Ensayo: En la búsqueda del diálogo perdido

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Cuando todo es opinable, todo vale si no existe una buena argumentación o un convencimiento claro sobre una idea. Tú me afirmas con vehemencia, yo te niego con más ímpetu. Habemus discusión y que gane el que más alce la voz, el que más se lo crea, el más altanero y el más cabezón. No hay vuelta de hoja. No hay cedas el paso. Te atropello porque no hice un stop en mi punto de vista. Miopía es ser corto de vista y todos pecamos en cierto modo de miopes a causa de creencias e ideologías inculcadas desde nuestra más tierna infancia, ya sea por un contexto cultural determinado, ya sea por el framing (el marco) de un entorno familiar concreto. Sin embargo, echo, más que nunca, en falta un diálogo profundo entre personas, un diálogo de ideas contrapuestas, donde se respeten dos visiones completamente contrarias que puedan llegar a ser complementarias (sin insultos, ni atropellos).

 

¿Cómo hacer que el pensamiento discurra y la razón alcance un acuerdo? Ni Facebook, ni Twitter convencen. Un blog, tal vez sí. Pero siempre, desde el respeto. Sin embargo, la comunicación, en el anonimato, en la interacción mediada no es siempre bien interpretada. Mucho, mucho ruido, diría Sabina, y soliloquio de grillos, como una obra teatral de Juan Copete. Con la impresión de que en el cara a cara, al menos muchas veces en España, si no estás conmigo, estás contra mí. Si no piensas como yo, hasta luego primo, como quien dice ser del Barça o del Madrid, que si no queda otra, vete a comprar tabaco, que es mejor estar solo que mal ‘acompañao‘. Y Mas, a más.

 

Con la impresión de que somos (los españoles) excesivamente viscerales, donde la crispación adquiere un protagonismo inusitado, especialmente por un feedback contaminado entre los medios de comunicación que enredan de confrontaciones políticas a una ya decepcionada opinión pública, que se manifiesta, día sí, día también, en la calle, en una lucha contra la desesperanzada España, sin rumbo y casi sin dirección. En esta confluencia de abismos hay que plantearse seriamente la influencia decisiva de los medios de comunicación para incentivar este diálogo o, si por el contrario, promueven aún más el odio entre las ‘dos Españas’. 

 

Ante esta tesitura, qué función están desempeñando los medios de comunicación españoles. Si los mass media se transforman en filtros carcomidos por ideologías al servicio de los mejores diálogos de besugos, entonces los ciudadanos replicaremos al son de un glup, glup, glup porque las verdades están siendo ahogadas entre rezos de promesas incumplidas. Se acalla la verdad y un anhelo del mejor de los diálogos, el de la escucha, la conversación y una réplica resolutiva a los problemas, en este caso, de España.

 

Así que periodistas, no perdamos el timón para no tener que clamar: ¿Dónde estás democracia? ¿Dónde te perdiste o adónde huiste? Busquemos, busquemos de manera incesante el diálogo, entre gobernantes y gobernados que se pierde cada día en el ruido, en la negrura de un futuro incierto, en el desánimo y en el desconsuelo. 

 

De todos modos, siempre ha habido y habrá muchos tipos de diálogos. Por ejemplo, un diálogo solitario es el que hace un lector con un libro o un periódico mientras disfruta de una lectura enriquecedora. Un diálogo amoroso nace entre dos amigos que intercambian impresiones, que se apoyan, entre una pareja de enamorados, el diálogo amoroso nace de la bondad y del altruismo hacia el otro. Escucho tu verdad, aunque no sea la mía, la interiorizo y entonces argumentamos sin excesivos aspavientos. Imperará el respeto y el buen ánimo porque se procura la comprensión entre las dos partes. Machado era claro: ¿Tu verdad? No, la verdad y ven conmigo a buscarla, la tuya guárdatela. Al mismo tiempo, un diálogo compartido puede ubicarse en los centros de enseñanza, de formación, en las reuniones de amigos o laborales y entre grupos aficionados a un mismo tema como bien pudieran ser las tertulias literarias. Con discusiones sanas.

 

Pero no es tarea fácil, entre gustos y pareceres nunca hubo nada escrito, por eso la opinión siempre será como un chicle que puede dar de sí tanto como uno se empeñe en masticarla. Así son los gustos, así los pareceres, dictamina el refrán. Por lo que fomentar el diálogo será una misión, más difícil todavía, en un entramado mediatizado y descompuesto por una enorme sucesión de noticias negativas. Respecto al comportamiento de los hombres, Chesterton fue bastante clarividente cuando escribía acerca de la diversidad de opiniones y de sus consecuentes acciones:

 

Confiar en que todos los hombres pensarán de manera diferente y, sin embargo, siempre compartirán el mismo modo de actuar, parece una especulación un tanto dudosa. Es como cimentar la sociedad no en una comunión, ni siquiera en una norma tácita, sino en una coincidencia. Cabe la posibilidad de que cuatro hombres se encuentren bajo la misma farola. Uno por haber acudido a pintarla de verde guisante, de acuerdo con un plan de reforma municipal; otro para leer un breviario bajo su luz, otro para abrazarla con pasión accidental en un arrebato de entusiasmo alcohólico y el último, sencillamente, porque las farolas de color verde guisante son un punto de encuentro visible para reunirse con su novia. Sin embargo, confiar en que los cuatro coincidirán noche tras noche carece de sensatez…

 

¿Y quién tendrá la razón? Todos tendrán la suya propia.

 

¿Y quién tenderá el diálogo? Aquel que busque puntos de encuentro.

Fátima Margu nace en la antigua Emérita Augusta (Mérida, Extremadura) un caluroso verano de 1981. Ha trabajado como profesora de Universidad, periodista e investigadora. Aficionada a Internet y eterna alumna con una única vocación: cuestionarse qué está pasando para procurar llegar a la Verdad de las cosas. Alma viajera, siempre con la intención de hacer extraordinario aquello que para muchos pasaría desapercibido porque no se pararon a observar la belleza o el trasfondo que una instantánea puede condensar.