El Sereno de Asilah

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Este texto forma parte de El sereno de Asilah

Capítulo. –  3 La vivienda

Otras vidas, otras vidas que has vivido antes, o que podrías haber vivido.

Me había instalado en una casa de dos plantas, con una azotea desde la que podía contemplar el mar. Los muebles justos y las alfombras necesarias para crear un ambiente acogedor. Me gusta andar descalzo por la casa. Nada más llegar, dejo el calzado a la puerta, en un ligero porche que lo protege de la lluvia. En la parte baja, tengo el espacio para estar, comer y cocinar. En la otra planta, mi dormitorio con baño y un espacio para guardar la ropa. Un cuarto para hipotéticos huéspedes, que no espero, con un balcón sobre el jardín interior que ocupa la parte de atrás. La estancia delantera es mi espacio de trabajo. Aquí están los libros seleccionados, la mesa con el ordenador, la impresora y resmas de papel al alcance de la mano. Sobre las paredes, algunos mapas y alguna tela africana. Música y poco más. Contra la pared hay un amplio diván para tumbarme y reposar la maltrecha espalda. Desde cualquier lugar de este estudio puedo contemplar el Océano Atlántico.

En toda la casa no hay ni un solo espejo. No los quiero porque no me quiero reconocer en imágenes que me resultan extrañas y amenazan con desconcertarme. Por eso, tampoco hay ningún cuadro con retratos ni fotografías. Sólo cuenta lo que llevo dentro. El jardín es el mayor espacio de silencio de toda la casa. A pesar de encontrarme en Asilah, lo he concebido a la manera Zen. Con una discreta fuente en un ángulo en la que un hilo de agua muy tenue mana sin cesar sobre unas piedras. A pesar de sus pequeñas dimensiones tenía espacios diferenciados para las distintas horas del día, o de la noche, pues el amplio cielo cubría todo como una bóveda.

Casi ya no recuerdo el momento de mi llegada, tan lejano me parece todo en el tiempo. O en el no tiempo que envuelve mi vida desde que me he acomodado a este nuevo ritmo… y la sombra de la soledad del alma. Sí, de eso se trata, del ritmo que es el punto de equilibrio entre el tiempo y el espacio. Tampoco hay relojes en la casa ni llevo ninguno conmigo. Uno siempre llega a su tiempo. Me rijo por la luz, por los amaneceres y por los atardeceres, por la noche y por las estrellas, por el calor y por las brisas. Estoy conectado con el mundo exterior por Internet, pero prefiero no frecuentarlo. Está aquí por si acaso. Ni quiero romper con mi pasado ni es posible, basta con asimilarlo, reposarlo o dejar que emerja a su antojo, en el día o durante la noche, cuando me desvelo o en cualquier rincón en el diario caminar por las callejuelas de la medina.

Mis referencias son el cierre de las cinco “puertas” de la medina cuando llega la noche y alzarme antes del amanecer para volver a abrirlas sin que nadie me lo pida ni lo espere. En el zoco compro cada mañana lo que preciso para el sustento diario. Prefiero escoger las frutas que voy a comer, las verduras que cocinaré en el día, el trozo de queso o ese pescado, y no mucho más. Veo lo que ha llegado al mercado y disfruto pensando en cómo lo voy a preparar y con qué lo acompañaré. Me he propuesto no saltarme ninguna comida ni hacerlo deprisa o de forma impropia: comer es un rito y hay que prepararse y prepararlo.
(Desde que ha llegado Ahmed, ese rito se ennoblece porque siempre es mejor compartir las comidas y disfrutarlas con alguien. Pero, aunque me acompañe al mercado y después me ayude en la preparación, yo sigo siendo el responsable. Él hace otras cosas de la casa y en el jardín. Todavía no amasamos el pan, pero pronto lo haremos y entonces encargaremos a algún niño que lo lleve y que lo vaya a buscar al horno. Le daremos una propina. Normalmente, los hombres no llevan el pan al horno, aunque, a este ritmo y con lo fácil que resulta comprar las barras en las tiendas, pronto dejarán de ir niños y mujeres. Será un día triste si se apagan los hornos. Nosotros enviaremos alguna vez empanadas o pastelón de carne o de frutas. Ya llegará. Muchas plazas de las antiguas medinas se caracterizan por tener siempre la mezquita, la medersa, el hamman y el horno para cocer gratuitamente el pan.

En cierto modo, me rijo por las cinco llamadas a la oración del almuédano de la cercana mezquita de Lalla Saïda. Hace tiempo que he dejado las creencias religiosas, que tanto habían influido en mi existencia. Demasiado, y durante demasiado tiempo. Ya nada me decían, como tampoco las de otras tradiciones a cuyo estudio he dedicado no poco tiempo. Prefiero regirme por la naturaleza, por el cielo, por el mar y por mi corazón aquí en la tierra. Corazón a la escucha. Acoger la lluvia como al viento, el sol como las nubes, el frío como el calor. Me he propuesto no lamentarme por nada, no juzgar nada ni a nadie, no intentar comprender nada. A pesar de haber fracasado en este propósito muchas otras veces, pero al menos lo he intentado. Tengo presente que los viejos sueños eran buenos sueños, aunque no se realizaron, me alegro de haberlos tenido. He optado por vivir, sin más, con toda la plenitud que permitan mis fuerzas y las circunstancias de mi entorno. Quiero recuperar el sentido de las palabras desde el silencio, pues había sido el lenguaje lo que había determinado mi existencia. Tengo presente que los límites del lenguaje son los límites de mi propio mundo. Palabras, palabras, palabras. Palabras, palabras. Sin olvidar que la palabra no crea la realidad, sólo la expresa.

No me pesa la vida ni quiero que me pese cómo la he vivido. ¿Vivido? Sólo me importa tratar de vivir plenamente, con mis sentidos, con mi epidermis y con mis sueños. Intento dejar al otro lado del mar los remordimientos, los sentimientos de culpa, los vacíos y hasta los malos recuerdos. Aquellos dominados y condicionados por la culpa, el temor y la sospecha. Por el miedo y por los prejuicios, por tabúes y dogmas.

No quiero lamentarme por lo que hubiera podido haber sido de otra forma, en otros contextos, o lo que hubiera podido no haber sido y, sin embargo, fue. Como si hubiera muerto y ya hubiera atravesado la laguna del olvido. Ni siquiera quiero transportar a cuestas la balsa que me ayudó en la travesía. Simbólicamente la quemé en la orilla y quiero hacer de ella hecatombe y holocausto. Como agua en un cesto, como un sombrero lleno de lluvia, así he sentido la mayor parte de mi vida y ahora quiero quemar el cesto y el sombrero. Porque no existen, no tienen realidad más que en la mente, pero han condicionado mi vida. Por eso he elegido vivir en soledad donde nadie me conoce ni me recuerda. Pero no en aislamiento de asceta. Aún resuenan en los hontanares de mi alma… aquél ¡Vive como si no existieras!… pero es no es posible por ser una contraditio in terminis. Vives en cuanto existes. Aunque no lo vieras ni tuvieras consciencia del trance. Por eso, me engaño cuando escribo “vivir es ver volver” … pero no sé por qué, a veces, me expresa y me alivia.

Que vuelvan ahora los fantasmas en mis sueños, les daré paso y dejaré que se abran, que griten y se expresen con toda su crueldad o delicia. Pero sin aferrarme a ellos y sin rechazarlos. ¿Qué más da ya todo? Quizás todo no hubiera sido más que un sueño del que ahora pretenda despertarme. Como si al otro lado de la orilla pudieran dejar de sangrar las heridas para convertirse en cicatrices saludables. Todo habrá valido, como las hojas secas convertidas en mantillo. Como el agua de las mareas, con sus flujos y reflujos. Como las estaciones o el curso del sol o el de la luna. Esto si no se trata todo de una inmensa mentira urdida con los retazos de un azar o de un error de la calculadora. Quizás, como apunta Monod, el hombre no estuviera programado y en este sin sentido de ramificaciones y complejidades nerviosas, algunos, en el alborear de los primates, pretendieran dar un sentido a este nuevo estadio de la evolución. Recurrieron a dioses que previamente inventaron, sumidos en el miedo, e imaginaron un cielo y un infierno, establecieron unos dogmas e impusieron una férrea disciplina para mantener un modelo que acabara la lucha de todos contra todos. Para que, al menos, los más capaces o astutos, sobreviviesen y participaran en lo que luego llamarían progreso. Lo malo es que en la vida no se trata de dar sentido, sino de encontrar o inventarse un sentido con una cierta coherencia o con una fantasía y desmesura esquizofrénica para mantener la feria en marcha, sobre todo la noria grande, alta y absurda que preside la feria. Dar un sentido equivaldría a moralizar, como han hecho y hacen todas las ideologías, religiones y doctrinas… dioses incluidos, por lo tanto, diablos e infiernos y “purgatorios” también. Igual que, después de muchos siglos profesándolo… lo eliminó un Papa de un decretazo “infalible”. Jooooder, qué barullo si tiramos de la lógica más elemental. ¿No pasará lo mismo con la absurda condena, desprecio y amenaza de mil millones de infiernos con la masturbación, tan placentera y aliviadora, al tiempo que ejercicio sano y conveniente?   ¡Qué absurdo, qué cinismo y qué ensañamiento! Si “todo lo demás” tiene la misma consistencia que el limbo, el purgatorio, el infierno… y el supuesto paraíso de las 50.000 vírgenes por cabeza, con ríos que manan leche y miel ¡qué guarrada y qué pringue! Estaríamos aviados, pero, les ha servido, para someter, aterrorizar y embrutecer a multitudes durante siglos.

Restañar es una palabra que me gusta, detener el flujo de un líquido, por antonomasia, de la sangre. Restañar una herida, esa pretendo que sea mi actitud, más que una tarea. Por eso, a esta casa de la medina le he arrancado el número que tenía sobre la puerta. Porque no espero a nadie, ni deseo querer que venga nadie…aunque en secreto lo anhele. Anhelar, qué étymos ¡

Viene a mi mente ahora aquella estela funeraria griega encontrada en Siracusa, cuando esta pertenecía a la Magna Grecia: “Adiós, caminante, esto ha sido todo, así es el destino. Aprovecha la vida mientras vivas».

No está mal como divisa, ahora que sueño con poder liquidar el pasado; aunque es mio.

Prof. José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

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