Epístola de la Doctora Urraco a Lemuel Gulliver

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Algunos amigos míos no se creen que yo soñara aquel capítulo de Gulliver en la Isla Alongada y ahora uno de ellos me viene con que ha localizado una carta de la doctora Urraco (que no Lugaco) colgada durante no más de tres o cuatro minutos en el Internet. Este buen amigo mío tropezó con ella por pura casualidad, mientras buscaba noticias sobre los primeros pobladores en las costas de Brooklyn. Según me dice, pensó por un momento que yo la había escrito, aunque tras estudiarla más detenidamente, está convencido ahora de que puede tratarse de una epístola real escrita entre los años de 1726 y 1727, por el estilo y por algunos giros que sólo un escritor de esa época podía emplear. Yo no sé si mi amigo me está tomando el pelo o si verdaderamente se cree lo que me dice, pues lo que me dice es que tanto la carta encontrada en la red como el fragmento que colgué yo el primero de abril, día de los tontos de capirote, forman parte de un legajo que los descendientes de Lemuel Gulliver donaron a la Catedral de Nottinghamshire y el cual desapareció misteriosamente en el año de 1822. Como mi amigo es buena gente y sé que me estima, no quiero contradecirle ni sacarle los colores, pero a poco que se informara se daría cuenta de que la tal carta es una burda superchería (Gulliver, para empezar, no es irlandés) y que los sueños, sueños son. Con todo, me animo a colgar en mi blog la mencionada carta, entre otras cosas porque así me ahorro tener que escribir algo yo por mi cuenta. Y es que hay días en que uno no está para nada…

 

Epístola de la Doctora Urraco a Lemuel Gulliver

 

Ingrato y crudelísimo Lemuel:

Han pasado ya más de tres meses desde aquel infausto día en que mis castos ojos se posaron en los tuyos y todavía no he conseguido, por más que lo intento, olvidarme de ti. Dime, desventurado, ¿qué te hizo mi noble persona para ser tratada de la guisa en que me tratas? ¿Crees que está ni medio bien retratarme vieja, maldiciente y desdentada? Sólo un diente me falta, el colmillo izquierdo, que se me quebró comiéndome unas nueces cuando era mocita; y si hasta ahora nunca he querido ponerme otro postizo ha sido porque, lejos de afearme, la mella me hace más picarona al reírme. ¡Si tú supieras los piropos que he recibido desde siempre a costa de esa pícara hendidura!

 

Entre las muchas inexactitudes y exageraciones de tu escrito, está la de llamarme “Lugaco”, cuando mi apellido no es otro que Urraco, de rancio abolengo. Los Urracos somos una de las familias más viejas y distinguidas de la Vieja Castilla. Sin querer presumir, te diré que entre mis ancestros se cuenta un matarife del rey Enrique IV y otro que sirvió a la reina de Inglaterra, esa pobre reina Catalina de Aragón despreciada por otro Enrique no menos cruel que alguno de los actuales súbditos del reino en que reinó aquel lascivo y herético rey.

 

Yo no sé si es por las nieblas de Inglaterra o por los fish & chips que coméis o porque en uno de tus muchos naufragios te golpeaste la cabeza, pero nada de lo que cuentas en ese maldito escrito se ajusta a la verdad de los hechos. Aquí en Kuinsburra estamos muy dolidos con lo que dices de nosotros. Yo muy bien sé, Lemuel, que a veces nuestra Silla, que Dios guarde muchos años, peca de cierto rigor y puede tener reacciones un tanto furibundas, pero es buena a carta cabal y sólo quiere el bien de nuestro departamento. La enseñanza de las lenguas desconocidas, como tú deberías saber mejor que nadie, es una labor altamente incomprendida. La incomprensión que hemos tenido que soportar nos lleva a veces a ser particularmente susceptibles. Así, cuando en la entrevista mencionaste el reino de Laputa, tanto Su Silla como yo misma creímos que hacías burla de nosotras, y de ahí la fuerte reacción. Ahora, gracias sobre todo a la publicación de tus memorias, sabemos que esa isla volante está en el mapa, aunque no en el meridiano que tú señalaste y, por ello, yo modestamente creo que Su Silla no te debe ninguna disculpa y quizá tú sí a ella por el modo tan poco elegante en que la describes. No es que a ella le importen ni poco ni mucho tus fruslerías, ocupada como está en otros menesteres de mucha más enjundia, pero sé que no le ha gustado el tonillo un tanto arrogante de tu informe.

 

Te sorprenderá si te digo que a la innombrable, como tú la llamas, le ha dado por traducirlo a una de las seis lenguas desconocidas que enseñamos y ya va por el segundo renglón, no sé con qué propósito, la verdad. Unos piensan que por demostrar su dominio de lenguas y otros por puro aburrimiento. Yo, francamente, me inclino por esto último.

En fin, Lemuel, no quiero extenderme más, pero sí me gustaría pedirte un favor, y es que modificaras en la próxima edición de tus memorias algunas de las muchas inexactitudes sobre la Isla Alongada, especialmente todo lo referente a Kuinsburra, pues además de ser muy ofensivo, atenta contra la verdad, que es, según me consta, algo sagrado para ti, por mucho origen irlandés que tengas.

 

Tu maltratada admiradora,

Lucinda Urraco, DLi

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.