Europa, europa

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Como dudo últimamente si mi jornada tiene 24 horas o me guío más bien por el día marciano, esta tarde he titubeado si Europa se escribe con mayúscula o, por el contrario, de esta guisa, europa, en minúscula. Yo me inclino a pensar que es más correcto la segunda grafía. Así pues, escribiré en adelante: unión europea, consejo europeo, eurogrupo, comisión europea, parlamento europeo, etcétera. Y lógicamente olvidaré la mayúscula cuando cite a los gobernantes, responsables de cartera, comisarios, parlamentarios, eurocracia y países miembros en su totalidad.

Pero confieso que al hacerlo me invade una gran tristeza. Será que el clima me afecta, que la primavera no despunta, que el sol apenas me calienta y, naturalmente, que tenemos desde varias semanas haciéndonos compañía un veneno llamado Covid-19. Por cierto, ¿es masculino o femenino? ¿o más bien neutro?

Si en algo creí durante mi última etapa laboral, ahora menos, fue en Europa con mayúsculas, en esa idea de una entidad supranacional y federal, sin fronteras, en una unión de naciones con una política exterior, de defensa, económica, comercial y social comunes. ¡Ay, lo de social lo empezamos a dejar a un lado en este casi cuarto de siglo pasado! Tuve la suerte de trabajar en la Comisión, con un comisario español, difícil de carácter pero honrado e idealista hasta la médula. Por desgracia murió temprano. Aprendí mucho en el poco tiempo que estuve a sus órdenes. Me contó muchas anécdotas de la etapa de negociación para el ingreso español, de la competencia de quien fuera presidente de la Comisión durante diez años y de los gobernantes que consolidaron esa maravillosa idea nacida en los cincuenta.

Más tarde, cuando ejercí mi trabajo de corresponsal para un diario nacional seguí pensando que valía la pena luchar por esa idea. Mi país debe mucho a Europa aunque las nuevas generaciones piensen lo contrario. Seguramente porque han entrado en la sala de proyecciones cuando la película ha dado un giro de 180 grados. El argumento ha cambiado. El guión es muy malo. Ha aparecido tras el intermedio un elenco de mediocres protagonistas con mirada cicatera y cortoplacista. Todos gritan y se gritan: ¿qué hay de lo mío? ¿Somos una Europa unida o no? , se preguntaba avergonzado hoy el presidente del consejo europeo de investigación, que con un gesto que le honra ha dado un portazo y se ha marchado a su casa.

La única respuesta que vale es ayudar a los más golpeados, hayan hecho bien o regular sus deberes fiscales tras la crisis de 2008, puesto que ayudándolos se ayudarán el resto y eso contribuirá a hacer una Europa más fuerte, más unida. Mi llorado jefe me comentaba más de una vez que había sido un error la ampliación a los países del Norte. Y antes de dejar el cargo tras una breve etapa de convulsión interna horrible pronosticaba que la entrada de los del Este aún sería peor. No le faltaba razón. Desde entonces todo ha sido una jaula de grillos inmanejable.

Regreso a la minúscula después de leer que ayer estuvieron dieciséis horas de video reunión los ministros de economía de los países de la eurozona, vaya, los que forman parte de la moneda común. Suena a juerga si no fuera porque el asunto era muy grave: reunir más de medio billón de euros en fondos de ayuda para el rescate de las naciones más afectadas por la catástrofe, pero esta vez sin las ataduras que merkel impuso en la crisis bancaria de 2008 cuando aparecieron los hombres de negro de la troika (banco central europeo, comisión europea y fondo monetario internacional). Unos sufrieron más que otros las medidas de austeridad luego corregidas tras admitirse el error.

Anoche la pelea, vía plasma, fue, según cuentan los sacrificados cronistas, nunca suficientemente ponderados, entre el italiano, de un lado, con el apoyo más tímido de la española y el francés, y del otro de dos cristiano demócratas, el holandés y el alemán. El combate quedó en tablas y se anunció una nueva ronda para las cinco de la tarde del jueves, una hora muy taurina. El presidente del grupo, un afable portugués, así lo comunicó desde su despacho en Lisboa a la prensa cuando amanecía y no quedaban más que los cuatro plumillas de agencias, que nunca descansan, y algún trasnochado japonés. El pobre señor debía de estar más que harto de los circunloquios de la noche. Su primer ministro había declarado hacía diez días tras un frustrado consejo europeo que algunas de las palabras que escuchó de su colega holandés le habían parecido repugnantes.

Mi curiosidad, lo sé, un tanto incoherente, no me quita de la cabeza que esos señores y señora, responsables de la economía, a lo mejor tuvieron que contarse durante algún momento de la madrugada chistes a fin de evitar los insultos. “Sabéis ése en el que un holandés y un alemán se presentan a las 12 del mediodía en un chiringuito de Cádiz y le piden la comida al camarero a lo que éste responde que todavía no está preparada. Ustedes son unos vagos. Sólo piensan en vino y mujeres, protestan”, cuenta la española. Gran alboroto. Estallan las risas y los aplausos. Muy bueno, muy bueno, ministra, exclama el holandés al borde de las lágrimas. Luego entraron en el debate sobre el menú de la cena. ¿Qué estás comiendo tú, roberto? Unos spaghetti alla puttanesca riquísimos. Ay, la bella Italia, cuánto nos gusta a mí y a mi mujer. Todos los veranos vamos a Portofino, declaró un tanto alegre tras dos cervezas wopke, el holandés, que parecía decidido a que todo estallara en mil pedazos pese a las chanzas. Nadia tienes que traer a la familia a Ameland, una islita frente a Ámsterdam. Es preciosa. Allí tengo un chalé modesto. Estás invitada. ¿Y tú, bruno, con que te deleitas con ese paladar de gourmet tan parisino?, inquirió el alemán al francés. Peter, pocas bromas. Aquí hablamos y hablamos mientras que fuera siguen aumentando los muertos, sentenció el galo mientras se llevaba a la boca un buen trozo de camembert.  Señores, por Dios, que son las cinco de la mañana en Lisboa y yo no he podido todavía tomarme siquiera un café, suplicó mario, el jefe del eurogrupo, mientras uno de su gabinete le presentaba un comunicado vacuo y plano para la firma de los demás.

Y así hasta otra. De momento, continuaré recurriendo a la minúscula: europa. Pienso que se ajusta a esta realidad irreal en la que me he metido.

 

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Bosco Esteruelas
Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado tres novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012) y "Retorno a Zumaia" (2014), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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