta que no lo cree son éstos más los próximos más los corruptores más las almas cándidas.

 

El problema es que la corrupción se nos está profesionalizando, y corre el riesgo de ser justa. Me explicaré. Un promotor confesaba en una entrevista que el mejor sitio para pagar sobornos era Marbella porque Jesús Gil era “un hombre justo”.  La cuestión es que pedía a todos los constructores lo mismo según lo  edificado. Tenía el soborno parametrizado. El promotor sabía que la torre de al lado no tendría mejores condiciones, y podía pagar tranquilo. En otros pueblos no pasaba eso y podías arruinarte porque el alcalde favorecía a otro más afín. Muy “edificante”.

 

Ese momento me di cuenta de que la corrupción industrializada se asemejaría a un sistema de libre mercado perfecto, que podría flexibilizar las leyes y acelerar los ritmos burocráticos, convirtiéndonos en un estado ultracompetitivo.  La corrupción competiría con ella misma y se haría virtuosa. Cualquiera podría comprar a cualquiera, superando en efectividad como método de gestión incluso al mito del management de la “organización en red”. Sabríamos cuánto cuesta conseguir cualquier cosa y ésta se haría rápido y con esmero porque habría incentivos directos y poca fricción. La invasión política del sistema legislativo, judicial, medios, sindicatos… pasaría de ser un mal a multiplicar la eficacia y alcance de esta arquitectura. Para gestionar bien la corrupción, los partidos podrían incluso tener incentivos para poner en los puestos gente que supiera de qué iba el tema…

 

Sentí terror, pues es sabido que lo único que nos protege contra la burocracia es su incompetencia. Un poco más de corrupción y nos podíamos convertir en una especie de Silicon Valley gestionado por comunas amish menonitas. Sobre-cogedor, sin duda.

Había llegado la hora de actuar. Me puse a reflexionar sobre qué alternativas tenemos para intentar que un exceso de corrupción no alcance una masa crítica paradójica que nos haga como a esos países desaboríos cuyos ministros dimiten por plagiar un doctorado o intentar frenar una multa. Los políticos llevarían uniformes como los de la Fórmula 1, señalando a los esponsorizadores. Se darían poderes a la Comisión del Mercado de la Competencia u otro organismo regulador para que normalice la venta, compra, distribución y posesión de políticos de acuerdo a lo hecho en otras industrias. Habría venta de políticos para coleccionistas en la Plaza Mayor. Los partidos políticos saldrían a bolsa. Tendríamos en los bares máquinas expendedoras de favores y las recalificaciones de terrenos en eBay…

    – Denunciar a los políticos que practiquen una corrupción limpia, esmerada, no caprichosa. Carísimo de identificar.

 

   – Sobornar a todos los políticos que haga falta hasta conseguir que firmen una ley anticorrupción. Riesgo de acelerar el proceso.

 

   –  Contratar asesores que los encaucen y detectives que los vigilen. Seguramente evitaríamos que lleven antifaz y que hagan gestos gangsta de rapero en los mítines, pero más contrataciones de nuevo aceleran el proceso.

 

    – Votar a otros. Parecería lo ideal. La democracia tiene un sistema de regulación natural. Pero nos hemos acostumbrado al “y tú más” y al “son corruptos, pero son mis corruptos”. Son cosas de la tierra. Quizá no haya que resignarse, pero quedan unos años.

 

¿Cómo resolver este problema? ¿Cómo cerrar el grifo de la corrupción para mantenerla en los sanos niveles amateur que hemos disfrutado hasta hace poco? He sometido a análisis riguroso algunas alternativas, pero todas tenían inconvenientes:

 

Mientras, y he aquí el propósito de este post, querría recabar su ayuda para un proyecto. El “honradizador de cargos públicos”.

 

No suelo comentarlo, porque todos me piden que configure su cacharrería, pero soy ingeniero de telecomunicación. No desvelaré mucho, pero es una máquina inspirada en los “detectores de mentiras” que se usan en los concursos televisivos.

 

Mediante ingeniería reversa he retrogradado las corrientes ampéricas, invirtiendo el flujo electrolítico. En la práctica, el político se sienta con los electrodos adheridos a su cuerpo, como es habitual en estas máquinas. Sin embargo, estos sensores, en lugar de medir su señal biológica, someten a su cuerpo a la señal que una persona honesta hubiera provocado en la bombilla del final del circuito. En definitiva, es un formateado del cargo público. Tengo aún que trabajar la intensidad idónea, aunque he visto resultados prometedores. Aunque he perdido a algún sujeto achicharrado tras someterlo al proceso, he notado que se detenía de raíz el comportamiento corrupto en los veían lo que pasaba. Supongo que por algún fenómeno de simpatía inalámbrica que he de investigar.

 

He intentado patentar el invento para monetizarlo, pero parece que los planos corresponden con alguna máquina en uso en penales norteamericanos. Por eso agradezco sus contribuciones, que pueden dejar en mi buzón.

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Rafael Martínez es directivo en una gran multinacional tecnológica. Ingeniero de Telecomunicaciones, MBA, PDG, tutor de creación de empresas en el Instituto de Empresa, profesor de prospectiva y negocio digital y autor del casi premiado blog http://www.estratega.com y del casi premiado microblog http://twitter.com/estratega.

1 COMENTARIO

  1. Veo con extrañeza y
    Veo con extrañeza y preocupación que esta entrada un poco, digamos, “indignada” ha desaparecido en su blog de origen (junto con algunas otras). ¿Demasiado comprometida quizá?.

    Saludos y gracias por tan interesantes reflexiones.

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