El señor Camueso y Mr. Loopy

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El prurito clasificatorio es inherente al ser humano. Necesitamos poner nombres y ordenar el mundo, decir qué cosa se parece a otra y qué cosa es completamente diferente a la de más allá. La taxonomía es el principio -y no sé si el fin- del conocimiento. Clasificamos minerales, vegetales y animales. Hacemos distinciones en virtud del sexo, de la edad, de la raza o del origen geográfico. Cada cosa que nos rodea es distinta y a la vez semejante: ese árbol se parece y no se parece al que tenemos delante de casa y aquel perro que olisquea entre los matorrales tiene toda la pinta de ser un chucho con orejas de pastor alemán y cola de mastín napolitano. Todo sistema clasificatorio es siempre arbitrario, y cuando lo vemos desde la atalaya de otra época o desde otro paradigma cultural, normalmente nos resulta absurdo y hasta demencial. El sofista (que ahora llamamos postmodernista) no ha perdido nunca oportunidad de burlarse de los excesos taxonómicos que creamos al querer aprehender mediante los cangilones del lenguaje la fluyente realidad del mundo.

 

Así, dentro de este vasto océano en que vivimos, puede que nada resulte más escurridizo ni más difícil de categorizar que la personalidad o el carácter de un ser humano. Los antiguos y menos antiguos (pues la cosa llegó hasta el siglo XVIII) clasificaban a los hombres de acuerdo con la teoría de los cuatro humores, y así hablaban de coléricos y de sanguíneos, de flemáticos y melancólicos, según la mayor preponderancia de un humor o de otro. El melancólico, con exceso de bilis negra, tendía a la tristeza y a la creatividad, mientras que la mucha sangre hacía de la persona un ser fogoso o colérico, y la abundancia de mucosidad o flema lo convertía en un tipo frío.

 

Desechada esta teoría, que se remonta a Hipócrates, el siglo XIX basó su tipología en el tamaño y la forma del cráneo. Todavía Baroja era un convencido de la frenología, que es así como se llamaba esta pseudociencia, y hablaba de braquicéfalos y dolicocéfalos y demás zarandajas. Del tamaño del cráneo se pasó a la apariencia corporal, y de esta manera se pensó que el carácter estaba condicionado por el tipo de silueta que uno tenía. Todavía yo recuerdo haber estudiado en sexto de bachiller estas diferencias entre el tipo “atlético”, el “pícnico” y el “asténico”. Freud se sacó de la chistera lo de tipo anal y narcisista, mientras que Jung, en el estudio quizá más influyente del siglo XX sobre tipología, hizo una neta distinción entre el “introvertido” y el “extrovertido”, términos que han pasado a formar parte del lenguaje cotidiano. Otras clasificaciones, más o menos pintorescas, se han publicado a lo largo de los años, en función de preferencias o de criterios expuestos ya por Platón o por Aristóteles. Cualquier clasificación de tipos psicológicos no tiene, a mi ver, mucho más valor que las descripciones de los doce signos del horóscopo.

 

El horóscopo nos divierte, sin duda, como a mí me divierte clasificar a la gente, aunque no crea en ello. Hace muchos años mi hermano y yo dimos con dos tipos universales, casi tanto como lo pueden ser don Quijote y Sancho Panza. Les dimos nombres bastante arbitrarios. A uno lo llamamos “Camueso” y al otro “Loopy”. La palabra “camueso” figuradamente significa en castellano un tipo tosco y de poca valía y “loopy” en inglés significa loquillo, pero en realidad ninguno de estos dos significados se corresponde en casi nada con los tipos de “Camueso” y “Loopy” que mi hermano y yo descubrimos.

 

Hay que empezar por decir que el tipo Camueso y el tipo Loopy son muy distintos y casi opuestos en personalidad. El Camueso es trabajador y ambicioso, pero muy timorato y, por ello, condenado a vivir siempre en un segundo plano, pese a su valía. Por contrapartida, el Loopy es bastante vago, nada ambicioso y muy poco eficiente, pero es simpático, agradable y charlatán. El Loopy habla de casi todo sin saber apenas de nada, mientras que el Camueso es taciturno, y cuando habla, es para quejarse del jefe o de la mujer. Pues otro rasgo diferenciador entre estos dos personajes es que el Camueso -tan trabajador él y tan eficiente- suele estar dominado por su mujer, mientras que el Loopy, una nulidad para casi todo, es el rey y señor de su casa y tiene a la mujer a sus pies.

 

Los dos, el tipo Camueso y el tipo Loopy, son maridos fieles y magníficos padres. Apenas se encontrará un Camueso solterón o un Loopy picaflores, aunque pudiera parecer lo contrario. No esperemos de ninguno de los dos, eso sí, ni liderazgo ni ideas originales ni creatividad ninguna. El Camueso, pese a su eficiencia, está totalmente falto de imaginación y de voluntad emprendedora. Se reconcome con ser un segundón en la empresa o en la oficina, pero si por uno de esos imponderables azares le cayera en gracia un puesto de directivo, no duraría en ello ni un mes o ya se buscaría excusas o estratagemas para que lo echaran. Ciertamente el Loopy está a salvo de situaciones así. Carente de toda ambición, el mando le es tan ajeno como la disciplina militar o el esfuerzo intelectual. Lo suyo es la cervecita al mediodía y, en cuanto hay ocasión, el fútbol, la partida de mus o lo último que se lleve o esté de moda entre sus amigotes.

 

Digamos, por último, que el Camueso y el Loopy, casi sin excepción, hacen muy pocas migas entre ellos. Hay un mutuo desprecio, aunque no sea nada infrecuente verlos juntos en el trabajo o incluso en la familia, como cuñados irreconciliables.
Confieso (y creo que mi hermano opinaría lo mismo) que una de mis mayores alegrías en esta vida es cuando me encuentro de nuevas con un Camueso o con un Loopy de pura cepa, que es, supongo, la misma alegría que debe sentir el ornitólogo cuando otea en la copa de un árbol un pájaro poco visto, salvo que el Loopy y el Camueso son tipos relativamente comunes. A veces he pensado que mientras existan Loopys y existan Camuesos, el mundo -si no bien hecho- no puede considerarse ni caótico ni infernal… al menos dentro de mi sistema clasificatorio.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.