El manglar de la memoria

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Cuentan los que le conocen que García Márquez es incapaz de reconocer a los amigos y hasta los títulos de sus novelas. Todo parece indicar que Gabo se pierde en una demencia senil parecida a la que él, Dios desconsiderado, envió sobre Macondo

Al leer a la noticia es imposible no recordar al servicio de la casa de Úrsula Iguarán, aquellos indios supersticiosos que llegaron a Macondo huyendo de la peste del insomnio. García Márquez escribió algo ante lo que él mismo, cuarenta y tantos años después, ha acabado sucumbiendo: “…cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especia de idiotez sin pasado”.

 

En eso anda ahora el escritor colombiano. Cuentan los que le conocen que es incapaz de reconocer a los amigos y hasta los títulos de sus novelas. No se pone al teléfono porque no puede descifrar quién hay al otro lado solo con escuchar su voz. Por el cariz que está tomando el asunto todo parece indicar que el gran Gabo se pierde entre las brumas, en una demencia senil, chocha, natural e implacable. Parecida a la que él, como un Dios desconsiderado, envió sobre Macondo.

 

Cuando todos los miembros de la casa están ya contaminados por la enfermedad, cuyo primer síntoma es un estado permanente de vigilia, Úrsula, la matriarca, pergeña un preparado a base de acónito que no soluciona nada pues nadie consigue dormir. Es más, comienzan a soñar despiertos y en pleno delirio insomne descubren que también pueden ver las imágenes oníricas  que recrean los otros. “Era como si la casa se hubiese llenado de visitantes”. La enfermedad se propaga con facilidad gracias al negocio de caramelos que regenta la familia y del que se surten los habitantes del pueblo. Todo el mundo comienza a olvidarlo todo. Entonces la gente de Macondo se vuelca para luchar contra el olvido, y a base de esfuerzos ímprobos consigue plantarle cara. Como primera medida se dedican a escribir en todos los objetos, plantas, animales y construcciones  el nombre de cada uno de ellos. A la entrada del pueblo colocan dos carteles. El primero reza “Macondo” y el segundo, más metafísico, “Dios existe”. Durante unas semanas el pueblo consigue adaptarse a la incómoda situación. Pilar Ternera, por ejemplo, despabilada y ruidosa como siempre, resuelve seguir con el negocio de las cartas, pero esta vez para leer el pasado de sus clientes.

 

Sin embargo, al poco tiempo descubren que con nombrar la realidad no es suficiente, hay que determinar, además, cuál es la su función. Y perfeccionan el sistema: “Esto es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche”.

 

García Márquez, a su vez, también ha ido ideando fórmulas para sortear el avance mudo de la desmemoria. Hasta hace poco, se servía de notas con las que podía mantener conversaciones extensas y más o menos dignas. Ahora que esto resulta insuficiente se limita a lanzar preguntas triviales que no le comprometan para tantear al conocido que le han puesto al lado y del que ya no se acuerda. Tuvo que aparcar la idea de acabar la trilogía de sus memorias precisamente porque es la memoria lo que se le escapa a chorros y todos nos quedamos en Vivir para contarla, con un Márquez treintañero que recibe en Ginebra la carta de la que será su futura esposa, Mercedes Barcha.

 

El problema es que todo resulta insuficiente cuando se trata de luchar contra la espesura de una amnesia que avanza negra y pesada como una ola de alquitrán. Macondo acabó empantanado en el olvido, hundiéndose irremisiblemente en la incertidumbre hasta que un anciano de otra época se acercó al pueblo y le dio de beber a José Arcadio de un frasquito con el que todo volvió a la normalidad. El viejo resultó ser Melquíades, que regresa de la muerte porque se siente muy solo. 

 

A Macondo lo libra de la desmemoria Melquíades, como a Funes lo libró una caída terrible. Al novelista colombiano, sin embargo, no le va a librar nada ni nadie. Es más, la desmemoria, probablemente, lo acabe echando del mundo como la peste del insomnio echó de una tierra milenaria en la que eran príncipes a los indios que llegaron a Macondo. El olvido, antes de acabar con el escritor, dejará que se hunda de forma irremediable y absurda en los manglares que poblaron su memoria y de los que tantos cuentos recogió.

 

 

 

Jorge Martínez ha trabajado en la 7RM, en el Diario Información de Elche y ha escrito o escribe para el Magazine de Perarnau, Jot Down y el suplemento ‘El Viajero’ de El País. En la actualidad vive en Toronto y trabaja en un periódico local de la ciudad. En FronteraD ha publicado Loa al legging, El Barça como justificación y Paca 

Autor: Jorge Martínez