El triunfo de la luz

0
85

 

A mi madre

«Málaga o el triunfo de la luz», se va diciendo al caminar. De la abundancia de la luz, de la luz que se derrama sobre los montes como una miel, como un don, como una mano lenta y suave que acaricia el mar y los árboles. Y mientras camina, se pregunta cómo sería vivir aquí: vivir así —o morir— bañado en luz, en luz de oro.

Málaga o el triunfo de la realidad, sea eso lo que sea. El triunfo de la vida, de la que él siempre ha tenido algo de miedo. Miedo de todo lo que se mueve sin descanso hasta que deja de moverse, de lo que está a punto de irse o ya ha quedado atrás. Pero ahora —va paseando— hay el bullicio grato de una mañana perfecta, un feliz azacaneo de la gente en la campana de luz esplendorosa.

“La ciudad que me hizo se deshace, / excluye de su tiempo mi experiencia”, recuerda haber leído. Y Málaga ya no es Málaga, pero sigue siendo Málaga. Por eso, temblando, recorre sus calles sin acabar de entender: está lo que es y está lo que fue, y también lo que pudo haber sido, múltiple en su fantasmagoría. Aunque ha vencido la luz, su abundancia generosa, y lo demás importa poco.

¿No es perfecta, sí, la vida, en la terraza donde se ha sentado? Cuánta dulzura en el aire y en las voces que hablan con el deje familiar. Pasa entonces un viejecillo renqueante: como si aún buscara la buena fortuna, avanza muy resuelto, arrastrando una pierna tumefacta. Ya está, ya ha desaparecido el hombre en su pesadilla —un infierno en la ciudad del paraíso—, y a su estela va una niña de hermosura inverosímil: una diosa tatuada y en chancletas.

No es Málaga —se dice— para quienes tienen miedo de la vida o la belleza. A la vuelta de una esquina les sorprenderá una vaharada de jazmines o un hedor muy traicionero. Y todo eso bajo la luz total: el triunfo de la realidad cuando terca despliega sus afanes, sus primores y miserias, sus palmeras y palomas, su cochambre y su galbana, el sol todopoderoso… y el recuerdo del abuelo en el jardín, la vez aquella en que… Pero no, ahora es solo ahora: la mañana ociosa de julio y su regalo de puro tiempo.

Si la luz ha de triunfar —va pensando mientras anda por las calles—, que sea en Málaga, en este sitio en que vivieron oscuros dioses que bebían vino dulce y amaban las curvas suaves de los montes, sus perfiles que exactos vibran en una reverberación. Que venza, sí, esta luz, que es también la de la infancia, la que le calentaba el pecho de juguete en el vergel de un verano eterno y fugitivo. Ya será luz también él un día, las doradas partículas de un polvillo que irá flotando por el aire, entre los árboles o junto al mar.


NOTA: Los versos que cito en el texto son de Luis García Montero, de su poema “Enero”, incluido en el libro “Habitaciones separadas”
.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí