En torno a ‘El caballero encantado’, de Benito Pérez Galdós, 3

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No hay abstracción mayor que el Estado o la Nación o la Patria. Por esa razón está siempre a punto de diluirse en la vida de los hombres y el mundo concreto de sus preocupaciones. No es otra la causa de la importancia de los símbolos, lo que hay se llaman “relatos” o –en lo que lo que nos va a ocupar en adelante– su personificación. La más importante, en el mundo contemporáneo, es su representación como mujer.

De Marianne a la Madre

David Harvey[1] nos explica que hubo una fascinante lucha de iconos a lo largo del siglo XIX, el siglo de las revoluciones:

“El motivo de la mujer como representación de la República y la Revolución reapareció con fuerza en la Revolución de 1830, y quedó convincentemente simbolizado en el cuadro de Delacroix La libertad guiando al pueblo. Por toda Francia se produjo un auténtico aluvión de imágenes paralelas en el periodo siguiente a 1848. No obstante, el modo en que se representaba a la mujer es importante”.

Esa última afirmación es, precisamente, la que nos va a dar pie a la caracterización diferenciada de la Marianne de la Revolución francesa, y la mujer que, en El caballero encantado, simboliza a España. Pero sigamos un poco más el relato de Harvey:

“Los burgueses respetables de ideas republicanas preferían figuras estáticas, con ropas y comportamientos clásicos, acompañadas de los símbolos requeridos de la justicia, la igualdad y la libertad, una iconografía que desemboca en la donación francesa que preside el puerto de Nueva York. Los revolucionarios querían un poco más de ardor en la figura. Balzac recogía esto en Los campesinos, en la figura de Catherine que recordaba los modelos seleccionados por pintores y escultores para representar a la Libertad y al ideal de la República. Su belleza, que se reflejaba en los ojos de los jóvenes del valle, florecía de la misma manera, tenía la misma figura fuerte y flexible, las mismas extremidades musculosas, los brazos rellenos, los que brillaban con la chispa del fuego, la expresión orgullosa, el pelo trenzado y retorcido en manojos gruesos, la frente masculina, los labios rojos, donde se dibujaba una sonrisa en la que había algo feroz, esa sonrisa que plasmaron Delacroix y David (de Angers) y que produjo tanta admiración. Una morena resplandeciente, la imagen del pueblo; las llamas de la insurrección parecían saltar de sus claros y leonados ojos”.

Flaubert, en La educación sentimental, lo ve de otra manera: “En el hall de la entrada, de pie sobre una pila de ropas, estaba posando una prostituta como una estatua de la Libertad, inmóvil y aterradora, con los ojos como platos”.

Hubo, como se ve, una pugna entre las representaciones preferidas para el nuevo estado. En el concurso que convocó el gobierno republicano para la figura de mujer que representaría a la República, en 1848, Daumier respondía con una de impronta maternal, en coherencia con la idea de una república social protectora y en oposición tanto a la simbología de los derechos burgueses como a la imagen polémica de la mujer revolucionaria en las barricadas. Según Harvey, “Daumier se hace eco de la revolucionaria declaración de Danton: Después del pan, la educación es la principal necesidad del pueblo”.

Esta es la posición de Galdós a lo largo de esta novela y lo que explica, en último término, su elección del icono femenino que representa España, su Doble en la ficción. Si, según David Harvey, “Empezó a parecer como si los bandos de aquellos vestidos con ropas de trabajadores tuvieran una República con un gorro rojo y un corpiño abierto, mientras que el campo de los caballeros, adecuadamente vestidos de oscuro, tuviera otra, una República representada por una dama, coronada con ramajes y cubierta con una toga de la cabeza a los pies”. La España que sueña y ve Galdós es una mujer prudente y digna, que –salvo en los momentos de apoteosis– viste de una manera discreta y que, aunque se apasione, al final, en su defensa de los pobres hambrientos y presos (los ladrones que acompañan a Jesús en su crucifixión), que forman su último cortejo, animándolos, incluso a la rebelión, su comportamiento es siempre empático y protector. No es una mujer joven ni revolucionaria, porque España es un país antiguo y Galdós es un hombre mayor y, al fin y al cabo, un reformista, como decíamos en la anterior entrega.

Señora, dama, madre, diosa…

Señalo a continuación, para no alargar aún más esta ya extensa serie, las distintas apariciones de la Señora-Madre / España a lo largo de la novela. Me parece preferible que el lector conozca las palabras literales de Galdós a mi propio parafraseo. Todas las citas están localizadas en el capítulo y página de la edición que manejo (en nota a pie de página de la primera entrega). Acompaño, sin embargo, las citas con mis propias anotaciones, telegráficas e impresionistas, tomadas al azar de la lectura, en relación con la simbología evolutiva en el plano real y en el de la realidad encantada, sensaciones evocadas, espacio y tiempo. Estas van en letra cursiva, mientras que las citas se presentan en letra redonda y en formato de cita:

(Cap. V, p. 173). Primera aparición de la Madre. Anochecer. Incorporación al mundo del Doble. Matrona. Tránsito. Lo real maravilloso. Encantamiento. Reminiscencia: Los salones de la duquesa de Saldaña y de los condes de Fontibre, al principio y al final.

Tiene lugar tras el aparatoso paso al mundo paralelo, en una escena mitológica en la que el doble personificado de España aparece como «matrona» de un corro de ninfas en un locus amoenus muy español, pues no es otro que un encinar.

“No le dejó completar su pensamiento la súbita presencia de un tropel de muchachas. (…) Eran, más que ninfas, amazonas membrudas, fuertes, ágiles, los rostros hermosísimos y atezados. Trazas tenían de mujeronas de raza, y edad primitiva, heroicas (…) Ni con actrices ni con escogida comparsería podían los taumaturgos de la escena presentar espectáculo semejante, por lo cual Tarsis abandonó el concepto de lo real para volverse al de lo maravilloso. (…) Y conforme gritaban se partieron en dos alas, dejando en medio un ancho camino, para que por él pasara, con porte de reina, una esbelta matrona, que salió de la espesura de las encinas. (…)

Era su rostro hermoso y grave, pasado ya de la juventud a una madurez lozana; los cabellos blancos, la boca bien rasgueada y risueña. Pensó Carlos que aquel rostro y aquel empaque de principal señora no le eran desconocidos. ¿Habíala visto en algún salón de la alta sociedad de Madrid. Tal vez”.

(Cap. VII, p. 195). Segunda aparición. Oficio de pastor. Reina. Ensueño, el mundo onírico. Amanecer.

“Pasando bajo aquel pórtico vio una rampa en la cual aglomeraciones musgosas parecían vestigios de una escalera. Subió el pastor hasta llegar a un túmulo que también podría ser trono, y en éste… ¡Ay!, si no le engañaban los ojos, si no era un durmiente que se paseaba por los territorios del ensueño, lo que vio era una mujer, una señora sentada en aquel escabel (…) Del estupor y sobresalto que embargaron el ánimo del pobre Gil, cayó este de rodillas, casi tocando la orla del vestido de la dama, y próximo a ella pudo advertir que se hallaba en presencia de la matrona que vio en la noche de su encantamiento, escoltada por las ninfas o amazonas galanas (…) Reconoció la faz de augusta nobleza, los cabellos blancos, la severa vestimenta, la mirada benigna, el sonreír afable…

La dama, entonces, sin énfasis de teatro, sin tonillo de aparición fantástica, antes bien, con el llano y gentil lenguaje que emplear podría cualquier señora viva de la más ilustre clase social, le dijo:

—Yo soy quien soy; mi reino no es el cielo sino la tierra, y mis hijos no son ángeles sino hombres”.

(Cap. XVII, P. 287) Retirada de Calatañazor. Amanecer, luz. Diosa, Madre protectora. Señales celestes, apoteosis.

“¿Subiría protegido de la noche a violentar solo la casa de Cintia y arrebatar a esta de grado o por la fuerza? ¿Esperaría nuevos avisos de la dama? (…)

El rosado fulgor se manifestó en algo que parecía nube, confundiéndose con la cima del monte, y la nube refulgente tomaba forma, y en esta se marcaron las facciones, el rostro de la Madre. (…)

… vio la figura completa, de estatura no inferior a la del monte mismo, cual si este, conservando su talla ingente, se personificara por arte mitológico en la más gallarda y majestuosa mujer que vieron los siglos. La Madre descendía… (…) Retrocedió Gil aterrado, pensando que, si la Señora ponía sobre él uno de sus pies, aplastado había de quedar como una hormiga. Pero huyendo hacia atrás advirtió el caballero que la grande y terrible imagen iba perdiendo su colosal tamaño a medida que avanzaba. (…) La figura venía un tanto encorvada, apoyándose en un palo… (…) Menguaba poco a poco, y no solo menguaba, sino que acercándose al caballero, le decía con afable acento:

—No te asustes, hijo, voy hacia ti, no huyas. Como sé crecer, sé achicarme cuando quiero ponerme al habla con los pequeños y humildes.

… notó el caballero que la Señora, mil veces augusta, presentaba en su faz hermosa y en su actitud señales de envejecimiento. Palidez y algo de demacración eran bien claras en su rostro, y andaba un poquito encorvada…

— El abatimiento que has advertido en mí no es vejez, yo no envejezco. No es tampoco enfermedad. Yo no padezco más enfermedades que los enojos y padecimientos que me dan mis hijos… (…) Me verás triste y caduca se desmanda y quiere precipitarme por senderos abruptos.

(…) Algo sabrás por ti mismo, sin necesidad de que traiga yo a tu conocimiento la realidad del mundo que dejaste por tus culpas, viniendo a esta ejemplaridad (…) pues en tu destierro miro por ti, deseosa de tu regeneración…”.

(Cap. XVIII, p. 296 en adelante). Llegada a Boñices. Comitiva. Madre nutricia. Niños, maestros.

Creciente importancia de niños, maestros y educación. La Madre, aquí protectora de los pobres, es interpelada por Fabiana, una mujer de negro, antigua conocida, como “señá María, consuelo y protección de estos probes”, aunque, en contraste, más tarde la llamará “doña María” y la tratará como “Vuecencia” el maestro Alquiborontifosio. Dar de comer al hambriento…

“Como no me esperabas, Fabiana, no habrás dispuesto cosa mayor para que cenemos en tu compañía, pero no vengo desprevenida, y por vosotros, más que por mí, os traigo los sobrantes de mi miseria, no tan rasa y monda como la vuestra.

Diciéndolo, metió mano al pecho, por debajo del manto que holgadamente la cubría, y sacó una soberbia hogaza de ocho libras, olorosa aún de la reciente cochura… (…)”.

(Cap. XXII, p. 347). Patio de Pitarque. Noticias de la Señora. Huida/persecución, pasión, pobreza, caminos…

“(Habla don Quiboro) Por mi fe, que no lo entiendo. Habla usted como un demente, o esa Madre que nombra no es nuestra doña María [alusión a la imagen idealizada de Señora de alta alcurnia que le transmite Gil]. Yo le aseguro, porque lo he visto, que la Señora que cenó con nosotros en Boñices anda hoy errante por caminos y atajos, como usted y como yo. (…) La Señora, compungido el rostro y encorvadita de cuerpo por la carga de sus penas, me contó lo que ha días viene padeciendo por las ingratitudes de sus desatinados hijos, que a la cuenta son un sinfín de hijos, y por la porquería dominante en lo que ella denomina sus reinos o estados, que eso no lo entendí, ni sé lo que puede significar, así me maten…”.

(p. 350), en diálogo con don José Augusto).

“—Déjeme usted de madres. Para mí la única madre es la Historia, y esa huye con repugnancia de los hechos y personas del día.

—No es precisamente la Historia, sino la… no sé cómo decirlo… Es el alma de la raza, triunfadora del tiempo y de las calamidades públicas; la que al mismo tiempo es tradición inmutable y revolución continua…”.

(p .351). Comienza la Pasión: ¿camino del Gólgota?, ¿junto al Mal Ladrón?

“… En dicha cuerda, venía una pobre vieja atraillada con un facineroso, Lobato por mal nombre, muy conocido en la comarca por audaz cuatrero y asaltador de caminantes, sin respetar haciendas ni vidas. La anciana, maniatada con el bandido, parecía reproducción de la Gil llamaba Madre, solo que su mayor grado de ancianidad hacíala pasar por madre de la Madre. Encorvada y jadeante, se dejó caer al suelo apenas entró, abatiendo consigo al ladrón Lobato. En sus facciones amarillas y rugosas se traslucían los rasgos de su belleza como perlas caídas en el fondo de un charco; su mirar se apagaba en una letal resignación de heroína vencida; de su excelsitud y majestad solo quedaban rezagos en el gesto airoso. Dudando de lo que veía, acercóse Gil a la postrada vieja y le dijo:

—¿Eres tú, Madre querida?

Y ella, mirándole cariñosa, le respondió:

—Yo soy, yo fui, porque en esta injuriosa degradación a que me han traído tus hermanos, más bien soy tu abuela que tu madre”.

(Cap. XXIII, p. 357-358). Cuerdas de presos, el automóvil. Muerte y Resurrección.

“Cuando a lo largo de la carretera general, en la cual entraron poco antes de las nueve, veían venir algún automóvil disparado, se les mandaba alinearse en la cuneta [en nota: durísimo y realista contraste entre las dos Españas, esto es, la de los pobres, representada en esas tres cuerdas de presos y los civiles, que les conducen, que de improviso irrumpen en la carretera general (la de Madrid-Zaragoza-Barcelona), y la de los ricos, la de los automóviles a toda velocidad.

La Madre, agobiada y envejecida, se dignó manifestarse con susurro, que el caballero interpretó de este modo: ‘Hemos llegado a las horas de prueba… La tremenda adversidad oblígame a sumergirme en la resignación dolorosa… Yo, eterna, sé morir… He muerto, he revivido, a fuer de creyente en la grandeza de mi destino. Calla y sufre tú, como yo sufro y callo… (…) No podré ser redentora si no soy mártir…’.

… Como en aquel instante iniciara la Madre un movimiento para seguir cuesta arriba, los Guardias les dieron el alto.

¡Quietos! –gritó el del feo rostro–. Quietos, o disparamos. Güela, ten el juicio que a ese loco le falta. Bajad, os lo mando por tercera y última vez.

No hicieron caso el hijo ni la Madre. Los guardias no podían eludir el cumplimiento de su deber… Los mortíferos fusiles subieron a la altura de los ojos. ¡Brrum! Dos, tres disparos rasgaron el aire con formidable estampido. La vieja y el caballero se desplomaron… Su caída en tierra fue súbita y blanda, como la de dos cuerpos colgados del cielo por invisibles hilos… que las balas rompieron”.

(Cap. 24, p. 365 en adelante). Resurrección, palingenesia.

“… Ya pestañeaban en el cielo, queriendo lanzar su brillo las tímidas estrellas de Casiopea (…) cuando la vieja estrella terrestre, a quienes unos llamaban Madre, otros doña María, y los menos avisados, doña Sancha o doña Berenguela, empezó a pestañear también como las del cielo, queriendo esparcir su soberano brillo sobre el mundo. Dicen historias fidedignas que se incorporó sin desperezarse (…) Sin dar importancia a este detalle, el narrador afirma que la Madre tocó el cuerpo exánime de su encantado hijo, diciéndole:

—Gil, ¿estás muerto?

Y añade que el caballero Tarsis, sin moverse, respondió:

—En verdad, no sé si soy difunto, o si de mi defunción quiere salir una nueva vida. Te aseguro que, roto mi cráneo como una hucha de barro, las monedas, digo, los sesos salieron a tomar el aire (…) … Son los cirios de los frailes recoletos que vienen a enterrarme a mí… y a ti, como es consiguiente. No hagas caso de esto, dejemos que nos entierren…

—¿Vivos? Ellos nos entierran, y nosotros nos vamos”.

(Cap. XXIV, p. 368) La inmortalidad de la nación, que es, sobre todo, lenguaje.

[Tarsis a la Madre:] “Eres inmortal porque no eres una vida, sino millones de vidas; no eres solo un lenguaje, sino millones de lenguas que espiritualmente te vivifican”.

(p. 371). ‘Bautizo’ en el Tajo. Tránsito al ultramundo.

“… llegaron al lomo de una ribera que, como dique, encauzaba la corriente del dorado Tajo. (…) La Madre se detuvo en el lomo del dique, y extendiendo sus brazos hacia el río, con elocuente ademán de mujer apasionada que se arroja en brazos de su amante, dijo así:

Al fin llego a ti, mi Tajo potente, mi Tajo impetuoso y varonil… En ti me limpio de esta mi pegadiza roña de mi vejez; en ti recobro mi hermosura y majestad.

Y ordenando al caballero con breve mandato que la siguiese sin miedo al refuelle de las ondas turbulentas, en ellas se arrojó de cabeza, vestida como ansiosa nereida que se introduce en el lecho de su amado”.

(Cap. XXV, p. 375). Ultramundo. Los hombres de rojo y la cura de silencio. Otra transformación de la Madre. Transfiguración.

“Hallábase, pues, el asendereado caballero en una nueva esfera de la vida de encantamiento que de las anteriores se distinguía por la mudanza de las formas de rusticidad y pobreza en formas de elegante pulcritud.

Llegaron a un ancho comedor con mesa dispuesta para magnífica cena de veinte o más cubiertos. En la cabecera estaba sentada la Madre, ya restituida en su soberana belleza y majestad. (…) Vestía túnica blanca, de finísima tela con pliegues estatuarios; adornaba su seno con frescas rosas coloradas y amarillas; sus cabellos, recogidos con suprema elegancia, conservaban la nítida blancura, y su rostro, de infinita belleza y gracia, era la imagen de la dignidad concertada con dulce y afable alegría”.

(Cap. XXVII, p. 390). De vuelta en Madrid y los salones aristocráticos. La duquesa de Mío Cid. Los ríos.

“Camino de la casa de su tía (donde la duquesa de Mío Cid, vieja conocida nuestra)…

Hemos resucitado en el punto en que fenecimos. En casa de tu tía estuve la noche anterior a mi encantamiento. Esto es despertar en la misma postura en que nos dormimos… Pues no me disgusta esta manera de anudar el hilo roto de la existencia normal. De la casa de tu tía conservo dulces remembranzas. Allí conocí a personas que se me metieron en el corazón y en él moran todavía. Allí, si mal no recuerdo, tuve el gusto de conocer a una distinguidísima persona, de cabellos blancos, tan seductora por su talento como por su exquisito trato.

(A la pregunta del caballero) Viaja de continuo, y las ruedas de su automóvil se saben de memoria todo el mapa de España. Su chauffer es un espíritu genial, engendrado por el tiempo en las entrañas de la Historia… (Tarsis se está durmiendo). Me figuro que está en tierras de la Coronilla, a la parte de allá del Moncayo. Ayer dormía en aguas del Tajo, hoy se solaza en aguas del Ebro. Son sus maridos… Son sus amantes predilectos… Cada día le nacen mil hijos… los cría en los dorados trigales… a una y otra banda del Mulhacén, de Gredos, de Peñalara, de Montesdeoca, y en el sinfín de pueblos ricos o miserables; aquí mismo, en este Madrid picaresco, los cría y los mata.

(Ya con Cintia, que le cuenta del hijo de ambos que tuvo en Sigüenza) al que ha puesto de nombre Héspero ‘en honor de nuestra Madre’ –Hesperia, uno de los nombres míticos de España)”.

Mariclío, un antecedente hegeliano de la Señora/Madre

No es esta la primera vez en que Galdós personificó una realidad abstracta. La Madre tiene un antecedente muy interesante: la Historia y su doble, Mariclío. Se le hizo tan familiar en sus últimos Episodios Nacionales que, a veces, aludía a ella, coloquialmente, como la Mariclío. Naturalmente, la naturaleza de este otro Doble es muy distinta. La representación humana de la Historia sirve de pretexto a Galdós como un artefacto narrativo de distanciamiento, necesario para narrar hechos ya muy cercanos al presente de su escritura.

