Esclavo de mi iPad

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Ayer comprendí que mi iPad es una necesidad tan primaria como pueden serlo el pan, la leche o la mullida cama donde yago. Qué desesperación me entró cuando, a eso de las siete de la tarde, decidí actualizar el sistema operativo y me encontré con que, de golpe y porrazo, la pantalla había perdido todos sus coloreados apps y, en su lugar, aparecía solo, sobre un fondo negro, el dibujo icónico de un cable de USB. Durante una hora intenté arreglar el desaguisado y salir del “recovery mode” donde, al parecer, se hallaba mi pobre iPad, sin el menor éxito. Desesperado acudí a los foros de la red. Como ocurre con las enfermedades, otros muchos usuarios habían pasado por lo mismo. Unos se quejaban amargamente y otros ofrecían posibles soluciones, aunque ninguna funcionó en mi caso. Finalmente, tras mucho bregar, caí rendido en la cama, ya de madrugada. Tuve pesadillas. Me desperté en varias ocasiones entre fríos sudores y, con todavía las legañas en los ojos y sin peinarme siquiera, salí escopetado a las siete de la mañana en dirección a la tienda de Apple.

 

Saben llevar muy bien el negocio estos chicos de la orden del Santo Jobs.

 

 Apple store

 

En medio de una plaza, enfrente de Central Park, emerge un enorme cubículo de cristal con el logotipo de la manzana mordida, como una especie de nave espacial que hubiera aterrizado por allí. Una señorita extraterrestre, por lo guapa, me saludó con una encantadora sonrisa a la puerta y otro joven bajó conmigo por las escaleras acristaladas hasta ponerme a disposición de un técnico que, en menos de cinco minutos, me solventó el problema. El técnico, también muy joven, también encantador, no me dio explicación de lo que había hecho y solamente me recomendó paciencia. No entendí bien al principio. Miré a mi alrededor. La amplísima galería (o la nave, más bien) parecía una especie de instalación futurista con todos los aparatitos Apple repartidos en mesas blancas. Pureza, blancura, juventud, tecnología punta, el paraíso del futuro, ¡un Mundo Feliz!, pensé.

 

Encendí mi iPad y empecé a bajar todos los programas que la actualización había borrado. Pasaron diez minutos y eché una ojeada al archivo de fotos. ¡Había solamente seis de las casi dos mil que tenía antes del apagón! Expresé mi preocupación. Paciencia, volvió a decirme el técnico mientras trabajaba en el iPhone de otro cliente. El proceso podría llevar unas cuantas horas. –¿Dos tres, cuántas?, le pregunté. –Diez, quince, depende. Váyase a casa y no se preocupe de más, me contestó sin mirarme.

 

Le hice caso. Llegué compungido a casa. Encendí otra vez mi queridísimo iPad y continué el proceso de recuperación. Han pasado casi diez horas ya. Hace tiempo que ha anochecido. Voy por la foto 1.232 y me falta todavía la otra mitad de los apps. Sin embargo, estoy algo más tranquilo. Creo que para mañana volveré a tenerlo tal como estaba antes del apagón. Entretanto, mientras miro y remiro la tableta, mato el tiempo leyendo un tratado estoico sobre la esclavitud de los bienes materiales…

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.