El irrefrenable deseo de interpretación

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La curiosidad nos empuja irremediablemente a hilvanar interpretaciones ante todo aquello que no sabemos o entendemos malamente, pero todo intérprete se pierde casi siempre en un laberinto de confusiones. Al cabo de los años confieso que cada vez me causa más pereza buscar una sola intención o un motivo último en un libro o en una conducta. ¿Por qué afanarse en interpretar? ¿Por qué seguir los escurridizos pasos de Hermes?

 

Uno cuando es joven le da vueltas y más vueltas a un cruce de miradas o a esa frase que le dijo aquella guapa chica al salir de la discoteca, poco antes de despedirse para siempre. ¿Qué quiso en realidad transmitirle con sus palabras? ¿Fue un reproche, una insinuación, una burla? Luego, con los años, comprendemos que hubiera bastado pedirle el teléfono para salir de dudas.

 

Desde luego una aclaración personal ayuda, aunque los límites de la interpretación están en los hábitos y querencias, en la rutina diaria, en el redundante ruido que genera la comunicación. De un mensaje entendemos las reincidencias, las repeticiones, su parte mostrenca. La interpretación no puede ser infinita cuando el haz de posibilidades que baraja un ser humano dentro de su horizonte cultural es siempre reducidísimo.

 

La interpretación no es infinita, pero crece y crece como la yedra o, peor aún, como una rémora. Hay muchos más libros que hablan de libros que de un asunto original. Por todos los sitios hay glosa y comentario, ecos mucho más que voces. Ya lo dijo Montaigne: Il y a plus affaire à interpreter les interpretations, qu’à interpreter les choses: et plus de livres sur les livres, que sur autre subject: nous ne faisons que nous entregloser.

 

Con todo, nunca he aceptado de buen grado el pirronismo teórico ni el relativismo en la interpretación. Una cosa es sentirse incapaz de entender o ver con total claridad las causas de un fenómeno histórico dado (sea la revolución francesa o la actual crisis financiera) y otra pensar que cualquier mensaje, cualquier acto, cualquier hecho o dicho es susceptible de múltiples interpretaciones.

 

Cada una de las partes de un todo suele tener una intención muy clara. Lo difícil es encontrarle coherencia o explicación al encadenamiento de hechos o de dichos. La dificultad no es saber quién mató a quién o qué pasó el uno de septiembre de 1939 en Europa Occidental, sino buscarle una explicación razonable a un asesinato o a la Segunda Guerra Mundial.

 

Hace unos días leímos con asombro el insólito caso de Pistorius, el atleta discapacitado que el pasado año, en las Olimpiadas de Londres, había maravillado a todo el planeta al competir de igual a igual en varias pruebas. Los hechos del caso no se disputan por nadie, ni siquiera por Blade runner, llamado así por sus piernas de titanio. En la madrugada del pasado sábado el afamado atleta se fue hacia el cuarto de baño de su lujosa casa en Pretoria y descerrajó cuatro tiros contra su novia, que murió en sus brazos. El problema está en dilucidar la intencionalidad de los hechos. ¿Lo hizo premeditadamente, con intención de asesinarla, o fue un puro accidente? ¿Estamos ante un caso más de violencia doméstica, algo al parecer frecuente en Sudáfrica, o lo suyo obedece a una trágica confusión, a la fuerza del destino? ¿Su asesinato es de primer grado o es un homicidio accidental?

 

En unos meses el juez único tendrá que dictar sentencia en la soledad de su conciencia y quizá de su sentido común, pero entremedias –y quizá durante muchos años en Sudáfrica y en otros muchos sitios- se publicarán libros y más libros en torno al asunto y no se hará otra cosa que “entreglosar”. Tampoco me extrañaría que tarde o temprano Pistorius se tumbe en el diván de algún plató en la televisión y trate de explicar él mismo qué soterrada intención o qué demonio le llevó a hacer lo que hizo.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.