En La Primera República podemos leer una invocación a Mariclío, ciertamente airada y extremadamente crítica, de un Galdós narrador-testigo desengañado de la Historia de España:

“Crisis. ¡Crisis, Dios mío, cuando aún los primeros Ministros de la República no habían calentado las poltronas! ¿Dónde estabas, Mariclío celestial; en qué pozo te habías caído que no fuiste de Ministerio en Ministerio, chinela en mano, azotando las posaderas de toda esta gente rencillosa y quimerista, sin conocimiento de la realidad ni estímulos de patriotismo? Pienso yo que aburrida de tu oficio quieres adoptar el de alguna de tus hermanas, quitándole a Euterpe la voz angélica, los pies a Terpsícore, tal vez a Melpómene el ceño iracundo y la mano armada de puñal. Con Obdulia presencié yo el imbécil conato de regicidio. Al día siguiente del suceso, se me apareció Mariclío en la puerta de aquella tienda, y hablando familiarmente con ella tuve el gusto de acompañarla hasta la Academia de la Historia. ¿Dónde estaba la santa y buena Madre? ¿En qué rincones o burladeros escondía su clásica persona? Imposible que dejara de conocer y calificar las turbulencias del terrible año que corríamos, pues para tal oficio y menesteres habíanla dado el ser los altos Dioses. Si andaba por acá, infatigable en su fisgoneo sublime, ¿por qué a su lado no me llamaba, por qué no requería los servicios de su leal muñeco?”.

El gusto por estas mujeres del gran hegeliano de la Historia que fue Galdós no se detiene en Mariclío, pues también “… entraron en mi estancia Mariclío y Doña Caligrafía…”.

En Cánovas, el más desconsolador, y el último, de sus Episodios, la compañía del Doble femenino es ya habitual:

“Entre aquellas señoras creí ver a la dama de Mula, y seguramente vi a Mariclío, fastuosa, calzada con el alto coturno. Pasó a mi lado inundándome con su fragancia helénica. (…)”.

En las páginas de este episodio encontramos al Galdós más filosófico, y también más premonitorio, por ejemplo en estas líneas, en las que parece adivinar lo que en la neolengua contemporánea hemos dado en llamar posverdad.

“En cuanto a la entrevista con Cánovas, y a la intervención de las Efémeras buenas y malas, diré que esto lo trasladaba yo a la esfera de mis relaciones ideológicas con Mariclío, estableciendo una especie de equilibrio entre lo cierto y lo dudoso, y saboreando los puros goces que encontré siempre en la verdad de la mentira. Lo que aquí llaman política es corteza deleznable que se llevan los aires. Desea Mariclío que te apliques a la Historia interna, arte y ciencia de la vida, norma y dechado de las pasiones humanas. Estas son la matriz de que se derivan las menudas acciones de eso que llaman cosa pública, y que debería llamarse superficie de las cosas”.

También los vicios de nuestra “casta” política, que inundan la actualidad española ad nauseam, los vemos anunciados aquí: “Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose hipócritas en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria”.

El magnífico sarcasmo de Galdós sobre aquellos que “fomentarán antes la artillería que las escuelas” nos da pie para enlazar con el último acercamiento que propongo a la historia “real e inverosímil” del Caballero encantado: la educación como única utopía posible…

 

*Vuelve a las reseñas anteriores, en torno a El caballero encantado, de Benito Pérez Galdós: 1 y 2.

[1] Harvey, David, París, capital de la modernidad, Madrid, 2008.

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Manuel Jiménez Friaza es profesor y escritor. Ha sido columnista en el diario La Opinión de Málaga durante ocho años y una selección de esos artículos fue publicada por Bohodón Ediciones en 2012 con el título Deslindes y descubiertas. Ha publicado también el libro de ensayos Quince asaltos, que prologó Agustín García Calvo en 1983, y un breve poemario, Hada, Hurí, Esfinge que, en recuerdo de Ángel Caffarena, editó con la Imprenta Montes de Málaga en 2007. En la actualidad da clases de Lengua y Literatura en el instituto de Aracena.

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